Nunca imaginamos que llegaría un momento en que las tarjetas de Pokémon valieran millones y que quienes las tuvieran serían ricos. Después de que Logan Paul rompiera un récord mundial al vender su carta Pikachu Illustrator por 16.49 millones de dólares, nos dimos cuenta de que la nostalgia y lo vintage valen dinero.
Pero, ¿por qué valen tanto las tarjetas de Pokémon? ¿Cuál es la psicología detrás? ¿Qué pasa por la mente de la gente? ¿Qué simbolizan? Son muchas preguntas que, al final, solo dejan algo en claro: en la era de la IA, lo que tiene valor es lo tangible, lo físico y lo emotivo.
Por: Luis Tellez
¿Por qué Pokémon sigue siendo relevante después de 30 años?
Hablar de treinta años de Pokémon es, en realidad, hablar de una generación (o varias) que creció entendiendo el mundo a través de criaturas fantásticas, combates estratégicos y una idea muy simple pero poderosa: convertirse en la mejor versión de uno mismo.
Desde su nacimiento en Japón (1996), surgido de la mente de Satoshi Tajiri, Pokémon nunca fue solo un videojuego. Fue (y sigue siendo) un enorme ecosistema narrativo, emocional y comercial que encontró la fórmula perfecta entre nostalgia y reinvención.
Lo que comenzó con cartuchos de Pokémon Red y Blue para Game Boy se transformó en algo mucho más grande: la franquicia de entretenimiento más rentable de todos los tiempos. Sí, más que Mickey Mouse, más que Star Wars, más que el universo de Marvel. Pokémon ha generado más de 100 mil millones de dólares (con estimaciones recientes que incluso superan los 150 mil millones) consolidándose como el imperio mediático más grande jamás construido. Y lo más interesante no es solo la cifra, sino cómo llegó ahí: no por una sola película ni por un solo producto, sino por ser toda una maquinaria cultural que no tiene planes de detenerse.
‘¡Tengo que ser siempre el mejor! Mejor que nadie más’ es el jingle que sonaba un día cualquiera en la infancia de millones. Para ellos, la historia de Ash Ketchum y su inseparable Pikachu no solo enseñó a capturar criaturas, sino a construir vínculos, a ganar, a perder, pero sobre todo, a insistir. La serie (que supera ya las 25 temporadas) ha evolucionado en paralelo con su audiencia (y con sus propias criaturas), pero sin perder el núcleo que mostró desde el primer capítulo: amistad, disciplina y aventura.

Ese mensaje, aparentemente simple, es una de las claves de su permanencia. Pokémon no habla de héroes inalcanzables, sino de procesos; de entrenar, de equivocarse, de volver a intentar. Incluso sus “villanos” tienen algo que enseñar. El equipo Rocket, conformado por Jessie, James y Meowth —que en el fondo son “el otro lado de la moneda”, quienes nunca lograban su objetivo—, nunca dejó de intentarlo. En su torpeza, dramatismo y lealtad inquebrantable entre sus integrantes, había una lección igual de valiosa: fallar también es parte del juego. Y hacerlo acompañado, incluso mejor. En un mundo que exige resultados inmediatos, esa narrativa es aún más reconfortante.
¿Cómo ha evolucionado Pokémon a lo largo del tiempo?
Parte de la longevidad de Pokémon está en su capacidad de mutar sin traicionarse. Cada nueva generación introduce regiones, criaturas y mecánicas que refrescan el universo: desde Kanto hasta Paldea, con más de 1.000 Pokémon creados (y contando), la franquicia ha sabido expandirse sin salirse por la tangente.
En el panorama actual, la serie ha dado un giro importante tras la despedida de Ash. Nuevos protagonistas como Liko y Roy toman el relevo en Horizontes Pokémon, marcando una nueva etapa que busca conectar con audiencias jóvenes sin perder a los seguidores de siempre.
