El FICCI, un espacio donde dialogan ciudad, industria y cine latinoamericano

La directora del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, Margarita Díaz, reflexiona sobre el papel del festival en Cartagena de Indias, su impacto en el cine colombiano y el desafío de conectar las historias latinoamericanas con su público.

Cartagena se consolida como nodo del cine latinoamericano

Margarita Díaz, la directora del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, asumió en 2024 el desafío de proyectar el evento hacia el futuro sin perder la conexión con la ciudad que le da vida. En diálogo con Esquire Colombia, Díaz reflexiona sobre el papel del cine en una ciudad tan compleja y vibrante como Cartagena, la identidad curatorial del FICCI y el lugar que ocupa el festival dentro del ecosistema audiovisual latinoamericano.

Por: Por Damián Torres

¿Cómo dialoga el festival con esa complejidad urbana y social más allá de la alfombra roja?

—Cartagena es una ciudad de barrios llenos de historias, marcados por realidades complejas, pero también atravesados por una riqueza cultural inmensa. Por eso, el trabajo del festival no se limita al Centro Histórico ni se queda encerrado en sus murallas. Durante esos días, la ciudad respira en doble vía: vamos a los barrios y los barrios vienen al centro.

Con iniciativas como Cine en los Barrios y otras actividades comunitarias, el cine se desplaza hacia distintos sectores, se proyecta en espacios abiertos y se convierte en conversación. No se trata solo de exhibir películas, sino de encontrarse con la gente, escucharla y construir un diálogo. La intención es que el festival no se perciba como algo distante, sino como una experiencia cercana y compartida.

El compromiso de la organización es mantenerse conectada con la ciudad real: con sus realizadores, sus jóvenes, sus gestores culturales y su memoria viva. El festival no puede ser una burbuja; necesita dialogar con lo que Cartagena vive cada día. Por eso la programación y las actividades buscan tocar los temas que nos atraviesan como sociedad y abrir espacios donde todos puedan sentirse parte.

FICCI 2026
Margarita Díaz lidera una nueva etapa del FICCI con enfoque en comunidad y cine latino

¿Cómo evitar que el festival se perciba como un evento exclusivo y garantizar que la ciudad lo sienta propio?

—Sí, hay una responsabilidad grande de hacer que el festival sea algo que la gente de Cartagena sienta como suyo y no solo como un evento de lujo o para visitantes. Eso se logra haciendo actividades accesibles, gratuitas o de bajo costo en diferentes partes de la ciudad, y no solo en grandes teatros.

Por ejemplo, el FICCI lleva cine a parques y barrios con iniciativas como Cine en los Barrios, donde la comunidad puede participar con total libertad. También es clave escuchar a la gente, incluir cineastas locales, apoyar proyectos de la región y fomentar espacios donde los cartageneros puedan opinar, conversar con realizadores o incluso votar por sus películas preferidas en algunas secciones. Además de las proyecciones, se trabajan actividades académicas y de formación que sí tocan la vida diaria de la comunidad: talleres, escuelas de cine, laboratorios y espacios educativos que impulsan nuevos talentos y hacen que la cultura cinematográfica crezca de adentro hacia afuera.

¿Cuál es la identidad curatorial que desde la dirección se quiere consolidar para el FICCI 2026?

Buscamos historias que conecten con la diversidad de experiencias y del público, que permitan que realizadores y productores encuentren espacios para mostrar su trabajo y que el público pueda verse reflejado en la pantalla. Con la dirección artística a cargo de Ansgar Vogt, buscamos historias que dialoguen con el presente, que exploren nuevas miradas y que mantengan viva la vocación del cine como espacio de encuentro, reflexión y creación. 

La idea es mantener esa tradición del cine de autor y del cine iberoamericano que siempre ha caracterizado al Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, pero con una mirada abierta. Queremos que el FICCI 2026 sea coherente con su historia, con sus seis décadas de trayectoria, pero también sensible a lo que está pasando hoy en el mundo y en nuestra región.

¿Cómo se equilibra la conversación entre el cine de autor y las nuevas narrativas audiovisuales?

—El festival tiene una tradición muy fuerte de cine de autor, y esa esencia se mantiene, pero también es importante abrir la conversación hacia nuevas formas de contar historias que hoy circulan en plataformas y formatos digitales. El equilibrio está en no verlos como mundos opuestos, sino como lenguajes que pueden dialogar. Se trata de generar espacios donde conviven esas miradas y donde el público pueda descubrir nuevas narrativas sin perder la profundidad y el rigor que han caracterizado históricamente al festival.

¿Un festival latinoamericano debe tomar postura política o priorizar la pluralidad?

—Yo creo que el arte, y especialmente el cine en América Latina, siempre tiene una responsabilidad social. No se trata de hacer activismo partidista, sino de reconocer que las historias que contamos están profundamente atravesadas por nuestras realidades.

En ese sentido, abrir espacio a distintas miradas ya es, en sí mismo, una postura. Más que hablar de neutralidad absoluta, prefiero hablar de pluralidad responsable. El festival debe ser un lugar donde convivan distintas voces, incluso aquellas que incomodan o cuestionan. Esa diversidad es la que enriquece la conversación y le da sentido al cine como una herramienta de reflexión sobre nuestras sociedades.

