Por, Catalina Suárez
Hay países que se rompen por las balas. Otros, silenciosamente, empiezan a fracturarse por las palabras.
Colombia conoce demasiado bien el primer camino. Durante décadas enterramos generaciones enteras intentando resolver por la fuerza lo que nunca supimos resolver conversando. Pero hoy, cuando las armas ya no ocupan todos los titulares, me preocupa otra violencia, mucho menos visible, pero igual de peligrosa: la que nos ha convencido de que quien piensa distinto merece menos respeto que quien piensa igual.
¿Qué dejó la campaña presidencial en Colombia?
Las campañas presidenciales siempre dejan vencedores y derrotados. Esa es la esencia de la democracia. Lo que nunca debería dejar una elección es un país incapaz de reconocerse a sí mismo. Las urnas hablaron. Colombia eligió a Abelardo De La Espriella como su próximo presidente. Unos celebraron. Otros sintieron frustración. Ambas reacciones son legítimas. Así funciona cualquier democracia. Lo verdaderamente importante empieza después, cuando el ruido de la campaña desaparece y el país vuelve a mirarse al espejo.
Y, si soy sincera, la imagen que veo me preocupa.
No recuerdo una Colombia tan emocionalmente fracturada como la que hoy recibe un nuevo gobierno. Ni siquiera durante el plebiscito, que, si bien nos dividió, no nos rompió, vivimos una sensación tan profunda de desconfianza entre colombianos y dentro de las propias familias. Las diferencias ideológicas dejaron de ser simplemente diferencias. Poco a poco, empezaron a convertirse en juicios morales. Dejamos de discutir argumentos para comenzar a clasificar personas y llevarlas a una hoguera digital por pensar diferente. Dejamos de preguntar qué piensa alguien para preguntarnos si merece ser escuchado.
Ese cambio parece pequeño, pero es devastador como sociedad.

¿Cómo afectó la polarización política a las relaciones personales en Colombia?
Durante meses escuchamos hablar de seguridad, inflación, déficit fiscal, transición energética, salud, empleo y reformas. Todo eso importa. Muchísimo. Pero confieso que hay una preocupación que terminó ocupando mucho más espacio en mi cabeza: ¿qué país quedó después de esta campaña?
La respuesta no está únicamente en los resultados electorales. Está en las conversaciones que dejamos de tener. En los grupos familiares de WhatsApp donde ya nadie quiere hablar de política para evitar otra pelea. En los amigos que dejaron de invitarse porque descubrieron que votaban distinto. En parejas que aprendieron a esquivar cualquier discusión pública para proteger su relación. La política terminó ocupando un lugar que nunca debió ocupar. Empezó a decidir quién merecía nuestro afecto. Y cuando la política invade ese territorio, el problema deja de ser electoral para convertirse en cultural.
¿Se puede querer a alguien que piensa políticamente distinto?
Hace unos días publiqué una fotografía junto a mi esposo. No era una fotografía política. Era simplemente una imagen de dos personas que llevan años construyendo un proyecto de vida que no ha sido fácil, mucho menos perfecto, y sobre el que todo el mundo cree que puede opinar. Sin embargo, terminó convirtiéndose exactamente en eso: en una discusión sobre política.
Mi esposo es Jorge Suárez, firmante del acuerdo de paz. Él votó por Iván Cepeda. Yo voté por Abelardo De La Espriella con toda la convicción.
Hace cuatro años ocurrió exactamente lo contrario. Cuando Gustavo Petro ganó la Presidencia, él celebró el resultado y yo asumí, con dolor, el papel de quien veía perder a su candidato. Hoy los papeles cambiaron. Nosotros no.
Seguimos compartiendo la misma mesa, la misma casa, los mismos sueños y las mismas discusiones de cualquier pareja. Confieso que nunca imaginé que algo tan normal pudiera parecer extraordinario.
