Por Salvador Y. Vargas
Casi nadie llega a consulta con un psicólogo por primera vez diciendo que quiere hablar de su papá. Uno va porque algo no funciona: una relación de pareja que tiende a ser disfuncional; una angustia económica, laboral o familiar que aparece a las dos de la mañana; un duelo sin forma de procesar o una rabia sin destinatario claro que estalla en los momentos menos esperados. Sin embargo, tarde o temprano, en alguna sesión aparece él: el padre, sentado en silencio al fondo de la historia, como siempre.
No hay manual para ser papá; eso es un hecho que asumimos conscientemente cuando, ya adultos, decidimos atender nuestra salud mental mediante alguna psicoterapia. Las sesiones suelen centrarse primero en la madre: la persona que, en la mayoría de los casos, estuvo más presente durante la crianza, quien moldeó nuestros hábitos, miedos y formas de amar. Pero después de un tiempo, la pregunta inevitable asoma: ¿y el padre? ¿Qué lugar ocupó? ¿Qué dejó? ¿Qué se llevó sin darse cuenta?
En el siglo XXI, los modelos de paternidad están cambiando. Las nuevas generaciones buscan asumirla de una manera más activa, más emocional, más presente. Pero en Colombia —y en buena parte de América Latina— sigue predominando un modelo de familia en el que el padre asume que su rol principal consiste solo en traer el dinero a casa. Según ONU Mujeres y la Cepal, para 2020 cerca de la mitad de las familias heterosexuales con hijos e hijas en la región se organizaban según ese esquema tradicional: él trabaja, ella cuida. Y cuando ese modelo falla —o cuando directamente el padre no está—, las consecuencias se acumulan en silencio durante años.

¿Cuántos colombianos crecieron sin padre? Los números que incomodan
En Colombia, aunque no hay una cifra oficial única de “abandono paterno”, los datos disponibles dibujan un panorama que difícilmente puede ignorarse. Según información de Profamilia, el DANE y el ICBF, aproximadamente entre un tercio y el 40% de las infancias colombianas crecen sin la convivencia cotidiana con su padre. Cerca de una cuarta parte de los hogares son monoparentales y la jefatura femenina ronda el 46%. Cada año, decenas de miles de procesos judiciales por inasistencia alimentaria llenan los juzgados del país. Estas no son estadísticas abstractas: son vidas reales, infancias reales, heridas reales.
El problema, sin embargo, no se reduce al padre que desaparece físicamente. También está el que vive en la misma casa y nunca pregunta cómo estuvo el día, el que disciplina con el cinto porque “así lo criaron a él”, el que provee económicamente pero es incapaz de decir “te quiero” sin que le tiemble la voz… Las investigaciones colombianas sobre masculinidades identifican perfiles recurrentes que conviene nombrar sin rodeos: el padre ausente, que no convive ni participa; el padre proveedor distante, que aporta dinero pero mantiene poco vínculo emocional; el padre autoritario, que ejerce disciplina mediante el control o la violencia; el padre negligente, que omite los cuidados básicos; y, en los casos más graves, el padre que ejerce violencia física, psicológica o sexual en el hogar.
Los datos del Instituto Nacional de Medicina Legal muestran que en Colombia el 32,88% de las agresiones registradas contra menores fueron cometidas por el padre biológico. Y las investigaciones académicas coinciden en algo que incomoda: una parte importante de la violencia que sufren los niños no proviene de extraños, sino del entorno familiar más cercano. Estas cifras no pretenden convertir a todos los padres colombianos en villanos de una misma historia. La mayoría de los padres no son agresores; pero muchos, demasiados, heredaron un modelo de masculinidad que los dejó sin las herramientas necesarias para amar bien.
Además, la pobreza, el desplazamiento, el conflicto armado y la informalidad laboral agravan el fenómeno, aunque no lo explican de forma completa. Los estudios más recientes son enfáticos: el problema también radica en normas machistas profundamente arraigadas, en la escasa educación emocional que reciben los hombres desde niños y en la naturalización del castigo físico como forma de crianza. “La letra con sangre entra” no es solo una frase del pasado; para muchas familias colombianas, sigue siendo una convicción que se transmite de generación en generación.
Aun así, el panorama no es completamente oscuro. Las investigaciones más recientes identifican una transición cultural, lenta y desigual, pero real: hombres jóvenes más involucrados en el cuidado de sus hijos muestran mayor rechazo al castigo físico y eligen nuevas formas de habitar la masculinidad que no pasan por el miedo ni el silencio. Entre un cuarto y un tercio de la población colombiana, según estimaciones fundadas de investigadores del área, habría tenido o tiene una relación relativamente sana, estable y afectiva con su padre. El resto —la mayoría— carga alguna herida en esa relación, con distintos grados de profundidad y distintas posibilidades de sanación.
