Jane Goodall: la mujer que cambió para siempre la forma de entender a los animales

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La primatóloga británica falleció a los 91 años dejando un legado que trasciende la ciencia. Su vida fue un puente entre la investigación, la defensa de los chimpancés y la conciencia ambiental que hoy sigue inspirando al mundo

La noticia sorprendió al mundo: el 1 de octubre de 2025, a los 91 años, falleció Jane Goodall, la primatóloga británica que durante más de seis décadas enseñó que los chimpancés no eran solo objetos de estudio, sino seres con emociones, vínculos y capacidad de transformar nuestra visión sobre la vida. Su muerte se produjo en California, durante una gira de conferencias, pero su legado ya no pertenece a un país ni a una institución: se convirtió en patrimonio de la humanidad. Con su partida, la ciencia pierde a una pionera, la conservación pierde a una líder incansable y las nuevas generaciones pierden a una voz que, hasta el último día, pidió mirar al planeta con respeto.

Goodall fue mucho más que una investigadora. Su obra cruzó fronteras y disciplinas porque habló en un lenguaje accesible, no técnico, que lograba transmitir la complejidad de los descubrimientos sin encerrarlos en un laboratorio. Su mérito no estuvo únicamente en los hallazgos, sino en la forma de narrarlos, en la convicción de que detrás de cada animal había una historia que merecía ser contada. En un mundo dominado por la visión utilitaria de la naturaleza, ella mostró que observar también es una forma de comprender, y que comprender implica, de algún modo, cuidar.

Nació el 3 de abril de 1934 en Londres. Desde la infancia se inclinó hacia los animales. No era una pasión heredada de académicos o naturalistas, sino un interés genuino, casi intuitivo. Su madre la alentó desde temprano, apoyándola en su obsesión por leer libros de Tarzán y El doctor Dolittle. Años después, Jane recordaría que soñaba con vivir en África, un anhelo que parecía imposible para una joven sin estudios universitarios en biología y sin contactos en el mundo científico. Sin embargo, esa carencia se convirtió en fortaleza: su mirada estaba libre de prejuicios académicos y sus métodos de observación fueron tan humanos como innovadores.

Jane Goodall con el chimpancé Figan en el Parque Nacional de Gombé, Tanzania, en 1977.

El punto de inflexión ocurrió en 1957, cuando viajó a Kenia y conoció al antropólogo Louis Leakey, quien buscaba a alguien capaz de estudiar chimpancés en su entorno natural. Leakey, convencido de que comprender a los grandes primates era una vía para entender la evolución humana, eligió a Goodall no por títulos, sino por su paciencia, disciplina y sensibilidad. En 1960, Jane llegó a Gombe, una reserva en Tanzania, acompañada de su madre para darle soporte en una tarea inédita: convivir con los chimpancés salvajes durante meses sin interrumpir sus dinámicas naturales.

Los inicios fueron difíciles. Los chimpancés huían de su presencia y apenas podía observarlos de lejos. Pero poco a poco, con perseverancia y respeto, fue ganándose su confianza. Les ofreció bananas para acercarse, pasó horas enteras inmóvil bajo el sol, registró cada gesto y cada interacción con una atención casi obsesiva. En menos de dos años, logró algo sin precedentes: los chimpancés dejaron de verla como una amenaza. Ese vínculo cambió la ciencia y, en muchos sentidos, cambió también a Jane.

Su investigación en Gombe produjo descubrimientos que desafiaron certezas de la biología. El más trascendental fue en 1960, cuando documentó que los chimpancés fabricaban y utilizaban herramientas para obtener alimento, como ramas adaptadas para extraer termitas. Hasta entonces, se consideraba que el uso de herramientas era un rasgo exclusivo de los seres humanos. Al presentar su hallazgo, Goodall obligó a la comunidad científica a replantear sus definiciones. El propio Leakey declaró que había que redefinir lo que significa ser humano, o aceptar que los chimpancés también lo eran en cierta medida.

Ese descubrimiento fue solo el inicio. Goodall registró comportamientos complejos: duelos, lazos afectivos, luchas de poder, violencia, cooperación, reconciliación. Reconoció personalidades distintas en cada chimpancé, les puso nombres y los trató como individuos, una práctica cuestionada en ese momento por los sectores más ortodoxos de la ciencia. Pero su intuición resultó visionaria: décadas más tarde, la etología y la neurociencia confirmarían que los animales tienen emociones y conductas sociales comparables a las humanas.

