El deporte suele presumir neutralidad y unidad, pero la historia demuestra lo contrario. Los conflictos armados siempre terminan filtrándose en el deporte: desde los grandes eventos marcados por boicots y atentados hasta la cristalización de identidades nacionales en tiempos de guerra. El actual enfrentamiento entre Irán, Estados Unidos e Israel vuelve a plantear una pregunta incómoda: ¿puede el deporte seguir jugando mientras el mundo está en guerra? En esta nota te contamos nuestra opinión;
¿Qué pasa con el deporte en tiempos de guerra?
El deporte moderno nació con la promesa de unir naciones. Desde la restauración de los Juegos Olímpicos en el siglo XIX hasta la expansión global del fútbol en el siglo XX, las grandes competiciones internacionales se han presentado como espacios de encuentro entre países. Pero esa idea de neutralidad ha sido puesta a prueba una y otra vez por la historia.
La Segunda Guerra Mundial constituyó el ejemplo más evidente de cómo un conflicto puede paralizar el deporte global. Durante aquellos años, el calendario internacional prácticamente desapareció. Miles de atletas fueron movilizados al frente, muchos estadios fueron utilizados como instalaciones militares y las grandes competiciones quedaron suspendidas indefinidamente. La guerra obligó a cancelar dos Copas del Mundo, la de 1942 y la de 1946, así como los Juegos Olímpicos de 1940 y los de 1944. En un momento en el que gran parte del planeta estaba en guerra, el deporte internacional simplemente dejó de existir.

El atentado que cambió para siempre los Juegos Olímpicos
Si la Segunda Guerra Mundial demostró que el deporte depende de la estabilidad global, los Juegos Olímpicos de Múnich 1972 dejaron claro que incluso los grandes eventos pueden convertirse en escenario de la violencia política. En aquella edición, un grupo armado palestino del movimiento Black September irrumpió en la Villa Olímpica y tomó como rehenes a miembros de la delegación israelí. El ataque terminó con once atletas y entrenadores asesinados, convirtiéndose en uno de los momentos más trágicos en la historia del deporte. El impacto de aquella tragedia fue profundo.
Desde entonces, los grandes eventos deportivos adoptaron sistemas de seguridad mucho más estrictos, reconociendo que la visibilidad global de estas competiciones también las convierte en objetivos políticos. El olimpismo ya no podría concebirse como un espacio puramente simbólico: era también un asunto de seguridad internacional.
¿Qué relación existe entre el deporte y los conflictos políticos?
En otras ocasiones, el deporte no ha sido víctima directa de la guerra, sino un reflejo anticipado de las tensiones que terminarían estallando en conflicto. A comienzos de la década de 1990, el fútbol en la antigua Yugoslavia comenzó a mostrar el clima de polarización que atravesaba la región.
El 13 de mayo de 1990, un partido entre Dinamo Zagreb y Estrella Roja de Belgrado terminó en violentos enfrentamientos entre aficionados, policías y jugadores dentro del estadio Maksimir. Aquella escena, con disturbios masivos y símbolos nacionalistas enfrentados, es considerada por muchos historiadores como uno de los momentos que anticiparon el estallido de las guerras de los Balcanes que marcarían los años siguientes.
En el siglo XXI, los conflictos armados continúan afectando al deporte global, aunque muchas veces de manera indirecta. Tras la invasión rusa a Ucrania en 2022, numerosas federaciones deportivas internacionales adoptaron sanciones sin precedentes contra Rusia. En el fútbol, la FIFA y la UEFA suspendieron a la selección rusa y a todos sus clubes de las competiciones internacionales, excluyéndolos de los procesos de clasificación y de la participación en torneos internacionales como la Copa del Mundo, la Eurocopa, la UEFA Nations League y la UEFA Champions League, entre otros.
De forma similar, otras federaciones deportivas prohibieron la participación de atletas rusos en múltiples disciplinas internacionales, desde atletismo hasta hockey sobre hielo. El conflicto también provocó cambios en la organización de grandes eventos deportivos. La final de la UEFA Champions League de 2022, originalmente programada en San Petersburgo, fue trasladada a París tras el inicio del conflicto.