Paralelamente, los videojuegos (incluyendo Pokemon Winds and Waves, programados para estrenarse en 2027) han apostado por mundos abiertos, adaptándose a las lógicas contemporáneas del gaming. Pokémon entendió algo antes que muchas franquicias: no se trata solo de mantenerse vigente, sino de crecer con su audiencia… y, al mismo tiempo, reclutar nuevas generaciones.
¿Cómo pasó Pokémon de juego a fenómeno cultural global?
Recordar Pokémon también es evocar a una generación que creció con un mismo deseo: atraparlos a todos, ya sea frente a la pantalla de una consola, completando un álbum de estampas o intercambiando tazos en el recreo.
Pokémon se convirtió en un lenguaje compartido, una obsesión colectiva que iba mucho más allá del juego. Porque no se trataba solo de avanzar en Pokémon Red y Blue, sino de expandir esa experiencia a la vida real. Los álbumes eran una extensión del Pokédex: cada estampa pegada era una pequeña victoria. Los tazos, por su parte, llevaban la competencia al terreno físico: ganar, perder, apostar o intercambiar, pero tenerlos todos. Todo replicaba la lógica del universo Pokémon fuera de la consola.
Con el paso de los años, las consolas evolucionaron (del Game Boy al Nintendo Switch, y luego, a nuevas plataformas) y con ellas también lo hizo la experiencia, pero la esencia nunca cambió. Siempre fue sobre coleccionar, competir y conectar.
¿Qué hizo Pokémon GO para cambiar la forma de jugar?
Y de la nada, esa fantasía terminó de romper la pantalla (y esquemas) del smartphone con Pokémon GO. Cuando la app se lanzó en 2016, no fue solo un éxito sino una disrupción cultural. Durante semanas (meses, incluso) el mundo operó bajo una lógica distinta.
Parques llenos a medianoche, avenidas con gente mirando el celular no por distracción, sino por propósito. Adultos que no se conocían intercambiando tips, rutas y criaturas. Por primera vez, la fantasía de Pokémon (esa de salir a explorar, capturar y descubrir) dejaba de estar contenida en una pantalla para superponerse con la vida real.


¿Por qué las cartas de Pokémon son ahora una inversión?
Si hay un territorio donde Pokémon ha vivido una segunda (o tercera) vida, es en su Trading Card Game. Lo que empezó como un juego de estrategia física se convirtió en un objeto de culto. Hoy, abrir sobres es un espectáculo en sí mismo: streams diarios en plataformas como TikTok, donde varios creadores transmiten en vivo la emoción de descubrir cartas raras, replicando una lógica casi de casino emocional.
Artistas que tienen cartas de Pokémon
Celebridades también han alimentado esta fiebre. Justin Bieber ha mostrado, a través de Instagram Stories, su colección completa de primera generación de cartas exhibida en las paredes de su casa. McKenna Grace llevó sobres escondidos en su vestido durante los Óscar 2026, convirtiéndose en la primera en abrir cartas en plena ceremonia.
Timothée Chalamet ha hablado abiertamente de su pasado como geek y de haber jugado tanto Pokémon como a Yu-Gi-Oh antes de convertirse en estrella de Hollywood. Bad Bunny no tiene miedo a nombrar legendarios como Ho-oh o Lugia en sus canciones…
Pero el punto de inflexión fue cuando las cartas dejaron de ser solo nostalgia para convertirse en activos. El caso más emblemático: el influencer Logan Paul adquirió (y luego vendió) una carta “Pikachu Illustrator” en estado PSA 10 por 16.492.000 dólares, estableciendo un récord histórico. En ese momento, Pokémon cruzó definitivamente al terreno de la inversión.


¿Qué representa Pokémon a nivel emocional y psicológico?
Aunque siempre ha sido una franquicia universal, su arraigo en el mercado masculino es particularmente fuerte. Hay algo en el sentimiento de conseguir, competir y progresar que conecta con códigos muy presentes en la cultura masculina contemporánea.
