Cuando las puertas de Corferias se abren a finales de abril, no solamente comienza una feria: despierta uno de los encuentros culturales más vibrantes de América Latina. La Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo) es una verdadera celebración de la palabra en todas sus formas, un espacio que convierte al libro en un punto de encuentro y fortalece a una comunidad que se reconoce alrededor del asombro de leer juntos.
Desde su primera edición en 1988, cuando apenas reunía a unas decenas de autores y editoriales emergentes, la FILBo ha crecido hasta convertirse en el corazón de la industria editorial hispana y en un espacio de encuentro global. Hoy, la feria ocupa más de 60.000 metros cuadrados, con decenas de pabellones temáticos que atraen a cientos de miles de visitantes durante dos semanas de programación.
Por: Damián Torres
¿Qué hace única a la FILBo frente a otras ferias del libro?
Pero ¿qué hace realmente especial a este evento? Su carácter transversal y expansivo. En la FILBo convergen lectores, autores, editores, agentes literarios, ilustradores, traductores, libreros y pensadores de distintos rincones del mundo.
No es simplemente un mercado del libro, sino un ecosistema cultural que da vida a debates, ideas y narrativas que definen a la sociedad contemporánea.

Temáticas y programación de la FILBo: más que vender libros
La FILBo se organiza alrededor de grandes ejes temáticos que cambian cada año. No se trata únicamente de vender libros —aunque es difícil salir sin alguna joya literaria—, sino de explorar preguntas sobre identidad, memoria, política, ciencia y arte.
En 2025, bajo el lema Las palabras del cuerpo, la feria invitó a pensar el cuerpo como territorio de experiencias, memoria y derechos, ampliando la conversación hacia lo humano y lo político.
País invitado de honor en la FILBo 2026: India y su impacto cultural
Una de las características más destacadas es su dimensión internacional. Cada edición tiene un país invitado de honor que presenta su literatura y pensamiento a través de pabellones y actividades culturales.
España, Brasil, Países Bajos y México han sido protagonistas en años anteriores. En la edición 2026, el país invitado es India, cuya presencia amplía el diálogo hacia nuevas cartografías literarias y espirituales.
Actividades en la FILBo: qué hacer durante la feria
La FILBo no es solo un encuentro intelectual: es una celebración cultural. Sus espacios incluyen presentaciones de libros, firmas, recitales de poesía, conciertos, talleres infantiles y actividades para jóvenes.
También hay zonas dedicadas a literatura infantil, ciencia ficción, debates sociales y foros sobre tecnología, filosofía y derechos humanos, lo que la convierte en una experiencia diversa para todo tipo de público.

Fechas de la FILBo 2026 y su impacto en Bogotá
La edición 2026 se celebra del 21 de abril al 4 de mayo en Bogotá. Más allá del ámbito editorial, la FILBo es un motor cultural y económico: impulsa el turismo, genera interacción cultural y posiciona a la ciudad como un referente intelectual en América Latina.
Su impacto se extiende a bibliotecas, colegios y espacios comunitarios, llevando la lectura a distintos rincones del país.
¿Por qué asistir a la FILBo?
Asistir a la Feria Internacional del Libro de Bogotá es adentrarse en un universo donde las palabras cobran vida. Es una invitación a pensar, sentir y debatir, dirigida a lectores, creadores y curiosos que buscan en los libros un reflejo del mundo y de sí mismos.
En Corferias se escribe, cada año, una nueva página de cultura viva.
Voces expertas en la FILBo: Claudia Solanlle Gordillo Aldana
Por eso, en Esquire Colombia invitamos a una experta que ha vivido la feria desde adentro. Claudia Solanlle Gordillo Aldana es docente de la Fundación Universitaria Los Libertadores y una de las voces más rigurosas en el análisis crítico de la imagen en Colombia.
Ganadora del Premio Nacional de Periodismo CBP, doctora en Sociología y posdoctorada en Comunicación, su trabajo cruza cine, fotografía y prensa desde una perspectiva transdisciplinar y decolonial.
