Por: Nancy Estrada
Desde el primer instante se entiende por qué lo llaman “Mochoman”: no es un apodo, es una identidad que él mismo transformó en bandera. Con esa sonrisa que ilumina hasta los pasajes más oscuros de su vida, comienza a contarme:
‘Cuando veo hacia atrás, recuerdo algunos momentos bonitos, aunque no todos lo fueron. Recuerdo correr con mis hermanos, jugar en los potreros, escondernos, hacernos travesuras como cualquier niño. Esos recuerdos felices aún me acompañan. Pero también tengo recuerdos atroces. He decidido quedarme con lo bonito, y lo doloroso lo utilizo como fuerza para seguir’. Habla con serenidad, sin dramatismos, pero cada palabra encierra una lección. En su vida, la resiliencia no es discurso: es un músculo entrenado a diario.
Su historia no se entiende sin el contexto brutal de la guerra. A los 16 años fue reclutado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC): ‘Me arrancaron de la finca y de mi infancia. Era apenas un adolescente cuando la guerra me obligó a convertirme en algo que no quería ‘. Un año después, se fugó. Al cumplir la mayoría de edad se enlistó en el Ejército colombiano, convencido de que esa era la manera de encontrar un propósito.

¿Cómo sobrevivió al atentado que cambió su vida para siempre?
Pero la guerra volvió a alcanzarlo en 2011. Un paquete bomba frente a su casa lo arrojó a la frontera entre la vida y la muerte. Pasó doce días en coma y despertó sin manos, sin parte de una pierna y con la visión de un solo ojo: ‘Cuando abrí los ojos pensé: ya no sirvo para nada. ¿Quién me va a querer? ¿Mi hijo me va a rechazar? Llegan los pensamientos más oscuros. Lo más difícil fue odiar mi propio cuerpo’. La crudeza de ese relato se suaviza en la manera como lo dice. No lo cuenta desde el papel de víctima, sino desde alguien que ya se reconcilió con su pasado: ‘Hoy mis cicatrices me parecen bonitas. Antes las ignoraba porque me parecían horribles. Hoy las miro y digo: son cicatrices de vida’.
¿Cuál es la palabra que mejor define su historia?
Entre tantos títulos —superhéroe, ejemplo, inspiración— él baja la euforia y lo resume en una sola palabra: vida. ‘Si tuviera que resumir mi historia en una sola palabra, sería “vida”. He sufrido, sí. Tengo las cicatrices, pero no me quedé en el papel de víctima ni en el odio. He usado ese dolor para hacer cosas bonitas y diferentes’, comparte. Su voz tiene la fuerza de quien sabe que su historia no es solo personal, sino colectiva:
‘En este país hay muchos que han sufrido lo mismo o peor que yo. Muchos siguen viviendo en el papel de víctimas, en el odio. Yo decidí no quedarme ahí. Decidí que el mundo me recuerde por algo bonito’.
¿Por qué la bomba terminó convirtiéndose en un regalo inesperado?
Sorprende escucharlo: ‘La bomba que casi me quita la vida hoy la llamo un regalo‘. Hace una pausa breve, respira y explica: ‘Entendí que existen dos tipos de dolor: el físico y el psicológico. El físico se puede controlar con medicamentos; yo lo viví recién amputado, me daban calmantes para soportar ese dolor. Pero el psicológico depende de uno mismo. Uno decide si se queda atrapado ahí o lo convierte en algo positivo’.
Ese proceso no fue inmediato ni fácil. Al inicio hubo rechazo, odio, pensamientos oscuros. Pero con el tiempo aprendió a resignificar: ‘Hoy me disfruto todo: los golpes, las palabras, incluso las groserías que a veces me dicen. Pienso: qué afortunado soy de poder escucharlas, porque hubo un tiempo en que ni eso podía hacer’.
El dolor lo transformó en alegría, y la alegría en inspiración. Esa es su alquimia. Y con humor añade: ‘¿Sabes? En pandemia no tuve que usar alcohol ni jabón de manos. Los fabricantes conmigo pierden. Y yo me río. Porque hasta eso me lo disfruto’.

¿Cómo encontró en el deporte una forma de sanar y avanzar?
