Hoy comienza FICCI 65, el pulso renovador del cine iberoamericano, donde el arte se ve en pantalla y las calles se llenan de cultura. Para entender el impacto de este festival a lo largo de los años, cómo ha cambiado la percepción del mundo y de la propia Colombia, hablamos con expertos en la materia que entienden que estamos ante una evolución y una oportunidad de crecimiento en el séptimo arte.
Cada año, la ciudad de Cartagena de Indias se convierte en un laboratorio de ideas, un punto de encuentro para cineastas, productores, críticos y actores, que reflexionan sobre el presente y el futuro del cine iberoamericano. El talentoso actor Guillermo Blanco nos comparte su mirada sobre el papel del festival en el ecosistema cinematográfico, los desafíos de la industria latinoamericana y las oportunidades que se abren para nuevas generaciones de creadores.
Por: Por Damián Torres
Desde tu experiencia, ¿qué representa hoy Cartagena como un escenario simbólico para el cine?
—Cartagena tiene algo muy especial. No es solo un festival de cine, es un punto de encuentro cultural para toda la región. Durante esos días la ciudad se convierte en una especie de capital del cine latinoamericano. Llegan directores, actores, productores, estudiantes y periodistas, y todos están pensando en lo mismo: cine. Ahí está su valor simbólico. Es un espacio donde Latinoamérica se mira a sí misma, pero también donde el mundo viene a observar lo que estamos haciendo. Para muchos cineastas jóvenes, estar en Cartagena es el primer momento en el que sienten que realmente hacen parte de una comunidad cinematográfica más grande, y ese tipo de encuentros terminan marcando carreras.
¿Qué distingue al FICCI de otros festivales internacionales?
—La ciudad es una parte fundamental del festival. Cartagena tiene una energía muy particular, una historia enorme y una mezcla cultural muy fuerte. Durante esos días el festival no se siente como un evento aislado, sino como algo que permea la ciudad. El cine se mezcla con las calles, con la gente, con la vida cotidiana. Ese ambiente hace que el festival tenga una identidad muy propia dentro del circuito internacional.
Cartagena es una ciudad llena de contrastes. Tiene una belleza impresionante, pero también una historia compleja marcada por desigualdades y tensiones sociales. Ese contexto inevitablemente impregna el festival. Muchas de las películas que se presentan hablan de identidad, de memoria, de historia. El cine tiene esa capacidad de abrir conversaciones que a veces en otros espacios no se dan con la misma profundidad.

¿Qué conversaciones cruciales están ocurriendo hoy en Cartagena y en Colombia que el público general quizá no alcanza a ver?
—Una de las conversaciones más importantes gira hoy alrededor de la sostenibilidad del cine latinoamericano. Durante muchos años nuestra industria dependió principalmente de fondos públicos y del circuito de festivales, eso fue fundamental; pero hoy el desafío es pensar cómo las películas también encuentran audiencias reales.
En Cartagena esas discusiones aparecen constantemente: en paneles, en reuniones de industria, y también en conversaciones informales entre productores, distribuidores y creadores. La pregunta que está sobre la mesa es muy clara: ¿cómo logramos que el cine latinoamericano no solo exista, sino que circule, viaje y encuentre público?
El FICCI históricamente ha sido una plataforma para el cine de autor latinoamericano ¿Cómo puede un festival preservar la identidad y la diversidad narrativa de la región?
—Los festivales cumplen una función que las plataformas no pueden reemplazar: la curaduría. Mientras los algoritmos tienden a ordenar el contenido según patrones de consumo, los festivales proponen el descubrimiento. Ahí aparece la posibilidad de encontrar nuevas voces, nuevos directores y nuevas formas de contar historias latinoamericanas.
El desafío ahora es conectar ese cine con las audiencias, que las películas no se queden únicamente dentro del circuito de festivales sino que también tengan vida en salas y encuentren espectadores. Ese puente entre autoría y público es cada vez más importante.
¿Qué tan preparado está hoy el cine colombiano para competir y dialogar en el circuito internacional?
—El cine colombiano ha avanzado muchísimo en las últimas dos décadas. Hoy hay directores, técnicos, actores y productores con un nivel muy alto. La siguiente etapa tiene que ver con fortalecer el ecosistema de industria: distribución internacional, coproducciones y circulación de películas. El talento está; ahora el reto es consolidar estructuras que permitan que esas películas viajen más y tengan mayor presencia en los mercados globales.
Un festival como el FICCI puede cambiar el rumbo de una carrera. Muchas veces todo empieza con una conversación muy simple: un director que conoce a un actor, un productor que descubre un proyecto o un programador que se interesa por una película. El networking es real, pero también existe el desafío de abrir cada vez más esos espacios para nuevas generaciones. La industria necesita renovación constante.