Es autora de Seguridad mediática (2014), Cartografías de lo no visto (2022) y Brisa de memorias negras (2025), además del próximo Rebrotando imágenes. Su obra entiende la imagen no como reflejo, sino como un campo de disputa cultural y política.

En un mundo diseñado para consumirse en segundos, ¿qué significa para los escritores que miles de personas sigan reuniéndose alrededor del libro físico? ¿Es la Feria del Libro un acto cultural o un acto político?
—En principio, la Feria del Libro de Bogotá es una tradición organizada por la Cámara Colombiana del Libro y Corferias desde hace 38 años —desde 1988—, y se ha realizado siempre en el primer semestre. Entonces, es algo que el público espera —o, mejor dicho, hay una diversidad de públicos, podría decirse en este momento—.
Lo que entenderíamos, entonces, es que el libro es una producción cultural, una representación; es un movimiento creativo y académico que se materializa en ese objeto llamado libro. Además, no hay una sola forma de libro, ¿no?, se han transformado en todo este tiempo. Vemos libros en papel, libros en materiales reciclables, libros que se escuchan, libros que se comen, libros que se huelen, libros que son para el tacto, por ejemplo.
Entonces, esto hace precisamente que este sea un espacio cultural. Lo es porque nos muestra esa diversidad reunida con todas las editoriales que participan allí. Y también es un acto de resistencia: resistir a que el libro físico siga existiendo, de alguna manera, en contra de los consumos ágiles, la volatilidad de la red y los resúmenes que aparecen también en la web, etcétera.
Entonces, pienso que el libro físico —sí— y la feria nos permiten entenderlo como una resistencia frente a la volatilidad. También, al mismo tiempo, es un negocio para los organizadores y para las librerías que dicen estar en feria, pero cuyos precios —uno los ve— son regulares, iguales a los que están en los puntos de venta comunes y corrientes el resto del año. Lo interesante allí es que están todos reunidos; entonces, yo puedo pasar de una editorial a otra en un mismo espacio y hacer mis compras.
Ahora bien, ese es un tema muy importante: al existir esa gran diversidad de producción cultural, no sabemos qué tan buena o qué tan mala es esa producción, y eso nos lleva, precisamente, a tener mucho desgaste dentro de la feria.
Entonces, considero que tal vez algunas actividades dentro de la feria —y no la feria como tal— tengan algunos tintes de acto político, de resistencia o de desobediencia. Pero no es toda la feria; creo que algunas actividades sí están un poco marcadas por ese tinte.
Ahora bien, las ferias del libro suelen presentarse como celebraciones de la lectura, pero también son una vitrina de la industria. ¿Cómo converge esa fiesta cultural con la maquinaria del mercado editorial?
La feria reúne libros y autores, realiza talleres, articula la demanda y la oferta, y vincula a autores, industria y lectores. Es decir, estamos hablando de un ambiente dinámico: ahí existiría esa idea de la convergencia de la cultura en relación con el mercado editorial.
Al ser, precisamente, una industria —como cualquier industria—, no quiere perder; está produciendo bienes para ganar dentro de la lógica del capital. Y, pues bien, lo que vemos es que esa convergencia se da en varios términos: primero, en un clasismo estructural; segundo, en que no todo el que asiste va como comprador. Pueden ser lectores no compradores, lectores compradores o asistentes que participan en las actividades sin comprar absolutamente nada. También vemos aquí una diferenciación en los intereses que tiene la gente.
La FILBo convoca autores globales y voces locales en el mismo espacio. ¿Cómo dialogan esas jerarquías? ¿Seguimos leyendo desde el centro hacia la periferia o estamos asistiendo a una verdadera descentralización cultural? ¿Cómo se integran las regiones?
—Creo que sí hay una gran diversidad en términos de las editoriales que participan, en lo que eligen, cómo lo eligen y para quién lo eligen. También existe una jerarquía entre las editoriales que asisten y lo que llevan, porque no todos los años presentan lo mismo ni lo hacen de la misma manera: cómo lo venden, cómo lo presentan y qué actividades realizan para divulgarlo —presentaciones, conversaciones, discusiones, etcétera—.
