Eliud Kipchoge y la carrera que marcó el cierre de una era

Campbell Addy para Esquire UK

El maratonista keniano completó en Nueva York 2025 su última participación en los World Marathon Majors con un tiempo de 2 horas 14 minutos y 36 segundos, ocupando el puesto 17. Más que un adiós, fue una elección consciente de cerrar un ciclo competitivo que transformó la historia del atletismo moderno.

El Maratón de Nueva York 2025 marcó el fin del recorrido de Eliud Kipchoge en el circuito de los World Marathon Majors. El corredor keniano completó los 42 kilómetros en 2 horas, 14 minutos y 36 segundos, un registro lejano a sus mejores tiempos, pero suficiente para sellar el cierre de una etapa que cambió la historia del atletismo de fondo.

El atleta no llegaba como favorito. Había adelantado que sería su última participación en los majors, el grupo de maratones que reúne a Tokio, Boston, Londres, Berlín, Chicago y Nueva York, y en el que ha sido figura central durante más de diez años. Terminó en el puesto 17, mientras los también kenianos Benson Kipruto y Hellen Obiriganaban las categorías masculina y femenina, confirmando la continuidad del dominio de su país en la disciplina.

El resultado de Kipchoge no sorprendió al entorno del atletismo. Desde 2023, su rendimiento mostraba señales de desgaste: había terminado sexto en Boston y noveno en Sídney. Sin embargo, su decisión de competir en Nueva York no respondía a una búsqueda de marca, sino a una despedida planificada del circuito profesional más exigente.

Kipchoge nació el 5 de noviembre de 1984 en Kapsisiywa, una aldea del condado de Nandi, en Kenia. Hijo de una maestra, comenzó a correr desde la infancia para trasladarse a la escuela. Esa rutina lo llevó a desarrollar resistencia y disciplina, cualidades que más tarde serían determinantes.

A los 16 años conoció a Patrick Sang, medallista olímpico en los 3.000 metros con obstáculos, quien se convirtió en su entrenador de por vida. Bajo su guía, el joven corredor comenzó a destacar en pruebas de pista y campo.

Su primera gran aparición internacional fue en el Campeonato Mundial de Atletismo de París 2003, donde, con solo 18 años, ganó el oro en los 5.000 metros con un tiempo de 12:52.79, superando a Hicham El Guerrouj y a Kenenisa Bekele, dos de los fondistas más dominantes de la época.

Posteriormente obtuvo bronce en Atenas 2004 (13:15.10) y plata en Pekín 2008 (13:02.80) en la misma distancia. Su progresión en pista lo llevó a registrar varios tiempos por debajo de los 12:50, ubicándose entre los mejores del mundo.

En 2013 decidió pasar a la maratón. Debutó en Hamburgo, ganando con 2:05:30. A partir de ese momento, inició una de las etapas más exitosas en la historia del atletismo moderno:

 

  • Entre 2014 y 2022, el keniano acumuló once victorias en los World Marathon Majors y dos títulos olímpicos. En Chicago 2014, logró su primer gran triunfo en ruta.
  • Un año después, ganó en Londres (2:04:42) y Berlín (2:04:00), mostrando consistencia inusual en distancias tan exigentes.
  • En Río 2016, se consagró campeón olímpico con un tiempo de 2:08:44.
  • Repitió el oro en Tokio 2021, registrando 2:08:38, y se convirtió en el tercer atleta en la historia en lograrlo en maratones consecutivas.
  • En 2018, impuso un récord mundial de 2:01:39, bajando en más de un minuto la marca anterior.
  • En 2022, mejoró su propio registro con 2:01:09, un tiempo que aún sigue vigente como récord mundial oficial.

En total, ganó 17 de las 24 maratones que disputó a lo largo de su carrera, algo sin precedentes en la era moderna. Durante un periodo de cinco años (2014-2019), no perdió ninguna maratón y mantuvo un promedio de 2:04 por carrera, cifras que redefinieron los estándares de la resistencia humana.

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Kipchoge no solo destacó por sus resultados, sino por la manera en que redefinió lo que significa prepararse para competir al más alto nivel. En el campamento de Kaptagat, en las tierras altas de Kenia, desarrolló un sistema de entrenamiento colectivo que cambió la cultura del atletismo en su país. Vivía y entrenaba junto a jóvenes fondistas, compartiendo habitaciones, tareas domésticas y jornadas idénticas de trabajo físico. No había jerarquías ni privilegios. Su liderazgo se basaba en el ejemplo, no en la autoridad.

Esa vida metódica se convirtió en su sello. La disciplina diaria (levantarse antes del amanecer, entrenar dos veces al día, descansar en la tarde y dormir temprano) era su estructura fija. No la alteraba por entrevistas, eventos o patrocinios. El atleta entendía el deporte como una forma de orden interior, no como un espectáculo. Esa coherencia entre rutina y resultado terminó por definirlo más que cualquier récord.

Su fortaleza mental también fue clave. Kipchoge rara vez mostraba nervios o frustración. En medio de la presión de las grandes competencias, mantenía el mismo gesto neutral, la misma respiración medida y el mismo ritmo constante. Los especialistas en psicología deportiva lo señalan como ejemplo de autocontrol en entornos de alta exigencia. No reaccionaba al entorno, lo administraba. Esa estabilidad lo convirtió en una referencia incluso fuera del atletismo.

Con el tiempo, su influencia se extendió más allá de las pistas y las calles. A través de la Eliud Kipchoge Foundation, impulsó programas educativos y medioambientales en Kenia, enfocados en el acceso a la lectura, la reforestación y el desarrollo de comunidades rurales. Su objetivo siempre fue que el éxito deportivo sirviera como motor de impacto social, no como un logro individual aislado.

El impacto de Kipchoge trasciende las cifras. Deja un modelo de trabajo basado en la constancia y en la ética del esfuerzo. Su método ha sido adoptado por entrenadores y equipos en todo el mundo que buscan replicar su fórmula de equilibrio entre cuerpo, mente y propósito.

En la historia del atletismo, pocos corredores han mantenido un dominio tan prolongado. Pero más importante aún, pocos han sabido retirarse con la misma claridad. Eligió cuándo parar, cómo hacerlo y por qué. No esperó a que el tiempo o las lesiones lo empujaran fuera de la élite. En ese sentido, su decisión fue una extensión de su filosofía: actuar con control, incluso en el cierre.

En Kenia, su nombre ya forma parte del patrimonio deportivo nacional. Escuelas, centros de atletismo y programas juveniles utilizan su trayectoria como referencia. Su figura no se limita al corredor de récords, sino al profesional que entendió que la grandeza también consiste en dejar espacio para los que vienen detrás.

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La última carrera de Eliud Kipchoge en los World Marathon Majors  no fue una derrota ni un homenaje, sino una decisión estructurada y consciente. A los 41 años, el atleta más influyente de la maratón moderna completó un ciclo que transformó la disciplina desde la preparación hasta la mentalidad competitiva.

Su tiempo final en Nueva York, 2:14:36, pasa a la estadística; lo que permanece es su legado: dos oros olímpicos, once victorias en majors, récord mundial vigente y una mentalidad que redefinió la resistencia humana.

El keniano demostró que el éxito no depende solo del resultado, sino de la forma de construirlo. Su retiro del circuito de élite no simboliza el final de una carrera, sino el inicio de una etapa en la que el deporte sigue siendo herramienta, pero ya no medalla.