Rosalía y Bad Bunny: el idioma como frontera cultural

La española y el puertorriqueño han transformado la música en español, cada uno con un estilo único y personal. Foto: Instagram @rosalia.vt @badbunnypr

El idioma no solo comunica, también posiciona. Rosalía lo diversifica; Bad Bunny lo defiende. Sus elecciones, aparentemente opuestas, revelan algo más que preferencias artísticas: una forma de entender el idioma como herencia, frontera y afirmación.

A comienzos noviembre de 2025, Rosalía presentó su nuevo álbum LUX, un proyecto conceptual grabado en trece idiomas. Durante su gira de promoción explicó que esa decisión nació del deseo de conectar con un público global. “La música siempre ha sido una forma de comunicación universal, pero las palabras también lo son”, dijo en una de sus entrevistas. En su visión, cantar en distintas lenguas no es un acto de marketing ni una búsqueda de exotismo, sino una forma de empatía. Cada idioma, afirma, contiene una manera distinta de ver el mundo, y conocerlos es también una forma de entenderlo.

Rosalía estrena Lux y revoluciona la escena musical​

 

El disco fue concebido como una obra coral y sinfónica, estructurada en movimientos, donde cada idioma cumple una función estética y simbólica. En LUX, Rosalía interpreta canciones en árabe, japonés, latín, francés, catalán, inglés, ucraniano, italiano y español. No lo hace por moda. Lo hace porque considera que el lenguaje también construye realidades. Su proceso de grabación incluyó trabajo con lingüistas y asesores nativos, y cada versión fue revisada para conservar el sentido original. Es un proyecto que refleja una obsesión por la precisión y una convicción personal: que el idioma puede ser un puente cuando se usa con respeto.

Pero lo que parece una simple decisión artística tiene implicaciones históricas. Rosalía proviene de una cultura que durante siglos impuso su idioma en territorios ajenos. En ese contexto, cantar en múltiples lenguas puede leerse como una inversión de roles. España, que fue centro del poder colonial, hoy ve cómo una de sus artistas más internacionales se abre a escuchar y a pronunciar otras voces. 

Bad Bunny pone la música en español en alto

El caso de Bad Bunny se ubica en el extremo opuesto. Desde el inicio de su carrera ha insistido en no cantar en otro idioma que no sea el español. Su postura es firme: “si no me entiendes, aprende”. No lo dice como provocación, sino como una afirmación de autonomía. En un mundo donde el inglés sigue siendo la lengua dominante de la industria musical, su decisión es política. Representa a una generación que ya no necesita traducirse para ser escuchada.

Bad Bunny nació en Puerto Rico, un territorio que ha vivido bajo una doble influencia: la española y la estadounidense. Su historia personal está atravesada por esa dualidad. Allí, el idioma no es solo un medio de comunicación, sino una forma de resistencia cultural. Hablar español en una isla oficialmente bilingüe ha sido, durante décadas, un acto de identidad. Por eso, su decisión de mantenerlo como única lengua artística no es casual. Es una respuesta a un pasado de subordinación lingüística.

En los últimos años, la música latina ha logrado lo que parecía imposible: ocupar los primeros lugares en el mercado global sin recurrir al inglés. En 2023 y 2024, las canciones en español representaron más del 25% del consumo digital en plataformas globales, y artistas latinos encabezaron festivales en Europa, Asia y Norteamérica. En ese contexto, la figura de Bad Bunny se consolidó como símbolo de esa transformación. No solo por su popularidad, sino porque demostró que la lengua puede ser una forma de poder y no una limitación.

Benito Martínez Ocasio (su nombre real) no adapta su acento ni sus expresiones. Habla como en su país y canta como en su barrio. Su español está lleno de modismos caribeños, palabras locales y referencias culturales que muchos fuera de su contexto no comprenden del todo. Esa incomodidad es deliberada. No busca ser interpretado, sino escuchado. Su música obliga al oyente a entrar en su territorio lingüístico, no al revés. Y ese cambio de dinámica es histórico: por primera vez, el público internacional se adapta al idioma del artista latino, y no el artista al idioma del mercado.

El contexto histórico refuerza esta lectura. Durante buena parte del siglo XX, cantar en inglés era casi obligatorio para lograr reconocimiento fuera del ámbito local. Shakira, Enrique Iglesias y Ricky Martin tuvieron que hacerlo para acceder al mercado anglosajón. Hoy esa lógica se invirtió. Los artistas que se mantienen fieles a su lengua son los que dominan las plataformas.

 ¿Cuáles son las diferencias entre Rosalía y Bad Bunny?

 

Rosalía y Bad Bunny representan los dos caminos posibles dentro de esa transformación. Ella elige multiplicar lenguas para conectarse con el mundo; él elige una sola para demostrar que basta con ser fiel a la propia. Ambas posturas son políticas, aunque no lo digan abiertamente. Rosalía, porque asume la responsabilidad de cantar desde una cultura que alguna vez impuso la suya; Bad Bunny, porque se niega a adoptar la lengua del poder actual. Los dos entienden que, en un sistema global donde la identidad se diluye fácilmente, el idioma puede ser el último espacio de autenticidad.

Su contraste no implica contradicción. Se complementan. Rosalía abre el mapa; Benito lo redefine. Ella demuestra que el arte puede acercar lenguas distintas sin jerarquías; él demuestra que no hay necesidad de cruzarlas para alcanzar la universalidad. Las dos visiones enriquecen el debate sobre lo que significa ser artista global en el siglo XXI.

Más allá de la música, su diferencia expone una tensión histórica que sigue vigente: la del colonizador y el colonizado, el centro y la periferia, el que traduce y el que no quiere hacerlo. Rosalía, sin decirlo, reinterpreta la tradición europea desde una mirada más inclusiva. Bad Bunny, sin proclamarlo, desafía el dominio cultural estadounidense manteniéndose en su idioma. Ambos transforman sus orígenes en posturas.

La cultura contemporánea se mueve precisamente en esa tensión. La globalización conectó al mundo, pero también le quitó matices. Por eso el idioma vuelve a cobrar sentido como elemento político. Ya no se trata solo de qué se dice, sino de desde dónde se dice. Rosalía y Bad Bunny lo entienden mejor que nadie. Sus voces provienen de historias distintas, pero las dos están redefiniendo la relación entre lenguaje, poder y pertenencia.

Rosalía canta para ser entendida. Benito canta para ser escuchado. Esa diferencia, que parece mínima, encierra dos visiones del mundo. En la primera, la empatía se expresa en el esfuerzo por aprender otras lenguas. En la segunda, la dignidad está en mantener la propia. No son posturas excluyentes, sino complementarias. Ambas desafían la idea de que el arte debe ajustarse al idioma dominante.

LUX - Listening Party

En última instancia, lo que ambos están diciendo es que la música no necesita traducción. Que las palabras importan, pero también el lugar desde donde se pronuncian. Que la lengua puede unir o resistir, pero en ningún caso es neutra. Rosalía lo demuestra al multiplicarla. Bad Bunny, al preservarla. Los dos, con caminos opuestos, llegan al mismo punto: el idioma como declaración de identidad.

El pop global ya no tiene un solo acento. Lo que antes se medía por pronunciación ahora se mide por autenticidad. Rosalía y Bad Bunny no son polos contrarios, sino manifestaciones distintas de un mismo cambio. Una canta desde la expansión, el otro desde la raíz. Entre ambos, dibujan el mapa cultural de una época en la que el idioma volvió a ser una forma de poder, y la voz, una forma de historia.