Amor, disciplina y BMX: la metamorfosis colombiana de Vincent Pelluard.

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Llegó por amor en 2013, se quedó por identidad y terminó cantando el himno nacional como uno más. A sus espaldas lleva medallas, mundiales y Juegos Olímpicos; en el pecho, la convicción de que «el deporte es mi droga, mi bienestar». Vincent Pelluard, ciclista de BMX y hoy entrenador, atravesó una transformación que va más allá del deporte. En esta entrevista relata cómo se ha convertido su vida en un proyecto de equipo con Mariana Pajón y cómo un bebé en camino reordena prioridades, miedos y sueños.

Por Nancy Estrada

Antes de cambiar el casco de “francés que vive en Colombia” por el de “colombiano que compite en el mundo”, hubo una decisión íntima: «La primera etapa fue más en torno a mi vida personal». Explica: «Llegué a Colombia en 2013. Después de conocer a Mariana, comenzamos nuestra relación a finales de ese mismo año». El mapa sentimental se transformó en geografía cotidiana: «Desde 2014 empecé a pasar más tiempo en Colombia que en Francia y en 2016 pude decir que Colombia era mi casa. Ahí tenía todo, Mariana empezaba a traer todos los trofeos de la casa de mis papás a nuestra casa». 

El relato incluye una anécdota que hoy cuenta con risa culpable porque revela convicción y ganas de construir: «Logramos tener nuestro propio hogar antes de casarme con Mariana, aún cuando fue contra la ley. Pero era importante conocernos como pareja». Esa certeza afectiva desembocó en una consecuencia deportiva: «En 2018 apareció una oportunidad: representar deportivamente a Colombia. Fue un gran paso. No fue una decisión difícil porque Colombia ya era mi casa».

No habla desde la cosmética de un discurso, sino desde la experiencia compartida, desde el acento adoptado sin imposturas: «Yo me sentía un colombiano más. Me sabía el himno, me sentía como parte de la cultura colombiana. También siento que soy como un embajador de Colombia a través de Francia y del mundo. No me enamoré de Colombia porque nací y crecí acá, sino por sus verdaderos argumentos positivos».

Disciplina, riesgo y temple: el aprendizaje que no se cuelga del cuello

Las medallas se guardan en vitrinas; los aprendizajes, en el cuerpo: «El deporte me ha enseñado muchísimas cosas, como autodisciplina. Al ser un deporte extremo, uno necesita inteligencia emocional y disciplina». En el BMX, cada movimiento se gana a pulso de paciencia y repetición: «Esos movimientos peligrosos necesitan mucha repetición, mucha concentración y mucha conciencia al momento de ejecutarlos».

Ese rigor técnico se volvió una herramienta vital para la vida fuera de la pista: «Lo que más me ha enseñado el deporte para la vida es la responsabilidad y saber manejar el estrés en momentos de ansiedad o difíciles». Lo explica con un ejemplo que aterriza la épica: «Si he vivido unos Olímpicos en un deporte como el BMX, ¿cómo no voy a saber manejar la presión para una entrevista empresarial?».

Para él, convertir la línea de salida en una escuela emocional es el gran legado del alto rendimiento: «Esas son las herramientas que uno va adquiriendo para aplicarlas y enseñarlas en la vida cotidiana». A esa caja de herramientas se suma un principio que no negocia: la responsabilidad. En el entrenamiento y en casa, su receta es idéntica: repetición consciente, hábitos claros, atención plena. La velocidad, insiste, no está peleada con la calma; de hecho, la necesita.

«Tranquilo, todo va a estar bien»: lo que Colombia le enseñó a un europeo.

 

Pelluard habla del país con brillo en los ojos: «Lo que me enamoró del país es esa actitud de: “tranquilo, todo va a estar bien”». Desde su formación europea, esta visión representó un choque amable que lo desarmó para siempre: «El europeo necesita mucho control, anticipar, estar muy cuadriculado; el colombiano muchas veces llega al mismo resultado sin tanto estrés en el proceso». A esa mezcla se suman la pasión y la fe como brújulas cotidianas: «El colombiano es más de corazón, más de pasión. También son muy creyentes en Dios, la vida y el destino, lo que ayuda a soltar la presión, descargar la responsabilidad y confiar en el proceso». No es una postal romántica; es una estrategia de vida que —asegura— «muchas veces lleva al éxito». 

Otra lección que marcó al deportista fue la generosidad sin cálculo: «Unos colombianos fueron a un mundial en Dinamarca y se conectaron con grupos de colombianos que vivían allá, consiguieron alojamiento gratuito porque los recibieron. Eso pasa con latinos, con colombianos. En Europa nunca lo he visto». Ese tejido explica por qué su identidad dejó de ser etiqueta para volverse práctica diaria: «Esa versión generosa de las personas y el orgullo de sentirse colombiano se triplica cuando se encuentran fuera del país». La certeza que lo guía cabe en una frase: «Yo confío en mi destino, confío en mi proceso y sé que todo va a estar bien».

