Este género musical, que llegó desde el Caribe hace más de medio siglo, pronto se transformó en un lenguaje propio, en una manera de vivir y en un símbolo cultural que trasciende fronteras. Hoy, cuando algunos podrían pensar que este género ha quedado anclado en el pasado, la capital del Valle del Cauca demuestra lo contrario: la salsa sigue viva, renovada y vibrante, y Cali continúa siendo reconocida como “la capital mundial de la salsa”.
Por: Damián Torres
¿Por qué Cali es considerada la capital mundial de la salsa?
La historia de la salsa en “La Sucursal del Cielo” comienza en los años sesenta, cuando los discos provenientes de Nueva York, Puerto Rico y Cuba llegaban a través de marineros y comerciantes al puerto de Buenaventura. Pronto esa música comenzó a circular en las discotiendas caleñas, conquistando los barrios y las emisoras locales.
Los jóvenes de la época encontraron en Héctor Lavoe, Richie Ray & Bobby Cruz, Willie Colón y Ray Barretto un sonido fresco, irreverente y profundamente bailable. Cali, una ciudad vibrante y multicultural, se reconoció en esos sonidos y los adoptó con estricta devoción. Así, la salsa empezó a desplazar al bolero y otros géneros populares, convirtiéndose en la banda sonora que acompañaba el diario vivir de los caleños.
Con el tiempo, la salsa dejó de ser una música importada para convertirse en patrimonio local. La ciudad, también conocida como “La Muy Noble y Muy Leal”, desarrolló un estilo propio de bailar, una forma de vivir la salsa que no se encuentra en ningún otro lugar del mundo. La velocidad de los pasos caleños, la precisión en cada movimiento y la energía desbordante con que se baila son tan característicos que la ciudad ganó un espacio central en la identidad del género musical.
Hoy Cali no solo celebra la salsa, sino que la institucionaliza. El Festival Mundial de la Salsa reúne cada año a miles de bailarines y fanáticos de todo el planeta, mientras que las academias locales forman las nuevas generaciones que mantienen viva la tradición y la proyectan hacia el futuro.
Los barrios siguen siendo semilleros importantes: las colecciones de vinilos pasan de padres a hijos, en las fiestas populares la salsa da pelea y convive con otros géneros, pero nunca desaparece. La ciudad ha sabido renovar su relación con la música, permitiendo que las nuevas generaciones la interpreten, la mezclen y la resignifiquen.
Más que un género musical, es un fenómeno cultural que atraviesa la vida diaria. En los clubes nocturnos de la Avenida Sexta, en los ensayos de las academias de barrio, en la radio que aún programa los clásicos, la salsa se reafirma como una forma de memoria y resistencia cultural.

¿Cómo se está reinventando la salsa en Cali hoy?
Las nuevas propuestas artísticas tampoco se quedan atrás: los colectivos de jóvenes, las fusiones experimentales y las orquestas emergentes han encontrado una plataforma para innovar sin perder la raíz, transformando estos nuevos escenarios en laboratorios culturales que mezclan lo clásico con lo contemporáneo.
Nueva York fue el epicentro donde se fundó la salsa, pero “La Sultana del Valle” se consolidó como referente global, no solo por la manera en que adoptó el género, sino por cómo lo transformó y lo devolvió al mundo con un sello e identidad propios.
Hoy, más de cincuenta años después de la llegada de aquellos discos al puerto de Buenaventura, la ciudad sigue viviendo y respirando salsa. Su historia demuestra que un género musical puede trascender las fronteras geográficas y terminar convirtiéndose en un tesoro cultural cargado de identidad compartida y orgullo colectivo.
La salsa, en la tercera ciudad más poblada del país, no es un recuerdo del pasado: es un presente vibrante que se baila en cada esquina, se canta en cada festival y se graba en la memoria de quienes encuentran en su ritmo una forma de ser y de existir.
¿Qué muestra el documental La salsa vive sobre el legado caleño?
Uno de los esfuerzos más recientes por capturar esta vitalidad es el documental La salsa vive, dirigido por el cineasta Juan Carvajal. La obra retrata cómo el género se mantiene vigente en Cali a pesar del paso del tiempo y de la irrupción de nuevas tendencias musicales.
En una conversación con Esquire, Carvajal explica su intención por mostrar la salsa, no como un recuerdo nostálgico, sino como una práctica viva que sigue transformando la ciudad, registrando cómo las nuevas generaciones se apropian del género, cómo lo bailan, lo reinterpretan y lo mantienen en escena.
¿Cómo nació la idea de este documental?
Soy caleño, pero desde hace muchos años vivo en Nueva York. Allí tuve la oportunidad de crear el Colombian Film Festival: el primer festival de cine colombiano en el exterior, que ya lleva doce ediciones. También fundé en Colombia dos festivales que marcaron mucho: IndieBo, el Bogotá Independent Film Festival y The Classics, dedicado a las películas que vivirán por siempre. Fueron proyectos que me llenaron de orgullo y funcionaron muy bien, pero con la pandemia sentí la necesidad de dar un paso más: pasar de la curaduría a la realización.
La película empezó a gestarse hace unos ocho años, cuando conocí en Nueva York al maestro Larry Harlow. Con él hablaba mucho sobre lo que había pasado con la salsa en los sesenta y setenta, y soñábamos con hacer juntos una película llamada Lamento de un guajiro. Él falleció poco después de la pandemia, y eso me llevó de regreso a Cali a buscar qué estaba pasando con la salsa en mi ciudad. Lo que encontré fue algo extraordinario: Cali mantenía vivo un ritmo que en Nueva York había cambiado mucho. Ese fue el punto de partida de La salsa vive: mi necesidad de unir mis dos ciudades, Nueva York —donde nació la salsa— y Cali —donde sigue respirando con toda su fuerza—’.
¿Qué se mantiene y qué ha cambiado en la salsa según Juan Carvajal?
‘Lo esencial no ha cambiado: la raíz afrocubana, el sonido urbano que Nueva York le imprimió en los setenta, el tumbao que refleja la vida del barrio… Eso sigue siendo el corazón de la salsa. Lo que sí ha cambiado son las formas en que se expresa. Hoy, por ejemplo, Cali recibe una oleada muy fuerte de timba cubana que conecta con los barrios, especialmente en el distrito de Aguablanca, donde los jóvenes bailan y crean con una energía tremenda. También hay fusiones con nuevas propuestas que llegan de Puerto Rico y de otras partes. En resumen: el estilo salsero clásico se mantiene, pero en Cali se nutre de nuevas corrientes que le dan frescura y lo mantienen vivo para las nuevas generaciones’.

