Optimizar el rostro para triunfar en el trabajo: por qué cada vez más hombres recurren a tratamientos estéticos por motivos laborales

Los tratamientos estéticos se consolidan entre hombres, pero el objetivo ya no es atraer, sino proyectar seguridad y avanzar en entornos corporativos.

crédito: Getty Images

Por: Max Olesker
Este artículo se publicó originalmente en Esquire España

El CEO, de 60 años, había empezado a sentir que el rostro que le devolvía el espejo parecía un poco… cansado. No se sentía mayor —era un profesional activo, un directivo en la industria musical—, pero percibía que la zona de debajo de los ojos empezaba a verse hinchada; sus ojeras estaban más marcadas de lo que deberían, por mucho que durmiera. “Trabajo en un entorno muy dinámico y muy orientado a la juventud”, explica por correo electrónico. “Cada día estoy en reuniones con altos directivos y vicepresidentes en puestos muy visibles, y estoy rodeado de compañeros muy talentosos que también tienen un aspecto fantástico”. Quería sentirse seguro de que estaba mostrando la mejor versión de sí mismo: “Pero cuando me miraba al espejo, no sentía que ese reflejo encajara con cómo quería presentarme”.

Mientras que en generaciones anteriores los hombres quizá habrían ignorado estos cambios, o simplemente se habrían encogido de hombros y resignado, considerándolos una parte inevitable del envejecimiento, el CEO decidió acudir a una clínica de estética, Ouronyx, en St James’s, que ofrece sus servicios discretamente lujosos desde una antigua cámara acorazada reconvertida, con una atmósfera serena que se aproxima a la de un spa de alta gama. Allí le inyectaron polinucleótidos —un tratamiento facial con fragmentos de ADN extraídos del esperma de salmón— y después le aplicaron un dispositivo tipo varita que emite pulsos de plasma de nitrógeno, calentado a unos 120 °C, sobre el rostro. El tratamiento combinado estaba diseñado para estimular la producción de colágeno y elastina, mejorar la hidratación y favorecer la reparación del tejido, tensando y renovando la piel, elevando los párpados y las zonas circundantes, estimulando la regeneración del colágeno, remodelando la elastina y mejorando la pigmentación. “El procedimiento no fue doloroso”, afirma, “solo una ligera sensación de calor”. Su piel enrojeció ligeramente, “pero desapareció en 24 horas”. Aparte de una leve descamación unos días después, que trató con productos proporcionados durante la consulta, volvió al trabajo sin signos visibles del tratamiento.

Cuando me miraba al espejo, no sentía que ese reflejo encajara con la forma en la que quería presentarme

El director de operaciones, de 34 años, acudió a la misma clínica, pero por motivos distintos. Durante un tiempo había sentido el deseo de mejorar de algún modo su apariencia. No estaba descontento con su aspecto, como tal —era un hombre joven, en forma y sano—, pero creía que podía proyectarse mejor hacia el exterior. Así que, tras una consulta, optó por una serie de inyecciones de relleno dérmico de ácido hialurónico colocadas estratégicamente a lo largo del borde mandibular —un tratamiento conocido como restauración de la línea de la mandíbula. “Fue, sorprendentemente, una experiencia agradable”, afirma. “No me pareció algo importante en absoluto. No me dan miedo las agujas, así que me lo tomé con bastante naturalidad”. Lo consideró un procedimiento no invasivo, con cuidados posteriores mínimos. “No tuve ningún problema”.

Ambos pacientes, que solicitaron permanecer en el anonimato, forman parte de un grupo creciente de hombres profesionales que adoptan las posibilidades de la ciencia moderna en un intento de salvar la distancia entre su autoimagen interna y el rostro que muestran al mundo. En el extremo más radical están los jóvenes del fenómeno del looksmaxxing, que llevan estas prácticas a extremos para ajustarse a un canon estético no oficial, pero también hay hombres más maduros —en edad y mentalidad— que sienten esa misma presión. El doctor Marco Nicoloso, director médico de Ouronyx —de trato afable y, según se dice, piel igualmente impecable—, describe cómo trata a numerosos “pacientes varones de sesenta y tantos años que están en el punto álgido de sus carreras. Se enorgullecen de su aspecto y, aunque muy exitosos, perciben signos de envejecimiento en su rostro. Quieren verse vibrantes y descansados, no cansados o mayores que sus colegas más jóvenes”.

