Por Damián Torres
Con el tiempo, aquel encuentro dejó de ser únicamente un festival de música para convertirse en una de las iniciativas culturales más reconocibles de Bogotá. Creció, trasladó buena parte de su actividad al Parque Metropolitano Simón Bolívar y amplió su alcance hasta convertirse en una plataforma para artistas locales, nacionales e internacionales. Pero su historia no se limita a los escenarios: durante tres décadas, Rock al Parque ha contribuido a la circulación de nuevos músicos, a la profesionalización de distintos actores de la industria y a la construcción de una memoria colectiva que también pertenece a periodistas, productores, técnicos, gestores culturales y, por supuesto, al público.
Entre los nombres que han dejado una huella particular en la historia de Rock al Parque están Aterciopelados, 1280 Almas y La Derecha, protagonistas de aquella primera generación que ayudó a darle identidad local al festival. A ellos se sumaron artistas internacionales que convirtieron distintas ediciones en acontecimientos: Fobia y Seguridad Social estuvieron en la primera edición, en 1995; Los Tetas, primera banda chilena en participar, llegaron en 1996 y regresaron en 1997; Café Tacvba, Molotov, Julieta Venegas, Control Machete e Illya Kuryaki & The Valderramas hicieron de 1999 una de las ediciones más recordadas por su contundente cartel internacional; Charly García, Fito Páez, Sepultura, Anthrax y Luis Alberto Spinetta son algunos de los nombres que, en diferentes momentos, ampliaron la dimensión latinoamericana y global del festival. Más adelante, la presencia de artistas como Los Bunkers, en 2007, y Living Colour e Illya Kuryaki & The Valderramas, en 2013, confirmó que Rock al Parque podía reunir en Bogotá a figuras de distintas generaciones y geografías sin dejar de lado su vínculo con la escena local.
Para celebrar sus 30 años, Rock al Parque regresará al Parque Simón Bolívar los días 10, 11 y 12 de octubre de 2026 con un cartel que busca recorrer distintas etapas de su propia historia. Mon Laferte, Serú Girán —representado por David Lebón y Pedro Aznar— y Apocalyptica encabezan una programación internacional que también incluye a Editors, Ministry, Rata Blanca, Ratones Paranoicos, Los Bunkers, Los Tetas, Desorden Público, Gondwana, Tokyo Ska Paradise Orchestra, Stratovarius, Porter, Bandalos Chinos y Claudio Narea, entre otros. El aniversario también recupera vínculos directos con el pasado: Los Tetas regresan después de sus participaciones de 1996 y 1997, mientras Los Bunkers vuelven después de su aparición en 2007. La representación colombiana estará a cargo de I.R.A., Nadie y Esteman, acompañados por 26 agrupaciones distritales que reflejan distintas generaciones y vertientes de la escena bogotana.

Hablar hoy de Rock al Parque es, entonces, hablar también de una Bogotá que ha cambiado junto con él. De las generaciones que encontraron en sus escenarios un espacio para escuchar música, descubrir artistas, encontrarse con otros y construir una relación propia con la ciudad. Por eso, revisar su historia implica algo más que recordar bandas y conciertos multitudinarios: también significa escuchar a quienes han estado ahí y han visto su transformación desde distintos lugares.
Renata Rincón es una de ellas. Ha vivido el festival como público, periodista y parte de la organización; ha seguido de cerca a sus artistas, lo ha cubierto durante años y también lo ha acompañado fuera de Colombia. Su memoria permite mirar Rock al Parque desde una perspectiva poco habitual: la de alguien que ha estado frente al escenario, detrás de él y, sobre todo, en medio de una historia que todavía se sigue escribiendo.
¿Cómo era Rock al Parque en sus primeras ediciones?
Es difícil tener una escena exacta de la primera vez; sin embargo, son imágenes fugaces en la Media Torta, en el Simón Bolívar. Yo no estuve en el primero, sino a partir del segundo, porque era muy joven y tocaba pedir permiso. En ese momento de la vida uno no piensa si es un acontecimiento para la ciudad, uno no tiene ni idea de qué son políticas públicas, tampoco tiene un criterio muy desarrollado para saber lo que es la buena música, el buen sonido, la buena organización de un evento; uno solo piensa que es increíble tener la oportunidad de ir de día a un evento musical gratis y siendo menor de edad.
Tal vez, algunas frases de grupos de metal, tal vez La Pestilencia y Agony diciendo: “Qué chimba de energía”. También, un recuerdo recurrente es, en cada presentación de La Pestilencia, la amplificación del pogo y tener que correr para poder subir un escalón y escapar, porque podría ser peligroso para niñas como nosotras. También recuerdo el sol intenso, el hambre, sin tener qué comer allá y el peligro por deshidratación, y aguantarte horas de escuchar metal solamente porque podías estar en un espacio para jóvenes y gratis. Recuerdo que se podían entrar botellas de agua y que había guerras campales de gente tirándose las botellas y que era toda una aventura quedar atrapado en medio de la guerra. Sé que suena peligroso y agresivo, pero éramos jóvenes buscando soltar la energía y, de verdad, no recuerdo que haya habido un herido mortal por botellazo, no que recuerde. Insisto, eran de plástico. Era la necesidad de armar desorden y descargar energía.