Todo esto se relaciona con la idea de diversidad y también con la elección del país invitado, aunque eso ya corresponde a la organización completa de la feria. Por supuesto, hay una hipervisibilidad de los autores más renombrados; muchos son escritores de literatura y no necesariamente académicos. Resulta interesante ver allí editoriales de muchos países, que también hacen una selección de lo que van a traer.
Al mismo tiempo, están las editoriales independientes y los autores autopublicados, lo que demuestra un interés por otras lógicas de producción del libro. Lo que yo considero aquí es que no existe una descentralización cultural plena, pero sí una diversidad en la producción cultural, porque hay diferentes formas de producir libros; ya no hay una sola. Incluso existen los libros por demanda.
Entonces, creo que aquí hay un movimiento en las jerarquías, aunque estas siguen existiendo en términos de visibilidad sobre países, autores e historias. Pienso que la integración regional obedece más al papel de las editoriales, porque provienen de diferentes lugares […]

En un país como Colombia, donde la historia ha sido tantas veces violenta y fragmentada, ¿qué papel juega hoy la literatura y factores como la memoria, la reparación, la denuncia… o el escapismo sofisticado?
—Bien. Aquí la literatura juega un papel central frente a estos temas, porque creo que nos ha traído asuntos que han estado poco estudiados: la soledad, la sobrevivencia de cuerpos fragilizados, las narraciones de comunidades desde sus propias formas narrativas y las transformaciones de la ciudad. Esto hace, precisamente, que exista una mezcla entre acontecimientos reales y las hipérboles y fantasías que narran quienes escriben, y que son necesarias para ir a otros lugares, a otros escenarios, con otras historias que nos permitan hablar desde espacios más íntimos.
También lo relaciono con la poesía o con la narración poética. Por ejemplo, podríamos mencionar a Piedad Bonnett, Laura Restrepo y Pilar Quintana, quienes hablan de esas transformaciones invisibles, de esos gestos poco anunciados: mujeres en la menopausia, mujeres adultas mayores, la experiencia del destierro y las formas en que las ciudades se transforman a partir de sus violencias.
Pienso también en los lugares secretos, en aquellos a los que no se puede ir, en los espacios que han sido vetados para las mujeres. Desde allí, la literatura —sin lugar a dudas— ocupa un lugar fundamental en la memoria y la reparación, porque permite nombrar aquello de lo que a veces no hablamos: lo invisible que, sin embargo, está presente todo el tiempo. Entonces, sin lugar a dudas, la literatura juega un papel muy importante.
El libro ha sobrevivido al cine, a la televisión y ahora al streaming. ¿Qué tiene la experiencia de leer que sigue siendo irreemplazable en la era de la hiperimagen?
—Aquí yo creo que el libro seguirá sobreviviendo en su mismo lugar de potencia, así existan los audiolibros. Porque cuando leo un libro, lo hago con mi propia voz, con mi voz interior, y construyo las imágenes a partir de mis propios referentes.
Entonces, cuando un autor o una autora me describe el color rojo, el rojo que lees tú, que lee otra persona y que leo yo no es la misma imagen de rojo, porque esa es la potencia de la literatura: son rojos distintos. Allí es precisamente la voz interna, junto con mis referentes y mi experiencia, la que produce el ritmo y las imágenes.
Eso la convierte realmente en una experiencia profundamente propia. Es, además, una experiencia que ocurre en la soledad, y por eso también se conecta de manera tan íntima con las emociones.
Creo que allí radica la belleza de la lectura de un libro como tal: no te lo está leyendo un locutor ni un actor, no te lo está representando un cómic; lo estás imaginando. Yo creo que el libro ha sobrevivido precisamente porque tiene un gran componente de imaginación que es activado por el lector y la lectora.
Para finalizar, si tuvieras que definir el espíritu de esta edición de la FILBo en una sola idea —una tensión, una pregunta, una intuición sobre el presente—, ¿cuál sería?
—Para responder esa pregunta, construiría una frase, y es la siguiente: pausar la mirada para elegir con avidez, no por impulso.
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