Otros profesionales del sector coinciden: cada vez más hombres se someten a procedimientos estéticos. “En mis propias clínicas, los hombres representan ya aproximadamente el 30% de los pacientes —y el 40% en mi clínica de la City—”, señala el doctor David Jack, un médico estético escocés afable con varias consultas en Londres y Edimburgo. ¿Y quiénes son estos hombres? “Una parte significativa trabaja en derecho, finanzas, tecnología y liderazgo corporativo”. El doctor Ahmed El Muntasar, médico estético con sede en Mayfair y más de un millón de seguidores en Instagram, coincide: “Estamos viendo un aumento del número de hombres que desean procedimientos cosméticos, especialmente jóvenes profesionales”.

Los retoques, tratamientos y todo tipo de procedimientos casi futuristas ya no son patrimonio exclusivo de actores en paro o estrellas de realities: ahora están plenamente integrados en la oferta para las clases profesionales. Los hombres que se hacen retoques están postulándose sin quererlo a mejores puestos de trabajo.


Puede parecer hoy difícil de creer —como un artefacto cultural de alguna civilización antigua—, pero hubo un tiempo, no hace tanto, en que “los hombres que usaban crema hidratante” era un hito cultural reseñable. Y había más detrás, por supuesto: el auge del “metrosexual”, término acuñado por el comentarista cultural Mark Simpson en 1994, supuso en realidad la aparición del hombre moderno mediado por la cultura de la imagen: una criatura vanidosa, sin complejos a la hora de ser mirada. “Puede ser oficialmente gay, heterosexual o bisexual”, escribía Simpson entonces, “pero esto es totalmente irrelevante, porque claramente se ha tomado a sí mismo como objeto de deseo”. La crema hidratante era parte del fenómeno —igual que la gomina, el tónico y demás productos—, pero lo que realmente representaba era la apertura de una caja de Pandora: hombres cada vez más sometidos a la fuerza gravitatoria de la publicidad y al conjunto de expectativas desproporcionadas al que las mujeres habían estado expuestas desde prácticamente el inicio de los tiempos.

Yo mismo empecé a seguir la evolución de la relación de los hombres con su propia estética en 2014, en las páginas de esta misma revista. Por aquel entonces, todo giraba en torno a ponerse cachas. Lo que empezó con el cuerpo de Brad Pitt en El club de la lucha fue ganando impulso en los años siguientes, pasando por hitos como los físicos bronceados de Jersey Shore y TOWIE, el sorprendente torso prácticamente sin grasa de Cristiano Ronaldo y las cada vez más voluminosas figuras de los actores del universo cinematográfico Marvel. En 2014 ya se había normalizado por completo que los hombres jóvenes se obsesionaran abiertamente con su cuerpo (Simpson bautizó esta estética como “spornosexual”: el heredero del metrosexual, más musculado, un aspecto que parecía un híbrido entre deportista profesional y actor porno).

Una década después, cuando volví al tema para escribir un artículo de seguimiento, el cambio cultural más evidente era que, aunque los hombres seguían profundamente obsesionados con la forma de su físico (y en ese momento ya no solo los más jóvenes —casi todos los hombres—), sus preocupaciones estéticas se habían desplazado también al rostro. El estilo “Love Island” había ido más allá de los pectorales marcados, los abdominales definidos y los bíceps voluminosos (que seguían siendo imprescindibles) para incorporar una piel sin poros visibles, dientes relucientes y una línea de pelo innegablemente robusta —conseguida por cualquier medio necesario.

“En el siglo XXI, los rostros han cobrado vida propia”, afirma hoy Simpson. Esto se debe a “nuestro estilo de vida permanentemente conectado: chatear, ligar, buscar trabajo, hacer networking. Tu cara, o una foto o una videollamada de tu cara, es tu avatar en internet. Es tu embajador y tu representante de una forma en la que antes lo eran quizá la ropa, cuando la gente socializaba más”.

En esta era digitalizada, resulta inevitable que esta mayor conciencia del propio rostro —llámese autoconciencia ilustrada o hipersensibilidad— acabe afectando a la vida profesional. Simpson tiene incluso un nombre para la nueva tribu de hombres trabajadores que recurren a tratamientos estéticos para mejorar su carrera. Los llama “executies”.