¿El mayor desafío del cine nacional es la financiación, la distribución o la formación de espectadores críticos?
—Las tres dimensiones son importantes, pero el punto más crítico hoy sigue siendo la conexión entre las películas y el público. Colombia produce cada vez más cine, y eso es una gran noticia. Hay talento, hay historias y hay una generación muy fuerte de directores y productores.
Sin embargo, muchas de esas películas no logran instalarse en la conversación cultural del país. Cuando lancé El Mes del Cine Colombiano el año pasado lo hice justamente con esa intención: crear un momento del año donde el cine nacional tenga presencia real en salas, en medios y en el imaginario de la gente. Porque al final una industria cinematográfica solo se fortalece cuando las películas encuentran espectadores.
¿Qué historias latinoamericanas resuenan más en mercados internacionales y cuáles siguen subrepresentadas?
—El mundo sigue teniendo mucha curiosidad por América Latina. Las historias que conectan suelen ser aquellas que tienen una identidad muy clara y auténtica. Al mismo tiempo todavía hay géneros poco explorados en nuestra región. Latinoamérica no solo tiene historias sociales o políticas; también puede contar thrillers, comedias o cine de género con vocación comercial. Ahí hay un territorio enorme para crecer.
El cine latinoamericano siempre ha tenido una dimensión política porque nuestras sociedades están llenas de preguntas. Pero también hay una evolución muy interesante: hoy aparecen más tipos de historias, más tonos y más géneros. Eso no significa que desaparezca la mirada crítica; significa que el cine de la región se está expandiendo.
¿Qué diferencias observas entre la cultura de festivales en Colombia y en otros escenarios internacionales?
—En Europa los festivales están muy integrados al funcionamiento de la industria. No son solo espacios culturales, también son lugares donde se compran películas, se cierran acuerdos y se estructuran coproducciones. En América Latina todavía estamos fortaleciendo esa dimensión, pero el proceso ya empezó. Cada vez hay más conciencia de que los festivales también pueden ser motores económicos para el cine.
El siguiente paso del FICCI está en consolidar su dimensión internacional sin perder su identidad latinoamericana. Los festivales que sobreviven en el tiempo son aquellos que entienden muy bien qué lugar ocupan dentro del ecosistema del cine. El FICCI tiene una historia muy poderosa y una marca muy fuerte dentro de la región. Esa base permite proyectarlo también como un espacio cada vez más activo de industria: un lugar donde se descubren películas, pero donde también se estructuran proyectos, coproducciones y nuevas alianzas.

Para finalizar, ¿hubo algún momento específico en el festival que haya redefinido tu manera de entender el cine?
—Recuerdo una vez que salí de una proyección en Cartagena y terminé conversando durante horas con varios cineastas jóvenes en una terraza cerca del Centro Histórico. La conversación empezó hablando de la película que habíamos visto, pero terminó siendo algo mucho más profundo: una discusión sobre para quién hacemos cine. Alguien dijo algo que se me quedó grabado: “si una película no encuentra a su público, todavía no ha terminado de existir”. Esa frase cambió bastante mi forma de pensar el cine.
Los premios siempre ayudan, porque dan visibilidad. Para muchos artistas, especialmente en etapas tempranas de su carrera, un reconocimiento en un festival como el FICCI puede abrir puertas. Pero más allá del premio, el verdadero valor del festival está en el encuentro: presentar una película, conversar con otros creadores, compartir experiencias. El cine siempre ha crecido a partir de esos encuentros y, gracias nuevamente a ti, por tenerme en este espacio.
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