Sin realmente tener una vida difícil, solamente siendo adolescentes de clase media, recuerdo la felicidad de 1997 de llegar hasta adelante a ver a Todos Tus Muertos, agrupación de la que éramos fanáticos, y dárnoslas de rudas y violentas cuando en verdad no éramos nada de eso; éramos niñas intentando marcar territorio y llamar la atención.
En mi caso, esa energía bajó absolutamente cuando le hicimos caso a un amigo francés de irnos adelante en 1998, muy adelante, para ver un grupo de Chile demetal llamado Criminal y, por primera vez, sentí que me tenían que sacar en camilla por asfixia. Sobrevivimos y jamás volví a hacerme adelante en el público.
Tú no pensabas que había alguien que estaba pensando en ti y en que tú tuvieras espacios de libre expresión y convivencia. Solamente estabas pendiente de las revistas de papel y de los medios de ese momento para enterarte del movimiento de conciertos gratis en la ciudad. Recuerdo una revista que se llamaba La Rosca.
¿Cómo es trabajar en la organización de Rock al Parque?
La primera vez que fui como periodista fue como parte de un proyecto que tenía un importante periódico de circulación nacional, se llamaba Código de Acceso. Jóvenes cubriendo a otros jóvenes. Ahí empiezas a entender que es muy fácil desde afuera hacer reclamos y que no entiendes nada de lo que implica que exista un festival como este. De toda la gente que hay detrás pensando en ti como público, en ti como periodista.
Te das cuenta de que no se trata de que a ti te guste el cartel o no. Se trata de que tengas la oportunidad de estar en un espacio así, abriendo la mente, abriendo las orejas, y de que está fuera de lugar reclamar porque no te gusta un grupo. Héctor Mora dijo una vez que el sentido de apropiación del festival era tan grande que en todos los colombianos había un técnico de la Selección Colombia y un programador de Rock al Parque. Es muy fácil criticar el cartel y ahora más con redes sociales, que son un opinadero.
Luego entiendes la complejidad administrativa que representa ejecutar dineros públicos. Entiendes por qué, por más que haya un equipo experimentado detrás, hay cosas que se demoran en salir adelante porque los dineros públicos son sagrados. Y tal vez te ríes un poco de cuando estabas del otro lado haciendo reclamos, porque es evidente que lo haces desde la absoluta ignorancia de lo que representa. A veces hay reclamos a lugar, por supuesto, y sí se pueden hacer las cosas mejor, pero viene un nivel de aceptación en el que es tu tarea hacer el mejor trabajo posible.
En mi caso, sentía que las agrupaciones distritales no tenían mucha visibilidad y se había perdido la idea del festival de fortalecer lo local para convertir al festival en un espectáculo de grupos internacionales (aún parece bastante así). Hicimos un esfuerzo inmenso por entrevistarlas a todas para las redes sociales y lograr que todas tuvieran su pieza gráfica. Eso fue en 2022, cuando tuve en mis manos las comunicaciones del Festival, cuando les dio por hacer no una sino cuatro imágenes oficiales, aunque en el libro que acaba de sacar Idartes solo pusieron una, como si se desconociera todo el esfuerzo por cuatro que hicimos ese año. También haber sido periodista cubriéndolo me hizo, digamos, pelear internamente por algunas condiciones para los periodistas, también por poder darles el mejor servicio posible, en medio de la magnitud de este evento y los retos que tiene internamente.