Pero quizá esa reacción colectiva dice mucho más sobre Colombia que sobre nosotros. Nos cuesta creer que dos personas puedan quererse profundamente sin pensar igual porque nos acostumbramos a la idea de que el otro debe parecerse a nosotros para merecer nuestro respeto e incluso nuestro afecto.
Y ese, probablemente, sea el síntoma más preocupante de todos.
¿Qué dijo Iván Cepeda sobre la desobediencia civil pacífica?
Siempre he creído que las conversaciones más importantes son las improbables. Las que ocurren entre personas que llegan a la mesa con ideas completamente distintas. No para convencerse. Tampoco para renunciar a sus principios. Simplemente para hacer algo que parece cada vez más escaso: escucharse.
Tal vez por eso me inquietó profundamente escuchar que, después de reconocer el resultado electoral, Iván Cepeda hablara de promover una desobediencia civil pacífica.
En un momento en el que el país merece liderazgos responsables, bienvenida sea la oposición, siempre necesaria e indispensable para cualquier democracia seria. Pero existe una diferencia enorme entre ejercer oposición y sembrar dudas sobre la legitimidad de unas reglas que acabamos de aceptar. Las diferencias políticas no pueden convertirse en amenazas contra todo un país ni conducirnos nuevamente hacia escenarios de violencia urbana.
La democracia no se pone a prueba cuando ganamos una elección. Se pone a prueba cuando la perdemos.
Es ahí donde realmente demostramos si creemos en las instituciones o simplemente creemos en ellas mientras producen el resultado que esperábamos.

¿Por qué el discurso de odio en la política es peligroso para Colombia?
Esa narrativa tiene consecuencias. No aparecen inmediatamente, pero van moldeando una sociedad que termina creyendo que disentir es una forma de agresión y que el contradictor merece ser derrotado antes que escuchado.
Por eso no me sorprendió ver a una joven decir en un video, con absoluta convicción y tristemente consumida por el odio, que ahora había que «hacer el país invivible» para el gobierno que comienza. Ningún joven nace creyendo que la violencia es una forma legítima de hacer oposición. Es el resultado de discursos de odio promovidos por los líderes que sigue y la consecuencia de un gobierno en el que el presidente Petro graduó de enemigos a quienes pensábamos diferente.
Ese es, quizá, uno de los legados más difíciles de desmontar. Porque reconstruir un puente toma mucho más tiempo que dinamitarlo.
Sé que Colombia seguirá teniendo profundas diferencias políticas. Y me alegra que así sea. No aspiro a un país donde desaparezcan las diferencias. Aspiro a uno donde esas diferencias no destruyan los afectos. Donde una elección presidencial no determine quién merece sentarse a nuestra mesa.
¿Cuál es la paz que necesita Colombia?
Durante años hemos repetido que Colombia necesita reconciliarse. Hemos instalado la palabra «paz» casi exclusivamente alrededor de un conflicto armado que nos ha marcado durante generaciones. Pero estoy convencida de que hoy existe otra paz pendiente. Una mucho más silenciosa. Mucho más cotidiana. Y, paradójicamente, mucho más difícil.
La paz entre nosotros.
La paz entre vecinos que dejaron de saludarse. Entre hermanos que dejaron de hablarse. Entre amigos que se eliminaron de sus redes sociales porque un candidato terminó siendo más importante que una amistad de veinte años.
Entre periodistas y ciudadanos que empezaron a verse como enemigos cuando, en realidad, ambos cumplen un papel indispensable para la democracia.
Esa paz no se firma en un acuerdo internacional. Empieza cuando decidimos escuchar antes de responder. Cuando dejamos de caricaturizar al otro. Cuando aceptamos que alguien puede querer profundamente a Colombia y, aun así, imaginar un camino completamente distinto para construirla.
El reto de Abelardo De La Espriella como presidente
Y ahí aparece el mayor desafío del presidente electo. Abelardo De La Espriella ganó una elección con un mandato claro. Uno de sus mayores retos será construir un nuevo clima político y unir a un país roto. Tendrá la tarea de decidir si desde la Casa de Nariño se seguirá alimentando la lógica de los enemigos o si, por el contrario, comenzará una etapa en la que la diferencia vuelva a ser vista como una riqueza democrática y no como una amenaza.