Entonces, ¿cómo quieren verse estos “executies”? Las solicitudes más habituales se concentran en tres zonas del rostro. En primer lugar: la mandíbula. “Lo que veo con más frecuencia es un realce estratégico del tercio inferior de la cara”, explica el doctor David Jack. “Una mayor proyección del mentón y un ángulo mandibular más definido [es decir, una mayor angularidad en la parte posterior de la mandíbula, justo debajo de la oreja] puede alterar las proporciones faciales de una forma que transmite más aplomo y autoridad”.

Los ojos son otro punto de preocupación. “Los tratamientos perioculares son una categoría importante”, añade Jack. “La mirada cansada es una queja habitual entre hombres con trabajos exigentes, y puede minar la percepción de energía o resistencia”. Shotter coincide: “El cansancio suele interpretarse como baja energía o poca resiliencia”.

La calidad de la piel es el tercer pilar. Para este reportaje, Ouronyx analizó datos internos de pacientes varones de entre 45 y 74 años. Durante las consultas, estos hombres —muchos de ellos en puestos corporativos de alto nivel— hablaban de la presión de carreras exigentes y del estrés asociado, mientras también observaban los signos visibles del envejecimiento en su piel; el 77% optó por tratamientos cutáneos con dispositivos basados en energía, junto con inyecciones estimuladoras de colágeno.

Gracias a nuestro estilo de vida permanentemente conectado —chatear, ligar, buscar trabajo, hacer networking—, tu rostro, o una foto o una imagen tuya en una videollamada, se ha convertido en tu avatar digital. Es tu embajador y tu representante de una forma en la que antes lo eran quizá la ropa, cuando la gente socializaba más

Los dientes son otro factor. El doctor Tom Crawford-Clarke, fundador de la clínica dental londinense Luceo Dental, señala que en una encuesta laboral en el Reino Unido, “el 67% de los empleados afirmó que una sonrisa atractiva es un activo importante en el trabajo, mientras que el 42% consideró que las personas con dientes de aspecto saludable parecen más autoritarias”.

¿Es esto simple vanidad? Por supuesto. Pero también existen incentivos prácticos: la confianza en entornos directivos podría mejorar realmente el desarrollo profesional. Varios estudios de psicología social han demostrado que los hombres con rasgos faciales más masculinos o dominantes son sistemáticamente percibidos como más autoritarios y con mayor capacidad de liderazgo, e incluso investigaciones que comparan a directores ejecutivos con grupos de control han encontrado que ciertos rasgos vinculados a la dominancia aparecen de forma desproporcionada entre los altos cargos empresariales. “Incluso hay estudios que relacionan una mandíbula más dominante en los hombres con una mayor percepción de poder y con el hecho de ocupar puestos profesionales más elevados”, afirma Shotter.

(Una nota sobre este tipo de estudios, como el publicado por la British Psychological Society en 2008, es que la percepción de poder puede influir en la contratación, pero no necesariamente en el éxito empresarial: “No está nada claro si los directores ejecutivos con cierto tipo de apariencia ayudan a sus empresas a ganar visibilidad o si, por el contrario, las empresas rentables tienden a contratar a directores ejecutivos que encajan con ese perfil”, concluyeron los investigadores.)

“Supongo que los hombres mayores de hoy se parecen mucho más a las mujeres de mediana edad de aquellos anuncios suavizados de Oil of Ulay que probablemente antes se reían de ellos”, dice Simpson. “Sienten el paso del tiempo y la presión acumulándose. Su rostro —su estética, su capacidad de ser ‘vendible’, su capacidad de desafiar al tiempo a través de esos retoques que no dejan huella estética— es mucho más importante de lo que era para las generaciones anteriores de hombres profesionales”.

A medida que los procedimientos faciales han pasado a formar parte del ámbito profesional generalista, y a medida que la propia tecnología ha evolucionado, el ideal también ha cambiado.

“La era de la cara congelada ha terminado”, afirma el doctor Ahmed El Muntasar. “Los hombres que veo tienen claro que no quieren que nadie sepa que se han hecho algo. Quieren que la gente les diga: ‘Qué bien te veo, ¿has estado de vacaciones?’. Ese es el estándar”. La estética es natural: “Alto rendimiento, pero sin que se note”.

No quieren parecerse a Michael B. Jordan o Christian Bale, sino simplemente versiones mejoradas de sí mismos.