¿Qué ha cambiado en Rock al Parque desde los años 90?
Creo que los himnos. No había plataformas; los que teníamos acceso a MTV Latino sabíamos que los internacionales que venían al festival eran los mismos que rotaban en el canal. Entonces, cuando vinieron grupos como Illya Kuryaki, todos cantábamos “Abarajame”, o Café Tacvba, “Ingrata”, ni hablar de Charly García. Los himnos nacionales, como “Soldado Mutilado” de La Pestilencia, “Ay qué dolor” de La Derecha y varias de Aterciopelados.
Ahora, con la forma en la que se consume la música, las audiencias están segmentadas y yo no sé si toda una plazoleta llena vaya a cantar una canción reciente, como sí va a suceder en los 30 años cuando Claudio Narea toque “Por qué no se van” de Los Prisioneros. Y, sobre todo, esa maravilla del anonimato. Todos nuestros recuerdos los tejemos de imágenes mentales porque no había cámaras digitales. Era súper costoso tomar fotos y, pues, no te ibas a llevar tu cámara análoga para meterte a un pogo. Eso se le dejaba solo a los profesionales.
En general, esa sensación de que era solo ir a vivir la experiencia y ser parte como de una tribu urbana, sin tener que andarle tomando foto a todo y video de todo. Esa sensación de que era masivo, pero igual era subterráneo.

¿Por qué Rock al Parque es parte de la historia de Bogotá?
Creo que fue en 1998, que se recogieron firmas porque el alcalde del momento quería terminar con el Festival. Los jóvenes se manifestaron lo suficiente para que no lo terminaran y ahí solamente llevaba un par de años. Ahora que hay tanta oferta musical y tantos festivales masivos, entiendo que sea difícil para muchas personas entender por qué tantos estamos como enamorados de este festival, si no ofrece las experiencias de los privados. Ahí está la magia. Lo que pasa es que, para quienes crecimos, pasamos de niños a adultos con la compañía de este Festival, que se convirtió en una parte de nuestras vidas y de nuestra identidad y de hacernos pensar en nuestra ciudad y en lo maravilloso que es que Bogotá tenga este espacio. Con los años aprendes a valorar y a no dar por sentado este evento.
¿Cómo ha evolucionado Rock al Parque durante sus 30 años?
Todo ha cambiado. Rock al Parque y luego, acompañado de los demás Festivales al Parque, fue la escuela para que muchas personas entendiéramos cómo se cubre un festival desde el periodismo. Cómo se hacen las comunicaciones de un festival. Pero también cómo se produce un festival, cómo se hace la logística. En esos años se creó Fuerza de Paz, un grupo de logística que no era la Policía, porque era muy difícil cuando la Policía quería intervenir y había que demostrarle que el festival no era un espacio de violencia y que los pogos no son peleas reales. Yo trabajé para Fuerza de Paz también súper joven y después vi cómo quienes formaron a este grupo de logística para cuidar, requisar y estar pendiente de la seguridad crearon empresa con eso y aprendieron a hacer todo este tema de la logística profesionalmente. También la producción de grandes eventos, el sonido. Fue una pieza clave en el desarrollo profesional de los conciertos masivos de la ciudad.

También ha cambiado constantemente la percepción de lo que debe ser el Festival. Para unos debería haber un gran grupo famoso mundialmente en los cierres y para otros debería mantenerse el espíritu local, que muestra lo que está pasando en América Latina y que no obedece necesariamente a las dinámicas de la industria musical. Para otros, pareciera que hay un afán de uniformarlo con los privados y de tener los mismos carteles musicales. Para otros, se trata de mostrar resultados con números de asistencia y, en algunas ocasiones, han subido artistas de otras esferas de la música. Me parece que en esta administración se recuperó ese espíritu original de no querer ser como todos los demás.
¿Qué bandas colombianas han hecho historia en Rock al Parque?
Los clásicos de Colombia. Aterciopelados, 1280 Almas, La Derecha, Superlitio. De metal, muchos, pero no es mi especialidad. Pero hay alguien en especial y es Simón Mejía. Se presentó con Charconautas en los 90, luego hizo parte de este compilado revolucionario de electrónica Entrecasa-Colombeat en 2002 con su proyecto A.M. 770 y luego fundó Bomba Estéreo, y ahora sigue adelante concentrado en proyectos que relacionan la música con el medio ambiente y la naturaleza de diferentes formas. Siempre a la vanguardia.
Si uno mira la historia del rock en Colombia y su impacto internacional, aún no hay un grupo que sea un referente del nivel de lo que fue y sigue siendo Aterciopelados. Pero también hay que saber que el rock no es el referente internacional del momento en ningún lado del mundo. Ahora es un nicho y, por fortuna, al menos el metal en Colombia sigue muy vivo.

