Por Catalina Suárez
El 10 de agosto, a las 7:34 de la mañana, Colombia volvió a recordar que hay segundos capaces de partir la vida en dos. Un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, sacudió buena parte del país. Lo que siguió fue esa secuencia que conocemos demasiado bien: llamadas que no entran, familias buscando a los suyos, carreteras interrumpidas, hospitales exigidos al límite, casas convertidas en escombros y una pregunta que se repite después de cada tragedia: ¿y ahora cómo se vuelve a empezar?
Las cifras ayudan a dimensionar la catástrofe, aunque nunca alcanzan a contarla. El balance oficial conocido a comienzos de septiembre hablaba de 331 personas fallecidas, 4.519 heridas y más de 466.000 ciudadanos afectados. El Gobierno estimó, además, que solo la reconstrucción de edificaciones e infraestructura superaría los 30 billones de pesos. Pero detrás de cada número hay una casa que ya no está, un negocio que dejó de abrir, un salón de clase vacío, una familia durmiendo en un lugar prestado.

Lo que dejó el terremoto en Colombia
Un mes después, sin embargo, hay otra historia que también merece ser contada. No porque disminuya el dolor ni porque permita declarar superada la emergencia. Todo lo contrario. Merece contarse porque, en medio de una tragedia de esta magnitud, Colombia mostró una versión de sí misma que a veces olvidamos entre la pelea política, la desconfianza y el ruido cotidiano.
Durante años nos hemos acostumbrado a hablar del país desde sus fracturas. La izquierda contra la derecha. Las regiones contra Bogotá. Los empresarios contra el Estado. Los ciudadanos contra las instituciones. La política convertida en una sucesión interminable de bandos. El terremoto no borró esas diferencias —ninguna tragedia debería usarse para fingir que no existen—, pero sí las puso, durante unas horas decisivas, en un lugar menos importante. Primero había que encontrar a la gente. Atender a los heridos. Abrir vías. Llevar agua. Conseguir una cama. Enterrar a los muertos. Empezar de nuevo.
¿Cómo respondió el Gobierno al terremoto en Colombia?
Y el Estado reaccionó. Conviene decirlo sin convertir una emergencia en propaganda y sin hacer de la crítica una obligación automática. El mismo 10 de agosto se activó la Sala de Crisis Nacional y el Comité Nacional para el Manejo de Desastres. El 12 de agosto el presidente Abelardo De La Espriella anunció que acudiría a la Emergencia Económica; el decreto fue expedido el 19 de agosto por 30 días. Después vino un paquete de medidas para la reconstrucción, entre ellas la creación del Fondo Milagro, concebido para centralizar y financiar la asistencia humanitaria, la recuperación, la rehabilitación, la reconstrucción y la reactivación económica de los territorios golpeados.
La respuesta institucional no se quedó únicamente en una declaración. Se anunciaron medidas para vivienda, servicios públicos, educación, salud, infraestructura y reactivación del campo; se habilitaron instrumentos financieros especiales para las regiones afectadas y se diseñaron mecanismos de trazabilidad y auditoría para los recursos del Fondo. A los veinte días del sismo, el Gobierno anunció formalmente el paso de la atención inmediata a una etapa de reconstrucción, sin suspender la búsqueda ni la ayuda humanitaria.
Eso no significa que la tarea esté cumplida. Sería irresponsable afirmarlo. La reconstrucción apenas comienza y será allí, cuando las cámaras se vayan y la urgencia deje de ocupar titulares, donde el Estado tendrá que demostrar capacidad de ejecución. Treinta billones de pesos no se reconstruyen con discursos. Cientos de miles de damnificados no recuperan su vida con decretos. Habrá que vigilar contratos, cronogramas, prioridades y resultados. Habrá que impedir que la solidaridad termine atrapada en la burocracia o, peor, en la corrupción. La verdadera medida de la respuesta pública no será lo anunciado durante el primer mes, sino lo que exista dentro de uno, dos y cinco años.
Pero tampoco sería serio analizar este episodio ignorando lo que sí ocurrió. En una transición de gobierno, con un Estado sometido a enormes restricciones fiscales y frente a una emergencia que afectó a múltiples departamentos, hubo coordinación institucional, decisiones extraordinarias y una ruta de reconstrucción puesta en marcha. La vigilancia democrática exige escrutinio; no exige negar los hechos que funcionan.
Y después está la otra fuerza. La que no cabe en un decreto.