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Tokio 2020: cuando competir también es identidad

Representar oficialmente a Colombia en Tokio tuvo un peso simbólico y personal: «Tokio fue un periodo muy importante, fue un logro enorme estar en un evento de esa grandeza». El camino no fue lineal: «Como francés viviendo en Colombia fui muy bien recibido; como nuevo colombiano aportando a la selección, también. Hubo un cambio cuando representaba un “peligro” por pelear por mi cupo; algunas personas no lo aceptaron de la mejor forma». Su respuesta fue sostener el reglamento y la conciencia: «Respeté las reglas y los procesos. Todo estuvo bajo las leyes. Tuve mi conciencia tranquila».

Los Juegos atravesados por la pandemia dejaron una estampa imposible de repetir: «Fue como un respiro, viajamos al otro lado del mundo y estábamos encerrados en una villa olímpica. No podíamos salir de ahí, pero era un escenario gigante». En medio de ese encierro luminoso apareció la comunidad: «Compartimos con culturas y países diferentes, pero también, como colombianos, supimos unirnos entre nosotros: compartir, comer juntos, conversar. Fueron unos Juegos Olímpicos muy especiales, seguramente irrepetibles pero inolvidables».

De la línea de salida al pizarrón: el entrenador que vibra sin perder la adrenalina

En 2022, después del Mundial de Francia —el mismo lugar donde corrió su primer Mundial en 1999—, tomó una decisión de madurez y coherencia: «Era el lugar correcto para retirarme del alto rendimiento; más que de la competencia, retirarme de la selección, los criterios, la presión…». El matiz importa: «Sigo compitiendo; ahora soy más entrenador que atleta, pero sigo compitiendo en los eventos donde quiero correr. Si quiero, voy; si no quiero, no voy». 

Ser entrenador le permitió recuperar la expresión emocional que a veces la élite reprime: «Siempre me ha gustado vibrar en los eventos, celebrar. Tengo atletas de muy alto rendimiento y ellos me permiten seguir celebrando y vibrando a través de ellos. Hasta creo que más, porque no tengo que estar tan concentrado, tan contenido». Hoy puede ser un hincha con credenciales: «Me puedo expresar, puedo celebrar, puedo gritar, puedo saltar cuando uno de mis atletas gana».

La sustancia, sin embargo, sigue siendo la misma: «La adrenalina es el ingrediente más poderoso que un atleta no quiere perder». Esa dosis la recibe ahora por partida doble: «A veces, en una competencia, tengo varios atletas y puedo experimentar esa emoción varias veces al día. Antes dependía de mí, y si no me iba tan bien, no podía disfrutarlo tanto». Convertido en técnico, su misión es clara: acortar la distancia entre el miedo y la ejecución: «Lo que uno repite y entrena con conciencia aparece cuando más importa. Esa es la tarea como entrenador».

Duelo y esperanza: hablar para sanar

Uno de los capítulos más íntimos de su vida reciente fue la pérdida de un embarazo, un dolor que la pareja atravesó en silencio, pero que transformó su forma de mirar la vida: «La pérdida fue un momento muy duro y fue aún más difícil porque no lo pudimos expresar». Entender que no estaban solos cambió la ruta: «Con el tiempo nos dimos cuenta de que es algo muy común. Si lo hubiéramos sabido antes, habríamos tenido más herramientas para pasar página y sanar».

Por eso insiste en romper el silencio: «A veces da miedo compartir malas experiencias, pero para eso están los amigos y la familia. Uno se da cuenta de que lo que nos pasa, primero, es común y le puede suceder a cualquiera. Y, segundo, que también hay cosas peores en la vida que permiten sanar más rápido y más eficientemente».

La vida, sin embargo, les devolvió pronto una oportunidad: «A los dos meses vivimos un nuevo proceso de embarazo y ha sido hermoso, de muchísimo amor». Ella, dice, encontró un faro: «Mariana necesitaba un nuevo norte. Ya quiere vivir otras cosas, pero con un bebé en las tribunas». Y él confiesa la ansiedad dulce de la espera: «No vemos la hora de que salga; ya lo vemos pedalear, patear… todo».

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Un bebé arcoíris y nuevas prioridades

La llegada de su hijo reorganizó el tablero cotidiano: «Ha cambiado muchas cosas, sobre todo la responsabilidad de todo. Venimos de un deporte extremo, individual, y ya estamos formando un equipo». Esa dupla tiene nombre propio y propósito: «Mariana y yo somos un equipo dedicado a nuestro hijo que viene en camino».