Colombia ya perdió demasiado tiempo peleando consigo misma.
Quizá llegó el momento de aceptar que hay otra paz, mucho más difícil de construir, porque no depende de un decreto ni de una negociación. Depende de nosotros.
Es la paz que comienza cuando dejamos de asumir que quien piensa distinto es una amenaza. La que se construye cuando una familia vuelve a sentarse a la mesa sin convertir una elección en una razón para romperse. La que nace cuando entendemos que un periodista puede preguntar sin odiar, que un opositor puede criticar sin desear el fracaso del país y que un gobernante puede escuchar sin interpretar cada desacuerdo como un acto de deslealtad.
Esa es la paz que todavía no hemos aprendido a construir.
Gobernar un país dividido exige algo más que autoridad. Exige grandeza.

¿Qué papel debe cumplir la oposición en Colombia?
Y la oposición tendrá una responsabilidad igual de grande. Colombia necesita una oposición firme, rigurosa e inteligente. Una oposición que fiscalice cada decisión, que denuncie cuando sea necesario y que proponga cuando tenga una mejor idea. Eso fortalece la democracia. Lo que la debilita es convertir la inconformidad en una invitación permanente al desconocimiento del otro o en una estrategia para incendiar el país, que es lo que algunos de sus líderes hoy pretenden.
Las democracias maduras no son aquellas donde todos están de acuerdo. Son aquellas donde incluso los desacuerdos respetan unas reglas compartidas.
Quizá por eso sigo pensando en aquella fotografía con mi esposo. No porque nuestra historia tenga algo de extraordinario, aunque para muchos lo parezca en una sociedad en la que pareciera que lo normal sería odiarnos.
Dos personas que se quieren. Dos ciudadanos que votan distinto. Dos visiones diferentes sobre el país. Una misma mesa. Una misma casa. Un mismo futuro.
Si nosotros podemos hacerlo, ¿por qué Colombia no?
¿Cómo se construye la reconciliación después de una elección?
No escribo estas líneas porque crea que las diferencias ideológicas deban desaparecer. Sería absurdo. Tampoco porque piense que ahora todos debamos abrazarnos y fingir que no existen desacuerdos profundos sobre la economía, la seguridad, la justicia o la paz. Esas diferencias seguirán ahí y es sano que así sea.
Lo que me resisto a aceptar es que hayamos convertido esas diferencias en una licencia para despreciarnos. Las campañas tienen fecha de inicio y de cierre. Los gobiernos duran cuatro años. Pero Colombia seguirá aquí mucho después de que termine este mandato y el siguiente. Nuestros hijos seguirán compartiendo los mismos colegios. Nuestros vecinos seguirán viviendo en la casa de al lado. Nuestros compañeros de trabajo seguirán sentándose frente a nosotros cada mañana.
Al final, tendremos que seguir encontrándonos.
Me niego a creer que Colombia esté condenada a elegir entre el odio y la resignación. Me niego a aceptar que la política tenga que decidir quién merece nuestro afecto.
Y me niego, sobre todo, a que normalicemos la idea de que el país solo puede avanzar cuando gobiernan los nuestros.
La democracia es mucho más exigente que eso. Nos obliga a convivir con quien piensa diferente, a defender su derecho a disentir y a aceptar que nadie tiene el monopolio del amor por Colombia.
Tal vez el verdadero legado de este nuevo gobierno se mida por algo mucho más difícil de alcanzar: haber conseguido que los colombianos volviéramos a hablar entre nosotros sin tratarnos como enemigos.
El primer proceso de paz que todavía tenemos pendiente se firmará el día en que los colombianos volvamos a mirarnos a los ojos y entendamos que pensar distinto nunca debió convertirnos en enemigos. Porque, antes que votantes de uno u otro candidato, seguimos siendo ciudadanos de una misma patria.