¿Cómo eligieron a los protagonistas del documental?
‘La selección partió de una mezcla entre historia y presente: figuras como Rubén Blades, Henry Fiol, Willie Rosario, Jorge Herrera y Francia Elena, y melómanos como Gary Domínguez eran claves porque cuentan tanto la raíz como la continuidad. También busqué a bailarines y coleccionistas que son el alma de la ciudad. Hubiera querido tener el testimonio de Eddie Palmieri; hablamos con su familia, pero su salud ya no lo permitió. Es una ausencia que pesa, porque su voz hubiera sido muy valiosa’.
¿Cuál fue el hallazgo más sorprendente durante la investigación?
‘El hallazgo más impactante fue un cassette en formato Betacam que apareció al final del proceso. En él estaba Henry Fiol, en su primer concierto en Cali, con un testimonio muy valioso y cantando La última rumba, que de alguna forma cierra el ciclo de Nueva York y abre el de Cali. Ese archivo llegó como un regalo inesperado y le dio a la película un puente natural entre esas dos historias’.
¿Qué hace que Cali conserve su identidad salsera?
‘La clave de Cali está en su ecosistema: melómanos que guardan la memoria discográfica, bailarines que llevan su arte al mundo, orquestas que aquí son recibidas como héroes y un barrio que sigue viviendo el ritmo día a día. Además, ahora la ciudad y sus instituciones empiezan a reconocer ese valor, apoyando escuelas y escenarios. Eso ha permitido que la salsa no solo sobreviva, sino que siga renovándose’.
¿Qué reveló este documental sobre la relación personal del director con Cali?
‘Me transformó profundamente. Volver a Cali fue un reencuentro con mis raíces y con las cosas que marcaron mi infancia. Descubrí una ciudad que, a pesar de las migraciones y de los embates de otros ritmos, sigue siendo un territorio donde la salsa sobrevive y se reinventa. La han dado por muerta muchas veces, pero está más viva que nunca: se ríe de quienes la entierran porque sigue latiendo en los barrios, en los melómanos, en las escuelas y en los jóvenes que la llevan por el mundo.
Personalmente, redescubrí la alegría de mi ciudad, su resiliencia, su identidad cultural. La película no solo me permitió contar una historia: me permitió sentirme otra vez parte de esa cadena generacional en la que nuestros padres nos transmitieron la música y ahora nosotros se la transmitimos a nuestros hijos. La salsa vive me hizo sentir orgulloso de nuevo de Cali, y me reafirmó que este legado hay que protegerlo y seguirlo alimentando’.

El documental se convierte así en una pieza clave para entender que la salsa no solo pertenece a una época dorada, sino que se adapta y resiste como parte esencial de la identidad caleña.La conversación con Juan Carvajal sigue y se extiende en las páginas de Esquire Colombia, edición noviembre 2025.
Lee la entrevista completa y descubre más sobre la salsa y la asombrosa visión única del hombre que logró capturar tanto sabor y arte en un documental.