El deporte apareció como salvavidas. Primero fue la natación: ‘La piscina me ayudó a ahogar el dolor, las tristezas y los pensamientos oscuros. Descubrí la inclusión, la admiración y el reconocimiento’. Pero pronto supo que el agua no era suficiente. Quiso ir más allá y encontró en la bicicleta su destino:
‘Yo creía que para montar necesitaba tener manos y los dos ojos buenos. Lo que necesitaba era volverme atrevido’. Ese atrevimiento lo llevó a modificar bicicletas con ingenieros de la Fuerza Aérea, a desafiar a mecánicos que le decían que era imposible, a convencer a directores deportivos de que sí podía: ‘No solo se transforma la máquina, también hay que transformar la mentalidad de quienes te rodean. Eso ha sido lo más difícil’.
De la piscina aprendió la disciplina; de la bicicleta, el coraje: ‘No me puedo quedar en el deseo. Tengo que salir a descubrir qué hay más allá’.
¿Qué obstáculos enfrentó en el sistema paralímpico colombiano?
La guerra le arrebató manos y pierna, pero el sistema deportivo casi le arrebata los sueños: ‘Las clasificaciones funcionales en el deporte paralímpico nos afectan mucho. Yo lo llamo “doping funcional”. Entre más funcional seas, más apetecido eres para el sistema’. Aunque es el único en su categoría en Colombia, eso no le abrió las puertas que esperaba:
‘Luché mucho contra eso. Me cerraron caminos a Olímpicos y Panamericanos. Pero encontré a Movistar, que me dijo: no importa si vas a un mundial, nos importa lo que inspiras’. Ese giro cambió su rivalidad: ‘Mi rival ya no son los ciclistas de otros países. Mi rival es la mente de las demás personas, la mente frustrada, llena de tristeza. Entreno como si fuera al Mundial, porque cuando me paro frente a una comunidad debo estar fuerte para enfrentar esas mentes’.
¿Cómo nació el apodo “Mochoman” y cómo se volvió su identidad?
Al principio fue un apodo que podía sonar cruel. Hoy es su nombre de batalla: ‘“Mochoman” es una forma de romper el hielo. Cuando alguien me extiende la mano y ve que no tengo, se incomoda. Entonces yo digo: “Tranquilo, deme la mano, que yo no se la voy a robar”’. Convirtió la etiqueta en emblema —y lección—: ‘A los niños les digo: no se frustren con los sobrenombres. No abandonen el colegio por eso. A mí me dicen “Mocho”, “Mochito”… y no se me cae el cabello ni la otra pierna. Al contrario: se volvió una identidad mundial’.
Ese apodo incluso lo salvó en Tenerife: ‘Me detuvo la policía por andar en bicicleta en una autopista. Pero uno de los policías me reconoció como “Mochoman” y, en lugar de detenerme, me escoltaron hasta el hotel. Mire cómo ha trascendido ese apodo: ya no es solo de Colombia, es del mundo’.

¿Por qué su mayor fortaleza está en la mente?
Su mayor fortaleza no está en las piernas, sino en la cabeza: ‘¿Cómo entreno la mente? Fácil. Cuando llegan los bajones, me aferro a mis recuerdos. Si de niño me les volé a las FARC cuando parecía imposible, ¿cómo no voy a poder con un “no” de un directivo?’. En las noches de pesadilla encuentra anclas en su familia: ‘Miro a mi esposa y a mis hijos. Escucho a mi hijo roncar y me da risa. Bloqueo los pensamientos con cosas bonitas’. Para él, la mente es un músculo que también se entrena, con recuerdos y con amor.
Sus sueños cambian de forma, pero nunca de intensidad. Quiso hacer un Ironman, pero un problema de columna se lo impidió: ‘El trote y la prótesis golpean mucho. Pero ahora pienso en una silla atlética, adaptarla y participar. Quiero sentir esa adrenalina’. Más allá del deporte, su meta es seguir inspirando: ‘Quiero seguir viajando, llevando mi testimonio, dejando huellas de inspiración y transformación’. Su hijo de siete años ya aprendió a verlo con humor: ‘Dice que los papás con manos dan palmas… y que yo no’.
¿Qué revela el documental Informe Plus+: Mochoman sobre su vida?
Como si pedalear cientos de kilómetros o enfrentar a los fantasmas del pasado no fuera suficiente, ahora su vida dará el salto a la pantalla. En septiembre se estrenó Informe Plus+: Mochoman por Movistar Plus en España, un documental que retrata su historia con crudeza y esperanza: ‘Fue increíble grabar, estuvimos en Madrid, rodando entre los carros, mostrando la realidad de lo que enfrento cada día. Querían filmar cosas aisladas, pero yo dije: “no, muéstrenlo tal cual es, porque la vida no se graba en escenarios controlados”’.