¿Cuáles han sido los conciertos más memorables de Rock al Parque?
De Rock al Parque son tantos. La experiencia de cada persona es absolutamente diferente, dependiendo del clima, de si va como público o a trabajar. Yo creo que los más impresionantes son los que no te esperas y, de todos los últimos años, seguramente fueron Los Tres de Chile. También los que tocan tus sensibilidades más profundas, en mi caso Jaguares en 2005. Los grupos con los que queda impactado por su calidad en vivo, como Los Bunkers de Chile en 2007, que vienen a los 30 años y no hay que perderse si uno no pudo costearse el Festival Cordillera del año pasado.
Recuerdo la tristeza de ver el parque vacío con Illya Kuryaki y Living Colour en 2013, por decisiones de cambios en la forma en la que tradicionalmente se hacía la programación, que es más o menos metal el sábado, ska y reggae el domingo y de todo un poco el lunes, más o menos.
Ahora, yo no soy metalera. Me gustan algunas cosas. Y no se puede negar que la columna vertebral de este Festival es así, siempre haya habido todo tipo de ritmos. Es el día del metal. Es fascinante ver tanta gente uniformada y expresando sus emociones de una forma tan particular, con música tan pesada y, a la vez, gente tan pacífica.
¿En qué países se ha realizado Rock al Parque fuera de Colombia?
Tuve la oportunidad de ser parte de la gira Rock al Parque Rueda por América Latina, organizada por Idartes, con el medio independiente del que hago parte desde hace 20 años, el podcast Latin-Roll. Ahí también estuvo Radiónica y tal vez algún otro, que fue escogido por convocatoria, como yo. Porque insisto, son dineros públicos y hay que seguir unos procesos y competir.
Descubrí que no somos el ombligo del mundo y que Rock al Parque es una referencia, sobre todo entre los músicos y la industria musical, pero no necesariamente entre el público general. Fue una experiencia increíble la de México, porque entre varias bandas que viajaron estaba Andrea Echeverri, con su proyecto solista, y Kraken. Yo nunca fui fan de Kraken; de hecho, en 1997 el cartel en la Media Torta era A.N.I.M.A.L. de Argentina, Control Machete de México, seguía Kraken y terminaba Estilo Bajo, un grupo de rap bogotano, y en mi ignorante juventud y ganas de pelear chiflamos durante todo Kraken porque nos parecía horroroso y preferíamos rap. Un sacrilegio, la verdad.
Entonces, fue ver cómo los más profesionales no estaban en plan de fiesta. Como Elkin Ramírez y Andrea eran personas muy tranquilas y centradas, en contraste con algunos grupos que no entendían el valor de estar presentando el festival en otro país y representando a la ciudad. No todos, pero algunos se portaron como adolescentes. Ya estaban grandes para lo de sexo, drogas y rock and roll.
Hoy lo digo como persona que se ha hecho cargo de comunicaciones de conciertos, de instituciones públicas, y fue evidente que la alianza que se hizo en México para esto no incluyó un buen plan de promoción. Sin embargo, quienes fueron a ver los grupos en Ciudad de México y en Guadalajara lo hicieron muy emocionados por poder tener semejantes artistas colombianos allí. Creo que éramos más de 40 personas y solo había unas pocas mujeres y sí hay que buscar refugio a veces.

¿Cómo fue la experiencia de Rock al Parque en Argentina?
Argentina. En Argentina la historia fue distinta. Fui la única periodista que viajó. No era solo Rock al Parque, sino los diferentes Festivales al Parque. Ahí fueron La 33, de salsa; Redil Cuarteto, de jazz; y Ondatrópica, de cumbia-anglo, a un festival de música y folclor de La Plata.
En un club legendario de Buenos Aires, Niceto, se presentaron las 1280 Almas. Después de viejos, su primera salida del país. Era como estar en Colombia en ese bar porque la emigración colombiana hacia Argentina era gigantesca y asistieron todos los colombianos que crecieron en Rock al Parque. Extremadamente emotivo. Pero en ambos países, con la escena de rock tan fuerte históricamente, insisto en que el Festival es un referente para la escena musical, pero no para el público.
¿Cómo ha impulsado Rock al Parque a los músicos colombianos?
No solo este festival, sino otros diferentes muchas veces son la tarima más grande en la que se ha subido un grupo. Y cuando te subes en una tarima así de grande entiendes qué te hace falta, qué necesitas, qué quieres proyectar. También es la primera vez que muchos grupos tienen prensa al frente y es una gran escuela en general.
¿Qué impacto ha tenido Rock al Parque en el rock colombiano?
Aunque esa pregunta te la respondería mejor un músico, había algo contraproducente y era que muchas agrupaciones no eran parte de la escena, sino que se preparaban solo para presentarse a las convocatorias del festival. Hay muchas discusiones alrededor de eso y de si el festival ha fortalecido o no a los músicos. Si este Festival contribuyó a que la gente no pagara boletas para ver artistas. Hay opiniones diferentes, pero una cosa es cierta, y es que un grupo de rock de Bogotá que no se ha presentado en Rock al Parque es como si no se hubiera graduado de la maestría. Es como el logro que hay que tener como banda de rocken la capital.