El amor, dice, desdramatiza la agenda y desactiva rencillas inútiles: «Lo que uno puede sentir solo viendo una ecografía, no me imagino con el bebé en los brazos. Estamos en un estado de felicidad que nos ha borrado muchos problemas cotidianos». La vida, súbitamente, se ordena sola: «Ahora las “bobadas” diarias ya no nos preocupan; pasamos página rápidamente con esas cosas. La gente que quiere pelear o que tiene mal genio no nos importa, el amor que sentimos es tan fuerte que estamos volando». 

Para los padres que han perdido: presencia, paciencia y gratitud

Cuando la conversación se vuelve consejo, Vincent no pontifica; se abre y acompaña. «Mi gran consejo es la comunicación». Luego añade un mandato tierno que le sale del pecho: «Nosotros, como papás, tenemos la tarea de tranquilizar a las mamás. No podemos sentir lo que ellas sienten; no sabemos qué es cargar un bebé, aunque sea del tamaño de una semilla».

Por eso insiste en la constancia: «Hay que ser muy comprensivos, hay que estar. Es muy importante que los padres estén muy presentes para las mujeres». La palabra clave, repite, es avanzar: «Estamos tristes, pero al siguiente día, un poquito menos, y un poquito menos, y un poquito menos… hasta lograr ese sueño de quienes quieren tener hijos».

También, quitar culpas que no ayudan: «Que la mamá no sienta culpabilidad; eso es naturaleza. La vida está muy bien hecha: a veces decide por nosotros y hay que saber confiar». En su casa esa brújula toma un nombre propio y una prioridad: «Sí o sí, agradecer la vida», afirma. Y agrega una declaración que lo explica todo y que nos puso un nudo en la garganta: «Siempre le digo a Mariana: “primero tú, porque te necesito más que nunca”. Mariana es mi persona favorita en el mundo. Mi tarea es cuidarla porque la necesito bien y feliz. Si mi mejor compañera en la vida está bien y feliz, entonces yo seguramente voy a estar feliz».

«Más que palabras van a ser actos»: el mensaje a su hijo

El testamento emocional a su hijo no cabe en una frase de tendencia, sino en la conducta diaria: «Más que palabras, van a ser actos. Los papás somos ejemplo, referencia. Debemos tener una actitud muy sincera y honesta, impecable en términos de valores y sentimientos». Confía en lo que han logrado y en lo que falta por construir: «Nuestro hijo va a ver y sentir una familia unida, con mucho amor y mucha pasión; siempre vamos a estar el uno para el otro». La película de su casa tiene dos protagonistas claros —y un espectador privilegiado—: «Tenemos que ser nosotros los actores de la película que él va a ver, y ahí es donde debemos ser ejemplo».

Lo que viene: viajes, bicicletas y la certeza de que la familia no frena los sueños

Cuando mira cinco años adelante, Pelluard no disimula su entusiasmo. La escena que imagina tiene tres ejes: deporte, familia y rutas nuevas. «Seguir con nuestro ritmo de vida, alrededor del deporte, la familia y los viajes. Mostrarle al mundo que tener hijos, tener familia, no es un freno para dejar de soñar», afirma. Los sueños individuales convivirán con los de equipo: «Se vienen sueños en familia, pero amamos tanto los viajes y descubrir el mundo, siendo francés, necesito ver a mi familia». 

¿Y el deporte? No negocia su lugar; pide asiento de primera fila: «Tengo demasiado en mente, me tocará escoger», admite con una sonrisa. Lo que viene suena a catálogo de vida activa: «Soy amante del deporte: es mi droga, mi bienestar. Necesito hacer deporte todos los días». Habla de «muchos proyectos sobre bicicleta, de todo tipo de bicicleta». Confiesa: «me encantan los deportes y me encanta competir». La realidad, como siempre, ordenará las prioridades: «El tiempo y la motivación me permitirán ejecutar».

Tampoco romantiza el cuerpo como si fuera infinito: «A veces creo que me paso un poquito, y el cuerpo y la edad me recuerdan que no me puedo sobrepasar tanto», reconoce. Lo importante, insiste, es no perder la brújula: «El deporte nunca va a dejar de ser una de mis prioridades para estar bien y para mostrar un ejemplo. Creo mucho en el deporte como mostrador de valores: disciplina, resiliencia… Con hijo a bordo, más que nunca mostraré que es el buen camino».

En lo cotidiano, el hombre que un día se aprendió un himno que no era el de su infancia repite una certeza que lo sigue guiando desde que pisó Colombia por primera vez: confiar. «Confío en mi destino y en mi proceso. Sé que todo va a salir bien», afirma. Puede sonar simple, pero su voz tiene el peso de quien ya cruzó varias líneas de meta y entendió que la verdadera victoria estaba en otra palabra que aprendió a valorar en Colombia: familia