Jane Goodall en los 1970s y 2024 - Getty

Durante más de 40 años, Goodall desarrolló su investigación en Gombe, convirtiendo el lugar en uno de los sitios más estudiados del planeta. Su labor no se quedó en las páginas de artículos académicos: escribió libros accesibles, produjo documentales, concedió entrevistas y se convirtió en una divulgadora incansable. Lo que distinguía su voz era la capacidad de hablarle tanto a la comunidad científica como al público general, sin perder rigor ni cercanía.

Con el paso del tiempo, Jane dejó de ser únicamente investigadora para convertirse en activista. En 1977 fundó el Jane Goodall Institute, que hasta hoy impulsa proyectos de conservación en África y promueve la protección de los chimpancés y sus hábitats. Más adelante, en 1991, creó el programa Roots & Shoots (Raíces y Brotes), destinado a inspirar a jóvenes de todo el mundo a involucrarse en proyectos ambientales y comunitarios. Este programa se expandió a más de 100 países y demostró que su visión de conservación no era elitista ni exclusiva de expertos: era una responsabilidad compartida.

Los reconocimientos que recibió reflejan la magnitud de su legado. Fue nombrada Dama del Imperio Británico en 2004, Mensajera de la Paz de la ONU en 2002 y recibió innumerables premios, incluido el más reciente, la Medalla Presidencial de la Libertad en 2025 en Estados Unidos. Cada distinción reforzaba la idea de que su figura ya no pertenecía solo a la ciencia, sino al imaginario global de quienes buscan un planeta más habitable.

Goodall nunca se limitó a celebrar avances. Fue crítica con la deforestación, la caza furtiva y el tráfico ilegal de animales. Advirtió constantemente sobre el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. Su tono no era alarmista, pero sí urgente: pedía acción sin caer en el catastrofismo, invitando a la gente a creer que todavía había posibilidad de revertir los daños. Incluso en sus últimos años, con más de 80 conferencias anuales, seguía viajando por el mundo para hablar frente a auditorios llenos de jóvenes que veían en ella un símbolo de coherencia.

Su importancia radica en varios aspectos. Primero, porque rompió la barrera entre humanos y animales al demostrar que compartimos comportamientos y emociones con ellos. Segundo, porque su método científico, basado en la observación paciente y el respeto, abrió un camino distinto en la investigación. Tercero, porque supo traducir esa ciencia en un lenguaje que inspiraba cambios concretos. Y cuarto, porque transformó su prestigio en una plataforma de acción, dejando instituciones que hoy siguen trabajando con la misma convicción.

La muerte de Jane Goodall marca el final de una época, pero también confirma la vigencia de sus ideas. Sus estudios siguen siendo referencia académica, sus programas educativos continúan formando líderes y su voz resuena en un mundo que enfrenta crisis ambientales cada vez más graves. El desafío que deja es claro: aprender a convivir con la naturaleza no como dueños, sino como parte de ella.

Al mirar su trayectoria, resulta evidente que Goodall fue más que una científica: fue un ejemplo de cómo la pasión puede convertirse en propósito y de cómo la coherencia personal puede impactar en millones de vidas. Lo que comenzó como el sueño de una niña que quería vivir en África terminó siendo un movimiento global que cambió la forma en que concebimos la relación con otras especies.

Jane Goodall, con un chimpancé en brazos, en 1995 - Getty

Hoy que Jane Goodall ya no está, queda la pregunta sobre cómo honrar su memoria. La respuesta no se encuentra únicamente en grandes proyectos, sino en gestos cotidianos: respetar a los animales, rechazar prácticas que los dañen, apoyar iniciativas que protejan los bosques y mares, educar a los más jóvenes para que vean en cada ser vivo un valor en sí mismo. Ella lo repitió en vida: cada acción cuenta, cada decisión suma.

En su nombre, podemos comprometernos a mirar al mundo con más empatía. A reconocer que cuidar a los animales es también cuidarnos a nosotros mismos, porque compartimos un mismo destino. El legado de Jane Goodall no es un capítulo cerrado de la historia, sino una invitación abierta a vivir de manera más consciente.