¿Qué géneros musicales han participado en Rock al Parque?
Que somos muchas personas y que aquí hay oportunidad para que todos existamos. Que somos una ciudad maravillosa en la que convergen tantos públicos, tantas músicas, tantas culturas, que en este momento el mundo nos está mirando. Y no hablo de Karol G, sino de ese mundo de la música que busca cosas nuevas, diferentes. Ese que no es masivo, pero que con los años se vuelve el sonido de la ciudad. Y que Bogotá se merece todas las designaciones de Ciudad Creativa y ahora de Capital Iberoamericana de las Culturas, 2027.
¿Qué historias han ocurrido detrás del escenario de Rock al Parque?
Cuando uno trabaja detrás del escenario se vuelven cotidianas cosas que para la mayoría de gente son mágicas y extraordinarias. Pero sí es cierto que en las agrupaciones de metal se ve mucho teatro. Algunas son realmente oscuras y otras están haciendo un gran performance en el escenario.
Yo recuerdo que logramos grabar y tomar fotos de un momento de 2022, cuando el integrante de una agrupación extranjera había sido adoptado y este viaje a Rock al Parque le permitió conocer a su familia biológica. Es lo más hermoso que uno podría ver que permite este festival. Y por la cantidad de trabajo que se estaba haciendo no hubo la oportunidad de difundir esa historia o de que un periodista pudiera narrarla de la forma digna en la que hubiera podido ser contada.

¿Qué conserva Rock al Parque de sus primeras ediciones?
Vi algunos intentos de convertir al Festival en cualquier otro festival de los que hay en el mundo. Pareciera que todavía hay gente que trabaja en la cultura que no se ha dado cuenta de que no hay ningún festival como Rock al Parque. No tiene que poner a una banda mainstream para funcionar, se trata de otra cosa. Se trata de comunidad, de identidad, de desfogue.
Claramente han llegado los celulares y la gente también se toma fotos, pero como no necesitas dinero para pagar una boleta, chistoso dárselas de que estás allí.Snob no es. No existe y ojalá quienes dirigen las entidades culturales sigan manteniendo ese espíritu único y nunca escuchen las voces que opinan que tiene que abrirse a otras cosas, que tiene que cambiar de música o de que tiene que traer a la cabeza de cartel que trae el Estéreo Picnic.
Sucedió que bautizaron al festival como Rock al Parque porque era lo que había en boga hace 30 años y, sí, se convirtió en el festival de la ciudad. Ni modos, se llama “Rock”.
¿Qué artistas marcaron los 30 años de Rock al Parque?
Los nombres no tan famosos. Por ejemplo, este año vienen Los Tetas, que vinieron en 1996. Y creo que las nuevas generaciones tienen la oportunidad de entender de dónde viene de lo que disfrutan ahora y seguramente van a descubrir grupos maravillosos. Debería recordarse que es un tesoro sin importar qué grupos vengan. Siempre hay música muy bien hecha.

¿Por qué Rock al Parque sigue siendo un festival gratuito en Bogotá?
Gracias Esquire, y le diría que todo lo que se da por sentado ahora que pasa en la ciudad puede irse en cualquier momento. Pero que al menos este festival tiene que hacerse por ley. Que no es un festival pretencioso, que como en cualquier otro festival hay que vestirse para la ocasión (botas machita, impermeable) y que seguramente lo que se va a encontrar son melómanos, ante todo. Que aunque las agrupaciones no sean súper famosas, va a encontrar que tienen sus seguidores fieles, porque lo que se trae de otros países es de muy alta calidad y lo que se ve de Bogotá y del país es lo que es importante escuchar porque es nuestra vida, nuestra historia.
