Hay dos tipos de hombres en este mundo. Los que, en los años 80s y 90s, abrieron un paquete de papas, sacaron una figura diminuta de un solo color o un tazo de la primera generación de Pokémon, y lo perdieron para siempre en el fondo de un cajón hasta que un día simplemente desapareció y ni siquiera recuerdan cómo sucedió. Y los que la guardaron. Si perteneces al segundo grupo o te interesa saber por qué esto es importante, presta mucha atención ya que aquí te lo contamos.
Por: Felipe Torres Vargas
¿Por qué algunas personas coleccionan figuras?
¿Por qué un adulto funcional está dispuesto a pagar cifras tan altas que en ocasiones rondan entre los $80.000 y los $120.000 pesos colombianos por una figurita de pocos detalles estéticos que apenas mide dos centímetros? Sí, lo primero es la nostalgia, pero hay una respuesta más compleja: El concepto denominado el “yo extendido”, acuñado por el investigador Russell Belk: nuestras posesiones no son solo cosas, son extensiones de quienes somos. El coleccionista acumula pruebas de su propia existencia. Por eso, las personas creen que los objetos originales tienen una «esencia» que los duplicados no pueden replicar. Eso mismo ocurre con el juguete que te salió hace más de 25 años: aunque sea más fácil mandar a fabricar uno igual, que conseguir el original, lo que realmente se busca es la certeza de que ese plástico estuvo ahí, en algún lugar de Colombia, en los años 80s o 90s.
¿Cómo nació el fenómeno de las figuras promocionales de Yupi en Colombia?
Pero gran impacto del coleccionismo llegó con la línea de Star Wars que Yupi produjo en 1985. Su carácter extraordinario radica en su origen artesanal: la compañía, en lugar de crear los personajes desde cero, copiaron a pequeña escala los moldes de las figuras de Kenner, la línea original de Estados Unidos, dando como resultado 36 minifiguras que abarcan toda la saga original. Actualmente, es posible encontrar lotes de hasta 10 figuras en grupos de coleccionistas de Facebook, con precios que oscilan entre $350.000 y $400.000 pesos colombianos.

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Lo que hace aún más extraordinaria a esta línea, y a otros coleccionables colombianos, es su rareza: al ser productos exclusivos del país, no se consiguen en plataformas como eBay o Amazon, sino que deben ser «cazados» en espacios como el Mercado de las Pulgas de San Alejo en Bogotá o en grupos de Facebook. Este reconocimiento ha trascendido fronteras: coleccionistas de Estados Unidos, México, España y otros países buscan activamente estas figuras, existen guías internacionales dedicadas exclusivamente a ellas, y en los foros la respuesta es unánime: Colombia es el único lugar donde pueden encontrarse.
Durante los años 80s y 90s, la empresa colombiana de snacks Productos Yupi revolucionó el mercado al incluir pequeñas figuras de plástico de colores en sus productos, destacándose por su capacidad para obtener licencias oficiales de los principales estudios de entretenimiento mundial, lo que les permitió lanzar líneas basadas en íconos de la cultura pop como Los Picapiedra, Thundercats y He-Man. En esa época, la televisión a color apenas había llegado a Colombia en 1979, cambiar de canal aún implicaba girar una perilla directamente en el televisor, y mientras los jóvenes varones seguían series como He-Man, las chicas preferían mayoritariamente Candy Candy, cuyos stickers coleccionaban y pegaban en álbumes adquiridos en las misceláneas del país.
¿Por qué la Paleta Drácula es tan popular en Colombia?
Si hay una marca que sigue viva, que sigue produciendo coleccionables, y que sigue siendo el eje central de las convenciones de coleccionistas, esa es la Paleta Drácula. Lanzada en 1989, se convirtió en un ícono de la cultura popular colombiana, especialmente asociada a Halloween. Desde su concepción, fue pensada exclusivamente para esta temporada, lo que la consolidó como la marca anfitriona del inicio de la noche de brujas.
Lo que distingue a Drácula es su capacidad de reinventarse sin perder su esencia. El verdadero hito que definiría su futuro llegó en 1994, cuando Crem Helado lanzó la primera serie de figuras «Monsters in My Pocket». Esta colección, que presentaba 24 monstruos, fue el inicio de una tradición. Las figuras, fabricadas en plástico fosforescente, medían aproximadamente 3.2 cm de alto y cada monstruo venía acompañado de una tarjeta biográfica que incluía su nombre, historia y un puntaje de fuerza (del 5 al 25) que permitía jugar con ellos.
La marca continuó lanzando colecciones nuevas anualmente hasta el año 2000, y ha seguido haciéndolo en las décadas siguientes, manteniendo vivo el legado. Es la única marca que ha logrado tender un puente continuo entre generaciones: el niño que abrió una Drácula en 1995 y que ahora como adulto, la abre junto a sus hijos.

¿Cuáles fueron las marcas que hicieron historia con los promocionales en Colombia?
El fenómeno del coleccionismo promocional en Colombia no se limitó a Yupi y Paleta Drácula. Docenas de marcas se sumaron a la fiebre, incluyendo Cheetos, Chocolatina Jet, Nucita, Quipitos, Lonchis, Heladino, Yogo Premio, Coca-Cola, Pepsi, Huevo Kinder, McDonald’s, Colanta, Kellogg’s, Gel Hada, Galletas Festival, Bimbo y Bon Ice.
Los formatos de coleccionables también eran variados: no solo figuras de plástico, sino también tazos, láminas, álbumes, vasos promocionales. Cada producto promocional era una pequeña pieza de un rompecabezas más grande: el de completar una colección.
Fue en los recreos de los colegios donde el fenómeno se hizo más visible. El intercambio de figuras, tazos, láminas y cromos era el equivalente infantil del mercado de valores. Los niños sabían qué figura valía más, cuál era la más escasa, con quién podía negociar y quién era el «malo pa’ los cambios”, los patios de los colegios colombianos, en ciudades y pueblos, eran el escenario perfecto para estas transacciones.

¿Dónde conseguir figuras antiguas de Yupi, Paleta Drácula en Colombia?
Los domingos en Bogotá, de 9 a 12 del mediodía, los coleccionistas se reúnen en el Parque del Bicentenario de la Independencia, justo frente al Planetario. Sobre la zona verde, despliegan bolsas con figuras de Yupi, Paleta Drácula, Yogo Premio, Nucita, tazos, láminas y promocionales de McDonald’s o Coca-Cola. Se llama Yupicambiatón.
Allí se truecan repeticiones, se cierran negocios y se completan colecciones que muchos tienen pendientes desde los 80. Las fechas exactas se anuncian en el grupo de Facebook «MUÑEQUITOS YUPI & PROMOCIONALES COLOMBIA, ¡EL ORIGINAL!». El aforo es variado. Sin embargo, la verdadera diversión llega en octubre, con Paleta Drácula, momento en que la cambiatón se llena de gente de todas las edades que buscan finalizar lo más pronto posible la última colección de la paleta.


¿Por qué coleccionamos figuras y objetos de nuestra infancia?
Porque una parte de nosotros sigue ahí: un recuerdo, un momento feliz, una asociación directa con nuestro pasado. Esa prueba de que ese momento fue real, de que lo vivimos de manera colectiva. Una pieza fabricada para un niño de Popayán, Sincelejo o Bucaramanga que ahora tiene canas. Es la evidencia de que, en este país, a pesar del caos, siempre hubo tiempo para soñar con mundos alternativos. No podemos identificar el futuro, pero sí el pasado. Eso es algo que nadie podrá quitarnos, en especial si lo tenemos almacenado en nuestro hogar.
