Por: Luis Téllez
Las botas altas, ya sea que lleguen hasta la rodilla o por encima del muslo, tienen una rica historia que se remonta siglos atrás. Antes de que se convirtieran en un statement de pasarela, primero lo fueron en el campo de batalla. Su origen data del siglo XV, cuando los hombres comenzaron a usar botas por encima de la rodilla para montar a caballo. En aquel entonces, no era una cuestión de estilo, sino de protección, especialmente en una época en la que la rígida armadura completa comenzaba a quedar en el olvido frente al auge de las armas de fuego. Fue entonces que las botas altas hechas de cuero grueso se convirtieron en una especie de armadura flexible para la caballería pesada.

Aunque las representaciones más antiguas aparecen en pinturas rupestres españolas, el uso más temprano de botas específicamente para montar a caballo se remonta a la caballería persa. Fueron ellos quienes introdujeron los galesh —un tipo de calzado cerrado de cuero— con tacón diseñados para mantener los pies firmes en los estribos. Un detalle funcional que, sin saberlo, dio origen a una de las siluetas más icónicas del vestir masculino.
Durante los siglos XVII y XVIII, este tipo de botas se volvieron omnipresentes: primero entre los militares, luego se colaron gradualmente en distintas clases sociales. De hecho, de ahí viene el término bootlegging, que se refiere al acto de esconder frascos de alcohol en la parte alta de las botas, una práctica común en tiempos de prohibición. Pero más allá de su función práctica, las botas altas empezaron a cargarse de simbolismo. Los cuissardes, como les dicen los franceses, evocan figuras masculinas poderosas y valientes: caballeros, piratas, mosqueteros… hombres que caminaban con la seguridad de quien sabe defenderse.
Robert Mapplethorpe fue uno de los fotógrafos más provocadores del siglo XX y una figura clave en la exploración de la sexualidad masculina dentro del arte contemporáneo. Su obra —particularmente sus retratos del underground neoyorquino de los años setenta y ochenta— se caracteriza por el uso recurrente del cuero, las siluetas hiper masculinas y una mirada estética profundamente erótica. No es casualidad que su universo visual, cargado de poder y fetichismo, haya terminado por seducir a diseñadores como Anthony Vaccarello.

Una de las principales inspiraciones de Anthony Vaccarello esta temporada fue justamente esa estética mapplethorpiana. Las botas más allá del muslo —que remiten a la colección “Robin Hood” de 1963 de Yves Saint Laurent, originalmente pensada solo para mujeres— se reinventan como waders industriales. Hechas en ese cuero negro que Mapplethorpe convirtió en firma personal, funcionan como una especie de chaps fragmentadas que llevan el erotismo y la provocación al terreno de la sastrería. La pregunta aquí es: ¿quién se atreverá a llevarlas?
Para sorpresa de todos, estos ejemplares no desfilaron para disiparse en el olvido como muchas de las piezas que vemos en las distintas semanas de la moda. Este par ya hizo sus rondas sobre los pies de las celebridades en distintas alfombras rojas —desde el omnipresente Pedro Pascal en la premiere de la segunda temporada de The Last of Us hasta el galán Alexander Skarsgård en el estreno de The Phoenician Scheme en el Festival de Cine de Cannes—. Y con la llegada del otoño, están programadas para llegar a los aparadores de las boutiques de la maison y, con ello, es solo cuestión de tiempo para que esta silueta comience a colarse en las wishlists del mundo entero.

Lejos de ser una mera excentricidad visual –que pareciera que solo las celebridades pueden darse el lujo de ofrecer–, estas botas evidencian una nueva sensibilidad en torno a cómo se presenta y se construye la masculinidad desde la moda. Se trata de una masculinidad que ya no teme coquetear con lo performativo, lo glamoroso, incluso con lo erótico. Más que imponer fuerza, propone una versión del poder que se encuentra en la libertad de mostrarse sin miedo al qué dirán, y sí, incluso con una bota que llega hasta la cadera.