Cómo perdonar a tu padre: lo que hay que entender antes de intentarlo
Existe una trampa frecuente en las conversaciones sobre la relación con el padre: la urgencia de “cerrar el capítulo”, como si hablar de lo que dolió fuera un signo de debilidad o como si el tiempo resolviera solo lo que la voluntad no pudo. En Colombia, donde la cultura popular —desde los vallenatos hasta los mensajes del Día del Padre— celebra al progenitor con una mezcla de idealización y deuda afectiva, es todavía más difícil plantarse y decir: “esto no estuvo bien”.
Por eso es importante, antes de hablar de reconciliación, distinguir tres conceptos que suelen confundirse. Una disculpa es un acto del ofensor: reconocer el daño causado y pedir que se le libere de esa deuda. El perdón, en cambio, es un acto del ofendido: una decisión —no necesariamente un sentimiento— de no seguir cargando con el resentimiento. Y la reconciliación es algo más complejo todavía: la posibilidad de reconstruir un vínculo, cuando ambas partes están dispuestas y el contexto lo permite.
En América Latina, la reconciliación padre-hijos suele entenderse menos como “volver a estar bien” y más como una transformación del vínculo con el daño sufrido. Los paradigmas contemporáneos coinciden en varios puntos: el resentimiento crónico puede destruir la vida psíquica de quien lo carga; el reconocimiento del daño es condición indispensable para cualquier proceso genuino; y la reparación simbólica o afectiva suele importar mucho más que la material. Nadie sana porque el padre le compre un regalo tardío. Se sana —si se sana— cuando algo en la relación se nombra, se reconoce y se transforma.
Pero hay algo más que vale la pena decir: no todos los vínculos requieren reconciliación ni todas las situaciones la permiten. Reconciliarse con un padre que nunca supo regular sus emociones es un proceso muy diferente al de quien ejerció violencia física, abuso sexual o manipulación sistemática. En los casos más graves, el proceso puede ocurrir a distancia, sin contacto, incluso después de la muerte del padre. Lo que importa no es la forma, sino la liberación interior.

Padre ausente o violento: cómo la psicología ayuda a sanar la relación
Desde el psicoanálisis, la figura del padre ocupa un lugar central en la constitución del sujeto. No solo como persona real, sino como función simbólica: la ley, el límite, la posibilidad de separarse de la madre y entrar al mundo social. Cuando esa función falla —por ausencia, por violencia, por negligencia—, las consecuencias se inscriben en el inconsciente con una persistencia que desafía la lógica. Un hijo que creció sin padre puede convertirse en un adulto que busca figuras de autoridad con desesperación, o que las rechaza con una rabia que no siempre entiende de dónde viene. Una hija que creció con un padre autoritario puede pasar años construyendo relaciones en las que reproduce, sin darse cuenta, esa misma dinámica de miedo y sometimiento.
El psicoanalista José Luis Lillo sostiene que el perdón no es un acto de voluntad pura, sino un proceso que involucra la elaboración del duelo: hay que llorar lo que no fue, lo que no hubo, lo que no pudo ser. Y ese duelo no siempre tiene lugar mientras el padre vive. A veces solo se inicia cuando él muere, o cuando uno mismo tiene hijos y entiende, de golpe, todo el peso de lo que recibió y lo que decide transmitir.
La psicología sistémica añade otra dimensión: los problemas relacionales no son solo de individuos, sino de sistemas. Un padre que abandonó a sus hijos probablemente fue, a su vez, un niño no reconocido o un menor que creció en violencia. Eso no lo exculpa, pero sí ayuda a entender la reproducción intergeneracional de los patrones relacionales. Como señala el Community Tool Box de la Universidad de Kansas, el perdón no significa necesariamente reconciliarse, pero permite interrumpir ciclos que de otro modo se perpetuarían indefinidamente.
Las constelaciones familiares, un enfoque terapéutico desarrollado por el psicoterapeuta alemán Bert Hellinger, trabajan específicamente con estas dinámicas invisibles: los mandatos que se repiten sin que nadie los haya elegido conscientemente, los excluidos del sistema familiar que siguen operando desde el olvido, los leales inadvertidos que repiten el destino de otros. Muchos colombianos que han participado en este proceso describen algo parecido a un alivio: ver al padre, por primera vez, como un eslabón más de una cadena larga, y no como el único responsable de todo el dolor. Esa perspectiva no borra el daño, pero lo contextualiza de una manera que permite seguir adelante.
La filosofía: el perdón como comienzo
La filósofa alemana Hannah Arendt escribió en La condición humana que el perdón es la única acción capaz de deshacer lo que ya fue hecho. En un mundo en el que los errores se acumulan y el pasado parece inamovible, el perdón abre una grieta: la posibilidad de empezar de nuevo. No porque borre lo ocurrido, sino porque rompe la cadena de consecuencias que, de otro modo, seguiría rodando sin fin. Para Arendt, perdonar es esencialmente un acto relacional: no puede hacerse en soledad ni en abstracto. Y su idea más radical es que el perdón no depende de que el ofensor reconozca el daño. Depende de la decisión del ofendido de no quedar encadenado para siempre a ese momento.