¿Cómo ayudó la sociedad colombiana tras el terremoto?
Colombia volvió a responder desde abajo. Desde el ciudadano que llevó una bolsa con pañales hasta el médico que se subió a una brigada. Desde quienes donaron sangre hasta los que cargaron cajas, cocinaron, prestaron una camioneta, ofrecieron una habitación o viajaron a una zona afectada sin esperar una foto a cambio. Hubo empresas, fundaciones, universidades, organizaciones sociales, comunidades religiosas, medios, rescatistas, Fuerza Pública, organismos de socorro y miles de voluntarios haciendo algo elemental y enorme: aparecer.
Esa palabra importa: aparecer. Porque la solidaridad no es una consigna. Es estar cuando alguien necesita que otro llegue. Y en las tragedias, llegar a tiempo puede ser la diferencia entre la vida y la muerte, entre la desesperanza y la posibilidad de empezar otra vez.
A veces hablamos de la resiliencia de los colombianos como si fuera una cualidad romántica. No lo es. Resiliencia es una palabra bonita para una realidad bastante más dura: aquí demasiada gente ha tenido que aprender a levantarse porque demasiadas veces se ha caído todo. Lo hemos visto después de terremotos, inundaciones, desplazamientos, violencia y crisis económicas. Hay algo admirable en esa capacidad, sí, pero también hay una advertencia: un país no puede depender eternamente de que su gente sea heroica para compensar sus fragilidades.
Por eso el país post temblor no debería conformarse con celebrar la solidaridad. Debería convertirla en una pregunta incómoda: ¿qué hacemos con esa energía cuando pasa la emergencia? ¿Por qué somos capaces de organizarnos en horas para recoger mercados, pero nos cuesta tanto construir acuerdos para prevenir? ¿Por qué la cooperación aparece con tanta claridad frente a los escombros y se vuelve casi imposible en la conversación pública?
El terremoto dejó al descubierto vulnerabilidades físicas, pero también recordó una fortaleza social. Colombia tiene una reserva de confianza que no siempre aparece en las encuestas ni en las redes sociales. Está en la señora que cocina para desconocidos, en el bombero que duerme tres horas, en el empresario que pone recursos, en el joven que se ofrece como voluntario, en el soldado o el policía que llega a una zona incomunicada, en el personal de salud que sigue trabajando cuando ya no puede más. Esa red invisible sostiene al país más de lo que reconocemos.
También hubo algo profundamente colombiano en la forma de reaccionar: la tragedia dejó de ser, por momentos, un asunto de otros. El Chocó, Risaralda, Quindío, Caldas, Valle y los demás territorios afectados dejaron de ser puntos lejanos en un mapa. El dolor se volvió nacional. Y cuando el dolor se vuelve de todos, la distancia cambia. Uno deja de preguntar “¿qué pasó allá?” y empieza a preguntar “¿qué podemos hacer?”.
Esa quizá sea la lección política más importante, entendiendo la política en su sentido más amplio y menos partidista: un país existe de verdad cuando sus ciudadanos sienten que la suerte del otro también les pertenece. No cuando todos piensan igual. No cuando desaparecen las diferencias. Sino cuando, aun en desacuerdo, somos capaces de reconocer una responsabilidad compartida.
¿Cómo será la reconstrucción tras el terremoto en Colombia?
Ahora viene la etapa menos visible y probablemente más difícil. Reconstruir no es levantar exactamente lo que se cayó. Es decidir cómo se vuelve a construir, dónde, con qué estándares, con qué controles y para quién. Es devolver escuelas, hospitales, carreteras y viviendas, pero también empleo, actividad económica y tranquilidad. Es acompañar a quienes perdieron familiares cuando ya no haya micrófonos alrededor. Es entender que una casa nueva no borra un duelo.
La experiencia internacional y la propia historia colombiana enseñan que las reconstrucciones se juegan tanto en la velocidad como en la calidad institucional. El país tiene el antecedente del Eje Cafetero de 1999 y sabe que una emergencia puede convertirse en una oportunidad para reconstruir mejor, pero también que los recursos extraordinarios requieren controles extraordinarios. El Fondo Milagro deberá ser medido por su capacidad para ejecutar con transparencia, priorizar a quienes realmente fueron afectados y reducir vulnerabilidades futuras.

¿Qué riesgos enfrenta el país después del terremoto en Colombia?
Hay, además, un riesgo que llega siempre después de las tragedias: el olvido. La atención pública es intensa, pero breve. Primero todos miramos. Luego aparecen otros titulares. Las necesidades, en cambio, permanecen. Las familias siguen pagando arriendo. Los niños siguen necesitando colegio. Los comerciantes necesitan volver a vender. Los campesinos necesitan sacar sus productos. Los municipios necesitan recaudar. Los hospitales necesitan funcionar.
El país post temblor se definirá justamente ahí: cuando ayudar deje de ser tendencia.
Ojalá no desperdiciemos lo que vimos estas semanas. No la destrucción, por supuesto, sino la reacción. Vimos instituciones que tuvieron que coordinarse bajo presión. Vimos un Gobierno obligado a tomar decisiones en sus primeros días. Vimos al sector privado movilizar recursos. Vimos comunidades organizadas. Vimos a miles de personas hacer algo por alguien a quien probablemente nunca conocerán.
Ese país existe. No es una ficción optimista. Aparece en los peores momentos y luego, inexplicablemente, volvemos a esconderlo debajo de nuestras peleas. Tal vez la reconstrucción más difícil no sea la de los edificios, sino la de la confianza: confiar en que el Estado puede responder si se le exige y se le vigila; que lo público y lo privado no tienen que ser enemigos; que la solidaridad no pertenece a una ideología; que una región golpeada no está sola; que ayudar al otro no nos hace ingenuos, sino ciudadanos.
Colombia quedó herida el 10 de agosto. Sería falso decir que salió fortalecida de una tragedia que dejó muertos, desaparecidos, heridos y cientos de miles de afectados. Las tragedias no son bendiciones disfrazadas. Son tragedias. Pero sí pueden revelar de qué está hecho un país.
Y esta vez, entre el polvo, el miedo y los escombros, apareció algo que vale la pena cuidar: un Estado que tuvo que moverse, una sociedad que decidió no mirar para otro lado y una ciudadanía que recordó que todavía sabe ponerse de pie sin preguntar primero quién piensa distinto.
La tierra nos movió el piso. Quizá ahora nos corresponda decidir qué país queremos levantar encim
