En portada:Juan Pablo Raba

Esquire Colombia
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Juan Pablo Raba no solo ha construido una carrera sólida que lo llevó de las telenovelas icónicas en Latinoamérica a producciones internacionales en Hollywood; también ha emprendido un viaje interno que lo confrontó con su propia vulnerabilidad, sus miedos y su manera de entender la vida. Hoy, a sus 48 años, el actor colombiano se muestra más honesto que nunca: cuestiona los estereotipos de la masculinidad, habla abiertamente de salud mental y encuentra en su familia y en su país un ancla que lo mantiene con los pies en la tierra.

Entrevista por: Gerard Angulo

Texto por: Luis Téllez

¿En qué momento estás de tu vida?

JP: En el presente, tratando de estar en el presente. Venía de años de mucho pasado, de mucho futuro, y estoy tratando de encontrarme con ese presente, de lograr el equilibrio. Todos estos años han servido justamente para eso: para “estar”, simplemente “estar”. Trato de no planificar ni pensar tanto hacia atrás, sino realmente “estar”

Es fácil decirlo, pero es un proceso conseguirlo, ¿no?

JP:El más difícil que hay.

¿Cuánto tiempo te ha tomado?

JP:Mucho, toda la vida: 48 años de altibajos. Porque sin los bajos tampoco están los altos, ¿no? Y viceversa. Tendríamos que empezar a hablar desde cero, pero para centrarnos un poco… el nacimiento de mi hija me puso en conflicto —tal vez por primera vez en mi vida— con mi propia humanidad, con mi relación con lo femenino, con muchas preguntas existenciales. Entonces, quizás de los 42 a los 48, con el nacimiento de Josefina y la vida de familia me surgieron los cuestionamientos más grandes: no sobre la familia o los hijos, sino sobre mi propio ser, mi relación conmigo y con lo que me rodea.

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¿Cómo eras de pequeño? ¿Qué recuerdo se te viene a la mente?

JP:Hay un evento muy fuerte en mi vida: el divorcio de mis padres. Eso a cualquier hijo de divorciados lo marca porque hay un antes y un después, especialmente si es un divorcio complicado, transoceánico: papá se quedó en España, yo en Colombia. Tengo recuerdos muy alegres de tardes con amigos, de familias que me adoptaron y me acogieron en esos momentos, y también muchos recuerdos de soledad. Recuerdo una habitación en particular en la que me sentí muy solo. Esos recuerdos y esa soledad también te hacen fuerte y te acercan a la reflexión. Además, viví muchas experiencias: múltiples países, ciudades y casas, permanentemente conociendo, reinventándome, adaptándome. Tanto cambio termina dándote un superpoder: la adaptabilidad.

Con la paternidad, ¿qué ha cambiado en ti y en tu ser?

JP:Todo cambia. Antes de ser papá uno está practicando, como que la vida no es tan en serio. En mi caso, lo bauticé como “el cambio de punto de vista”. Antes sentía que había permanentemente una cámara sobre mí… Fue impresionante cuando nació Joaquín: la cámara cambió de escena y de perspectiva. Para mí, sobre todo lo que significó fue, “Ok, esto es lo más importante”. Nunca he tenido más responsabilidad en mi vida, pero por otro lado, nunca me he sentido más liberado.

¿Por qué “liberado”?

JP:Porque entendí que ahora nada tiene que ver conmigo. No es que no importara, pero la historia no era realmente sobre mí, mis logros ni mis cosas. Todo eso termina aterrizando después de la crisis de la mediana edad, porque ahí ya hay un entendimiento completo de la deconstrucción. Pero en ese momento es como: “¡Ah! ¡Qué liberación!” […]. Puedo dejar de fingir un poco porque hay otra cosa que me importa mucho más. Quiero que ese sea mi punto de vista, quiero mirar allá, y no hacia un espejo ni hacia esta cámara».

¿Qué simbolizan para ti Joaquín y Josefina?

JP:El aprendizaje más grande. Es un ejercicio de improvisación constante. Nada está resuelto cuando eres papá. No sabes nada. Uno cree que sabe y la gente te puede decir… O puedes venir de un hogar con un ejemplo de papá y mamá perfecto, pero en realidad no tienes la menor idea, porque estás conociendo permanentemente a ese ser humano. Y, además, lo vas conociendo todos los días. Nadie tiene nada resuelto siendo papá o hijo. Todos los días navegas en aguas turbulentas, todos los días se convierten en una conquista, es una victoria diaria. Cada día es diferente: un humor distinto, lidiando con diversas personas. Es fantástico, y por más estresante o difícil que pueda ser, todos los días te pones una medalla.

¿Qué aprendiste en ese proceso?

JP:A volver a caminar y escuchar. A entender que no todo es a tu ritmo ni a tu necesidad, sino centrarte realmente en esta persona. También a despojarme de muchas cosas. Además, traes mucha información de ser papá impregnada, no solo por tu propio padre, sino a nivel generacional, y crees que está bien simplemente porque sucedía en casa. De repente, te das cuenta de que respondes automáticamente a muchas cosas, pero es hermoso cuando puedes parar y decir: “Espera, espera, espera… Esto no me pertenece a mí. ¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Estoy levantando la voz porque a mí me levantaron la voz? ¿Estoy diciendo que no, simplemente porque me dijeron que no?”. Ahí empieza otro camino completamente diferente. Es como: “Ok, ¿desde qué lugar asumo mi paternidad; desde qué lugar asumo esta relación con este ser humano? ¿Qué quiero que él se lleve de mí constantemente? ¿Cómo hago para no imponer lo que creo correcto, sino entender que esa es una persona con gustos diferentes y con una vida diferente?”. Es el ejercicio permanente de improvisación y de prestar realmente atención… Pero, volviendo a tu primera pregunta: al presente, no a cómo va a ser la semana siguiente ni cómo fue la anterior.