Pero cuando se trata de modificar el propio rostro, la satisfacción del cliente está lejos de estar garantizada. Como insisten los clínicos con los que hablo, esto no implica necesariamente esa ansiada promoción. “El aspecto más importante durante mi consulta es que la ‘ventaja de autoridad’ no está garantizada —a veces incluso puede tener el efecto contrario”, señala la doctora Sophie Shotter. “Estamos hablando de navegar sesgos ajenos, que a menudo son inconscientes, y el sesgo no recompensa de forma fiable el mismo rostro en todos los contextos, culturas o sectores”.

También existen riesgos prácticos. “Esculpir en exceso la mandíbula puede generar un aspecto agresivo”, señala. “Un exceso de relajantes musculares puede aplanar las señales emocionales, y un relleno mal planificado puede añadir volumen o distorsionar el movimiento”.

Y luego está el coste psicológico de modificar el propio rostro. Según el doctor Tom Crawford-Clarke, cuando las personas sienten presión por “optimizar” su apariencia en busca de éxito social o profesional, las consecuencias son claras: “La autoevaluación constante y la comparación pueden derivar en ansiedad, dismorfia corporal y baja autoestima”. Como ya advierte el mito de Narciso, la autoobservación extrema puede convertirse en una práctica peligrosa.

Entre los hombres más jóvenes existe además otro reto. La era del rostro congelado puede haber quedado atrás, pero hay señales de que una nueva estética está imponiéndose. “Las redes sociales han popularizado un tipo de imagen muy concreto”, explica Shotter. “Una mandíbula más marcada, una frente más lisa, soporte en la zona de debajo de los ojos, un tercio medio del rostro más definido y lo que algunas comunidades online llaman ‘ojos de cazador’”.

El nivel de hiperprecisión que describe Shotter —la obsesión por milímetros de proyección mandibular, por las proporciones de los músculos maseteros o por el ángulo exacto de las cejas— ha alimentado un rincón más oscuro de internet: el movimiento conocido como “looksmaxxing”.

En su extremo más radical, los influencers del looksmaxxing, como un estadounidense de 20 años conocido como Clavicular, promueven técnicas que incluyen fumar metanfetamina (para crear los codiciados “pómulos hundidos”) y el llamado “bonesmashing”, es decir, golpear repetidamente los huesos faciales en un intento de estimular su crecimiento. “Estas no son técnicas cosméticas”, advierte Crawford-Clarke. “Son lesiones”.

Estas no son las decisiones extremas que están considerando el CEO o el director de operaciones. Por ahora. Las fotografías de antes y después del CEO, que comparte conmigo en confianza, no muestran a alguien que haya pasado claramente por cirugía estética. Simplemente revelan a un hombre que parece notablemente menos cansado —más fresco, más saludable—. El director de operaciones, por su parte, no se arrepiente de su nueva mandíbula: “Los resultados fueron muy sutiles, pero también realzan mi rostro —me hacen sentir mucho más feliz”, afirma. “Me ha cambiado la vida”. ¿A nivel profesional? ¿Personal? En un mundo que da cada vez más importancia a la “marca personal” —“la presencia, el rendimiento y cómo te presentas”, como dice el CEO—, ambas esferas son cada vez más inseparables.

Vivimos en una era de optimización: de máximo rendimiento, de auto-monitorización, de protocolos de longevidad. El rostro se ha sumado a la lista de cosas que pueden mejorarse. Los intentos de los hombres por alinear su apariencia con su identidad, o con la persona que sienten que deberían ser, difícilmente van a disminuir. Las intervenciones disponibles serán cada vez más sutiles, preventivas, técnicas… y más difíciles de resistir.

Para el CEO, esto es solo el comienzo. Tiene intención de volver a someterse al tratamiento cuando llegue el momento adecuado —“quiero mantener los resultados que he conseguido”— y está abierto a otros procedimientos. “Ahora me siento más informado sobre los tratamientos disponibles, así que ya no tengo las dudas que tenía antes”. El director de operaciones no tiene planes de someterse a más retoques por ahora, pero si surge otro tratamiento que pueda mejorar su apariencia, lo consideraría. “Al fin y al cabo”, dice con naturalidad, “solo tienes una cara”.

Por: Max Olesker
Este artículo se publicó originalmente en Esquire España

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