Pero reducirlo a eso sería simplificarlo. Pokémon también ofrece una forma de vulnerabilidad y sensibilidad aceptada: encariñarse con criaturas, proyectarse en ellas, construir identidad a través de elecciones aparentemente triviales como escoger cuál es tu Pokémon favorito, una pregunta que, en el fondo, dice mucho más de lo que parece.
Para celebrar sus treinta años, Pokémon lanzó la campaña What’s your favorite?, potenciada con un comercial estrenado en el Super Bowl 2026. La premisa era sencilla: formular la misma pregunta que nos hacíamos entre nosotros desde pequeños. Las respuestas, sin embargo, construyen un mapa fascinante de identidad:
Para Lady Gaga es Jigglypuff, no solo por ternura, sino por su rango vocal “de 12 octavas”; el futbolista español Lamine Yamal se inclina por Zygarde, destacando su capacidad de adaptarse y superarse; Young Miko opta por Gengar: travieso, oscuro, pero afectivo a su manera; y Charles Leclerc no titubea en elegir a Arcanine, símbolo de velocidad y lealtad.
La campaña funciona porque apela a algo profundamente humano: vernos reflejados en algo externo. Elegir un Pokémon es, en muchos sentidos, elegir una versión de nosotros mismos. Lo poderoso de esa idea está en que Pokémon funciona como un lenguaje simbólico: nunca te obliga a explicar quién eres, sino que te permite hacerlo sin palabras.
Elegir un Pokémon no es una decisión racional (no responde a estadísticas, tipos o estrategias) sino a una intuición casi emocional. Porque en el fondo, cada Pokémon encarna un arquetipo.
¿Qué significan los Pokémon?
Pikachu es la lealtad, esa energía constante que no necesita ser el más fuerte o el más grande para ser incondicional. Charizard representa el orgullo, el fuego interno, el carácter difícil que, cuando se alinea, se vuelve imparable. Eevee, en cambio, es la posibilidad: la idea de que no estamos definidos, de que podemos evolucionar en múltiples direcciones.
Ahí es donde la campaña conecta a un nivel más profundo. No se trata de fandom, sino de identidad. De cómo nos vemos (o quisiéramos vernos) reflejados en el exterior. Hay algo casi psicológico en esto.
Elegir un Pokémon es, en muchos sentidos, un ejercicio de autodefinición: seleccionas los rasgos que reconoces en ti o los que aspiras a tener, a veces sin saberlo. Por eso alguien como Lady Gaga puede elegir a Jigglypuff y resignificarlo, no como un personaje tierno, sino como una potencia vocal; o por eso Charles Leclerc ve en Arcanine no solo velocidad, sino nobleza y disciplina. No están describiendo al Pokémon; se están describiendo a sí mismos a través de él.
Y eso explica por qué la pregunta sigue vigente después de treinta años. Porque no envejece: evoluciona. No importa si tienes 8, 28 o 48: siempre hay una versión de ti que puede reconocerse en uno de ellos. En un contexto cultural donde la identidad es cada vez más fluida, más curada, más performativa, Pokémon ofrece algo sorprendentemente honesto: un espejo profundamente revelador del que no puedes escapar. Elegir un Pokémon es, en el fondo, una forma de decir: esto es lo que soy… o esto es lo que estoy intentando ser.

¿Por qué Pokémon siendo tendencia en 2026?
Porque entendió que no basta con la nostalgia. Pokémon no vive del recuerdo: lo reactiva constantemente. Es una franquicia que se rehúsa a quedarse quieta, que dialoga con nuevas plataformas, nuevas audiencias, nuevas formas de consumo. Pero, sobre todo, sigue vigente porque nunca dejó de ser emocionalmente honesta.
Treinta años después, la pregunta sigue siendo la misma, pero conforme crecemos y las posibilidades se expanden, la respuesta puede ser distinta. Porque, como un Bulbasaur, vamos evolucionando.
Quizá mientras sigamos viviendo dentro de esta Poké Ball vale la pena hacernos la misma pregunta año tras año para darnos cuenta de cómo nos vemos o cómo nos queremos ver.
Y para ti, ¿cuál es tu Pokémon favorito?