FICCI 2026
El FICCI apuesta por conectar el cine con el público en Cartagena

¿Los festivales deben asumir una responsabilidad ética en su programación (género, representación, memoria)?

—Hoy los festivales no solo proyectan películas; también se fijan en qué historias cuentan, quiénes las cuentan y cómo lo hacen. Eso significa que al programar una película se está tomando una decisión ética porque se está decidiendo qué voces tienen espacio y visibilidad. Por ejemplo, el FICCI ha incluido secciones que destacan diversidad cultural, raíces afro e indígenas y temas de género, lo que hace que la conversación sea más amplia y representativa.

Además de las películas principales, se organizan paneles, charlas y actividades académicas donde se habla de temas importantes como identidad, memoria histórica, representatividad y equidad. Esto hace que el festival sea un lugar donde no solo se ve cine, sino donde también se reflexiona sobre cómo el cine puede ayudarnos a entender mejor nuestras realidades. Las decisiones institucionales (como invitaciones, selección de jurados, talleres y programación de secciones específicas) reflejan ese enfoque más consciente y responsable. La idea no es solo entretener, sino abrir espacios de diálogo sobre temas que muchas veces no aparecen en la gran pantalla comercial.

¿Qué papel estratégico tiene el FICCI en el crecimiento del cine colombiano y qué tan difícil es llevar a cabo un evento de esta magnitud?

—El cine colombiano hoy produce muchas más películas que antes: hay más directores, más historias y más diversidad, y eso es una buena noticia. El problema es que hacer la película es solo la mitad del camino; después viene el siguiente paso, que es lograr que la gente la vea. Conseguir salas, mantenerse varias semanas en cartelera, competir con grandes estrenos internacionales o incluso con las plataformas digitales no es nada fácil. Muchas películas se estrenan y desaparecen rápido porque no tienen suficiente apoyo en distribución o promoción.

Ahí es donde el festival cumple un papel muy importante: no es solo un lugar para proyectar películas durante unos días, sino un espacio donde los creadores pueden conocer distribuidores, programadores y aliados que les ayuden a mover sus proyectos dentro y fuera del país.

Claro, organizar un evento así implica muchos retos económicos y logísticos, porque se necesitan recursos públicos y privados, patrocinadores y alianzas sólidas. Pero la apuesta sigue siendo clara: vale la pena el esfuerzo porque el festival ayuda a que el cine colombiano tenga más oportunidades y más público.

¿Qué significa hoy que Cartagena sea un nodo cinematográfico?

—Que Cartagena sea un nodo cinematográfico significa que ya no es solo un lugar donde llega el buen cine, sino que se ha vuelto una especie de cruce de caminos para cineastas, productores y públicos de muchas partes del mundo. El FICCI es el festival más antiguo de Latinoamérica y sigue siendo un espacio importante para que películas de Iberoamérica, Colombia y otros lugares se conozcan afuera, lo que ayuda a que el cine de nuestra región tenga más visibilidad.

Eso también tiene una dimensión de diplomacia cultural: proyectos y personas vienen de otros países, se conectan con embajadas, instituciones culturales y se construyen alianzas que ayudan a abrir puertas para coproducciones o colaboraciones internacionales.

Además, existe una dimensión de economía creativa, porque cuando un festival reúne a tantos creadores y profesionales se generan oportunidades de negocio, se fortalecen redes, se activan talentos emergentes y se visibiliza la industria audiovisual local y latinoamericana. Cartagena no solo recibe cine, sino que se afirma como un lugar que contribuye a la circulación del cine latinoamericano en el mundo.

FICCI 2026
Cartagena se consolida como nodo del cine latinoamericano

¿Qué legado quieres dejar en el FICCI: cifras, descubrimientos o transformación cultural?

—Muchas gracias, y la respuesta está en que no se trata solo de números o estadísticas, sino de lo que esos números significan para la sociedad. Claro, es importante que el festival crezca y tenga mayor alcance, más estrenos, más espectadores y alianzas, pero eso sin un impacto humano queda incompleto. Lo que se quiere es que el festival deje una huella palpable: que haya más cine colombiano circulando en el mundo, que más cineastas emergentes puedan encontrar oportunidades reales y que el público latinoamericano —especialmente el de la región Caribe— se reconozca en esas historias. 

Eso implica apoyar descubrimientos cinematográficos, pero también hacer crecer una cultura audiovisual que permanezca más allá de los días del festival. En el fondo, el legado deseado es una transformación cultural: que Cartagena no solo sea un escenario para ver cine, sino un lugar que impulse creatividad, diversidad, conversación crítica y una relación más profunda entre el cine y su comunidad. Ese impacto, más allá de cifras, es el que realmente define a un festival que cumple con su papel social y cultural.

La conversación alrededor del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias 2026 continúa en la edición print de Esquire Colombia (abril-mayo 2026), donde distintas voces profundizan en el impacto del cine como una fuerza cultural capaz de movilizar emociones, abrir debates y redefinir narrativas. A través de entrevistas y análisis, también se cuestiona el lugar del cine latino dentro de lo comercial y lo global. Una invitación a explorar esta edición y entender por qué este festival trasciende la pantalla para convertirse en un fenómeno que resuena en Colombia y más allá.

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