Paul Ricoeur y Emmanuel Levinas, desde sus reflexiones sobre el reconocimiento del otro, añaden otro matiz: el perdón genuino exige que uno sea capaz de ver al otro como persona, no solo como agresor. Reconocer en el padre —incluso en el que falló gravemente— a un ser humano con su propia historia de carencias, de miedos, de limitaciones, no es justificar el daño, sino más bien negarse a reducir al padre solo a eso. Ese reconocimiento es lo que permite al que perdona recuperar también su propia humanidad.
En Colombia, los procesos de justicia transicional derivados del conflicto armado han aportado herramientas concretas para pensar la reconciliación a escala social. Lo que se aplica a comunidades desgarradas por décadas de guerra también funciona, con sus matices, en el espacio íntimo de una familia: la verdad como condición del perdón, la reparación simbólica como gesto que transforma, la memoria como garantía de no repetición. Cuando una madre desplazada del Chocó exige saber dónde están los restos de su hijo, no lo hace para quedarse atrapada en el pasado: lo hace para poder continuar. Los hijos que buscan una conversación honesta con su padre obedecen al mismo impulso.

¿Cómo sanar la relación con tu padre según la espiritualidad?
En Colombia, la espiritualidad es inseparable del tejido cultural. El catolicismo popular —con su devoción a los santos, sus novenas y su fe en la misericordia divina— ha sido durante siglos el marco desde el que muchas familias colombianas han procesado el dolor y buscado el perdón. La teología de la liberación, corriente nacida en América Latina en los años sesenta, insiste en que el perdón no puede separarse de la justicia: perdonar no significa aceptar la injusticia, sino negarse a que el odio sea la respuesta definitiva. Para esta tradición, la reconciliación tiene una dimensión comunitaria: no se trata solo de dos personas que se miran a los ojos, sino de restaurar algo que el daño rompió en el tejido colectivo.
Desde las tradiciones orientales, en particular el budismo, la reconciliación se entiende como un acto de compasión que se hace, en primer lugar, por uno mismo. El resentimiento, desde esta perspectiva, es como agarrar una brasa ardiente con la mano para lanzársela al otro: el primero en quemarse es quien la sostiene. Soltar no es debilidad, sino una forma de inteligencia profunda que las culturas latinoamericanas, con su culto al aguante, no siempre han sabido enseñar.
Las corrientes new age, muy presentes en Colombia en las últimas décadas, han popularizado prácticas como el Ho’oponopono hawaiano —una técnica de reconciliación interior basada en cuatro frases: “lo siento, perdóname, gracias, te amo”— o los rituales de escritura terapéutica, en los que se redacta una carta al padre que nunca será enviada pero que libera lo que las palabras habladas no logran decir. Estas prácticas no reemplazan la psicoterapia, pero para muchas personas funcionan como un primer paso: un gesto de apertura hacia algo que todavía duele demasiado para nombrarse en voz alta.
Lo que todas estas tradiciones tienen en común es una intuición fundamental: cargar con el resentimiento no le hace daño al padre; le hace daño al hijo. Seguir enfurecido con el hombre que no estuvo, que golpeó, que se fue, que nunca dijo “lo siento”, es seguir cediéndole un poder que ya no merece tener. El perdón, entendido desde la espiritualidad, no es un regalo para el padre: es un regalo para uno mismo.
Este Día del Padre, la pregunta no es qué regalarle a papá
No existe un manual para ser padre. Esa verdad con la que comenzamos este recorrido puede leerse de dos maneras: como una excusa para quienes fallaron o como una puerta de entrada a la compasión. Porque si no hay manual, tampoco hubo garantías. Muchos padres colombianos criaron como pudieron, con las herramientas que heredaron, en medio de una cultura que les dijo durante décadas que ser hombre era no llorar, no pedir ayuda, no hablar de lo que duele.
Eso no justifica el abandono, tampoco la violencia ni el abuso. Pero sí ayuda a entender por qué el camino de la reconciliación no empieza con “está bien, ya pasó”, sino con algo más honesto: “esto me dolió, y quiero dejar de cargarlo solo”. Esa frase, dicha en voz alta o susurrada en el silencio de una consulta terapéutica, puede ser el comienzo de algo que nadie enseña en el colegio y que, sin embargo, vale la vida entera.
Este Día del Padre, quizás la pregunta más importante no sea qué regalarle a papá. Quizás sea qué estamos dispuestos a devolvernos a nosotros mismos: la posibilidad de no seguir siendo hijos heridos para siempre, de dejar de esperar que el padre que no fue pueda convertirse, de un día para otro, en el padre que uno necesitaba. Esa espera, cuando se vuelve crónica, es también una forma de ausencia. La propia.
Ser lo que tu padre no pudo ser —como dice Franco De Vita— no basta. Pero es un comienzo. Y a veces, un comienzo es todo lo que hace falta para que algo, finalmente, cambie.