¿Cómo afectó la guerra de Ucrania a clubes y atletas rusos?
Asimismo, las sanciones afectaron a clubes históricos. El empresario ruso Roman Abramovich, propietario del Chelsea FC durante casi dos décadas, fue sancionado por el gobierno británico tras la invasión. Como consecuencia, se vio obligado a vender el club en 2022 en una operación de emergencia aprobada por las autoridades del Reino Unido. La venta del Chelsea se convirtió en uno de los ejemplos más visibles de cómo las sanciones económicas y políticas vinculadas a la guerra pueden afectar directamente al deporte profesional.
El impacto se extendió también al mundo olímpico. Las federaciones internacionales y el Comité Olímpico Internacional recomendaron excluir a atletas rusos y bielorrusos de competiciones internacionales, permitiendo en algunos casos que participaran únicamente bajo bandera neutral y sin símbolos nacionales. Incluso para los Juegos Olímpicos de Invierno de 2026, las selecciones rusas fueron excluidas de competir como equipos, aunque algunos deportistas podrían participar de forma individual bajo condiciones estrictas.
Además de sanciones colectivas, varios atletas enfrentaron castigos individuales por su postura frente al conflicto. El nadador Evgeny Rylov, doble campeón olímpico, fue suspendido durante nueve meses de competiciones internacionales después de participar en un acto público de apoyo a la invasión rusa de Ucrania.

¿Qué deportistas fueron sancionados por apoyar la invasión rusa?
Otro caso que generó gran controversia fue el del gimnasta Ivan Kuliak, quien durante una competencia internacional en Doha apareció en el podio con una “Z” en su uniforme, símbolo asociado con las fuerzas militares rusas en Ucrania. La Federación Internacional de Gimnasia lo sancionó y lo despojó de su medalla en esa competencia.
Las sanciones también alcanzaron al mundo del tenis. Tras el inicio de la guerra, torneos internacionales previstos en Rusia fueron cancelados y los jugadores rusos y bielorrusos quedaron suspendidos de competiciones por equipos como la Copa Davis, aunque algunos pudieron competir de forma individual sin bandera nacional.
Hoy, el deporte vuelve a situarse en medio de una crisis global. El conflicto armado que estalló a finales de febrero de este año entre Irán, Estados Unidos e Israel ha escalado con ataques cruzados en distintos puntos de Medio Oriente, lo que ha provocado el cierre de espacios aéreos, interrupciones en rutas comerciales clave y tensiones que afectan la estabilidad internacional.
En este contexto, el deporte no ha sido la excepción. La Federación Internacional del Automóvil (FIA) decidió cancelar oficialmente el Gran Premio de Bahréin y el Gran Premio de Arabia Saudita de la temporada 2026 de la Fórmula 1, así como suspender las competencias de las categorías soporte. Tras evaluar las condiciones de seguridad y logística en la región, la FIA no solo eliminó ambas carreras del calendario, reduciendo la temporada de 24 a 22 fechas, sino que dejó un vacío sin sustituciones, lo que refleja las limitaciones operativas del deporte ante contextos de conflicto.
¿Cómo impacta el conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel al deporte?
Este mismo escenario se extiende al fútbol, donde también surgen interrogantes. La posible participación de la selección de Irán en la Copa del Mundo de 2026, torneo organizado por Estados Unidos, México y Canadá, se ha convertido en un tema de debate dada la situación de tensión diplomática de Estados Unidos con el país persa.
Más allá de una decisión concreta, la situación refleja cómo factores políticos y diplomáticos pueden influir en la presencia de determinadas naciones en competiciones globales, incluso cuando han asegurado su clasificación en el terreno de juego y están involucrados directa o indirectamente en el conflicto. Así, el caso iraní evidencia que, cuando la geopolítica irrumpe, ni siquiera los torneos planificados con años de anticipación permanecen al margen de los conflictos, y el mérito deportivo deja de ser el único factor que define quién puede competir.
A lo largo de la historia, el deporte ha sido tanto un espacio de encuentro como un reflejo de las tensiones del mundo. Eventos cancelados por guerras mundiales, atentados en sedes olímpicas, disturbios nacionalistas en estadios o sanciones deportivas derivadas de conflictos contemporáneos forman parte de una misma narrativa.
Quizá el deporte no puede escapar de la guerra porque forma parte del mismo mundo que la produce. Mientras existan naciones, identidades y rivalidades, los estadios seguirán reflejando las tensiones de la historia. Y cada vez que el planeta entre en conflicto, el deporte recordará que su aparente neutralidad siempre ha sido frágil.