Acerca de la difusión y distribución del documental, comenta: ‘Ojalá no se quede solo en Europa. Quiero que llegue a más continentes, que lo vea la gente que nunca ha escuchado de mí y que entienda lo que significa la resiliencia en Colombia’. El documental no solo cuenta su vida: muestra a un país capaz de producir héroes en medio del dolor: ‘Espero que inspire, que sacuda y que deje reflexión. Que no sea solo un relato de tragedia, sino un manual para entender que siempre hay otra oportunidad’.
¿Qué pasaría si pudiera viajar en el tiempo?
Cuando la conversación parecía haber tocado todos los rincones de su historia, le propuse un juego: imaginar que tenía una máquina del tiempo. ¿Viajaría al pasado, al futuro o se quedaría en el presente? Su respuesta fue inmediata:
‘No, al futuro no, ese quiero escribirlo yo. No quiero que nadie me lo muestre. El pasado… pues tampoco. Yo sigo como voy. Más bien pediría otra cosa: que se me dieran más oportunidades, más patrocinios, más viajes, un mejor equipo de salud. Gente con una mentalidad loca como la mía, de los que dicen: “Vamos a hacerlo, atrévase”. Eso pediría, más que viajar en el tiempo’.
Después me sorprendió con otra reflexión: ‘Si yo estuviera en tu lugar y tuviera que entrevistarme, la pregunta que me haría sería: “¿Por qué no disfruté el bombazo?” Porque en ese momento mi mentalidad era otra: vivir llorando, quejándome, creyendo que era el más desafortunado de todos. Pero por eso hoy digo que ese bombazo fue un regalo. Me trajo la pensión temprano, me trajo humor, hasta me trajo chistes. Ahora pienso: si me vuelve a pasar algo —no quiero que pase, pero si pasa— le diría a mi esposa que tome muchas fotos, porque vamos a cobrar mucho dinero en las conferencias’.
Se ríe mientras lo dice. Y yo pienso que esa es la clave de todo: la capacidad de reírse de la tragedia hasta convertirla en motor.
¿Cuál es su mensaje final para jóvenes y adultos en Colombia?
Cuando le pido un mensaje para los jóvenes que sienten que el destino ya está marcado, Juan José no duda. Habla despacio, como si quisiera asegurarse de que cada palabra se clavara en el corazón de quien lo escuche: ‘Debemos ser seres humanos atrevidos, arriesgados para hacer cosas diferentes, no para destruir, sino para construir. Atreverse no es fácil, pero es la única manera de transformar el mundo’.
Lo dice con la convicción de quien se reinventó a sí mismo. Y no se queda en un consejo general, baja el mensaje a lo concreto: ‘Si van a cuidar el medioambiente, no se queden en el discurso. Salgan, recojan plástico, planten árboles. No basta con hablar, hay que actuar’.
Después, se dirige a los adultos: ‘No podemos seguir acusando solo a los jóvenes, como si fueran el problema. También los adultos tenemos que atrevernos a escuchar, a respetar otras opiniones y a no quedarnos en la queja. El cambio no es un discurso, es una acción’.
Hace una pausa y sonríe, pero la intensidad de su mirada no se pierde: ‘Yo me atreví a montarme en una bicicleta sin manos, sin una pierna y con un ojo. Si yo pude, cualquiera puede atreverse a hacer algo diferente en su vida. No hay que conformarse con lo que nos dicen que ya está escrito’.
Su mensaje final es un llamado a toda una generación, y también a las anteriores: ‘Convirtámonos en seres humanos atrevidos, de esos que se atreven a soñar, a equivocarse, a intentarlo otra vez. Ser diferentes no es un defecto, es la forma de cambiar el mundo’.

En Juan José Florián no hay maquillaje: hay cicatrices que sonríen. No hay manos, pero hay brazos que abrazan con fuerza. No hay una pierna, pero hay kilómetros recorridos que cualquiera envidiaría. Donde hubo un paquete bomba, hoy hay un hombre completo que aprendió a reírse de sí mismo y a inspirar a otros: ‘El futuro quiero escribirlo yo’. Esa frase resume su esencia.
Él no es el hombre que perdió, es el hombre que eligió: eligió no odiar, no rendirse, ganar y vivir con humor y amor. Por eso, más que ciclista, más que soldado, más que víctima o sobreviviente, Juan José Florián es un recordatorio poderoso: la vida siempre ofrece otra oportunidad, y lo único que hay que hacer es atreverse a pedalear hacia ella.
