Venezuela después de Maduro, la crónica de un país que busca su futuro

Desde Maracaibo, una crónica en primera persona sobre los años del chavismo, la crisis económica, la migración y la incertidumbre que vive Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro.

Maracaibo siempre fue una ciudad marcada por el petróleo. Aquí nací, a orillas de un lago que durante décadas sostuvo la economía del país, en la capital energética de Venezuela, asentada sobre la mayor reserva petrolera del mundo. Crecí escuchando que vivíamos sobre una riqueza inagotable. De niño aprendí a montar bicicleta en calles que parecían interminables y vi por primera vez una refinería iluminada de noche, enorme, ruidosa, imponente. Los adultos decían con absoluta seguridad: “este país es rico, aquí nunca nos faltará nada”. Yo les creí. Todos les creímos. Hoy camino por esas mismas calles con una sensación nueva y extraña, la de estar entre dos tiempos: el antes y el después. El país que se nos fue de las manos y el país que todavía no sabemos si podremos reconstruir. 

Por Otto Rojas

¿Cómo era Venezuela antes de la llegada de Hugo Chávez?

Nací en 1990, en una Venezuela que todavía creía en la palabra “futuro”. Crecí en un apartamento donde mis padres discutían de política en la mesa, como se hacía entonces: con pasión, sí, pero también con una certeza íntima de que había reglas, elecciones, instituciones. En 1996, cuando apenas aprendía a escribir mi nombre completo, la izquierda empezó a ocuparlo todo en el discurso público. Y en 1999, cuando Hugo Chávez llegó al poder, Venezuela cambió de ritmo, de tono y de destino. 

Recuerdo su voz como si todavía saliera del televisor: grave, hipnótica, llena de promesas. Hablaba de dignidad, de justicia social, de una patria por fin para los pobres. Y durante un tiempo —hay que decirlo con honestidad— muchos creyeron. Con los precios del petróleo disparados, el dinero parecía infinito. Llegaron las misiones sociales, los bonos, las becas. Parecía que el Estado, por primera vez, miraba a los que siempre había ignorado. 

¿Qué pasó en Venezuela durante los gobiernos de Chávez y Maduro?

Pero debajo de esa euforia se estaba desmontando algo frágil y precioso: la democracia liberal que, con todos sus defectos, nos había sostenido por cuatro décadas. El Tribunal Supremo dejó de ser un árbitro. La Asamblea dejó de ser un contrapeso. Los medios empezaron a callarse: unos por miedo, otros por asfixia económica. Yo pasé de ver caricaturas políticas en los diarios a encontrar páginas en blanco donde antes había opinión. 

Cuando Chávez murió en 2013, se respiró una mezcla extraña de alivio… Alivio porque, tal vez —solo tal vez— algo podía corregirse. Pero llegó al poder Nicolás Maduro. Y con él, la noche. Entre 2013 y 2020, la economía venezolana se contrajo en más de 70%. El PIB terminó siendo apenas una tercera parte de lo que fue en los años de bonanza petrolera. La producción de crudo cayó de más de tres millones de barriles diarios en la década de 1990 a menos de novecientos mil. La inflación alcanzó niveles hiperinflacionarios. El salario mínimo llegó a equivaler a menos de cinco dólares mensuales. 

¿Cómo vivieron los venezolanos la crisis económica y política?

No son cifras abstractas: son neveras vacías, niños desnutridos, hospitales sin luz. Hice filas de hasta ocho horas para comprar arroz, harina y pasta en supermercados de Maracaibo que antes estaban abastecidos. Vi a mi madre racionar el jabón como si fuera oro. Perdí amigos que se fueron caminando hasta Perú. Despedí a primos en el aeropuerto con la sensación física de que era un adiós definitivo. Más de 7,7 millones de venezolanos salieron del país en la última década: casi uno de cada cuatro. 

Luego vino la represión: protestas sofocadas con balas, jóvenes encarcelados por tuitear, informes de la ONU que documentaron ejecuciones extrajudiciales, torturas y desapariciones forzadas. Aprendimos a hablar en voz baja, a borrar mensajes, a no opinar en público, a mirar por encima del hombro antes de decir lo que pensábamos. Maduro se mantuvo en el poder año tras año, elección tras elección, cada vez más opacas y con menor legitimidad. Y nosotros, cada vez más cansados. 

Foto: Freepik

¿Qué pasó en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro?

Hasta que, un amanecer de enero de 2026, el país despertó con una noticia que nadie se atrevía a imaginar en voz alta: Nicolás Maduro había sido capturado. Estaba en mi apartamento en Maracaibo y el calor ya apretaba, aunque no eran ni las siete de la mañana. El teléfono empezó a vibrar como si se hubiera roto. Los grupos de WhatsApp explotaban. Gente llorando, gente rezando, gente insultando. Bajé a la calle. Nadie sabía qué hacer con su cuerpo: algunos se abrazaban, otros miraban al cielo, como si esperaran una señal más clara. 

No fue una alegría limpia ni una celebración. Fue una descarga emocional brutal después de veinte años de encierro político. En Madrid, Bogotá, Miami, venezolanos salieron a las calles con banderas. En barrios chavistas de Maracaibo hubo rabia, miedo, silencio. La cúpula del régimen habló de invasión. Juristas hablaron de violación de soberanía. Y, de alguna manera, todos tenían razón. Pero aquí, en la calle, la pregunta no era geopolítica, sino íntima: ¿y ahora qué? 

¿Cuál es el futuro de Venezuela después de Maduro?

Hoy Venezuela habita en un tiempo extraño: una presidenta interina juramentada en medio de disputas legales; una ley petrolera que, por primera vez en décadas, abre la puerta a la inversión privada; militares expectantes, políticos que regresan del exilio y familias que esperan noticias de presos políticos. Después de muchos años, percibo algo nuevo: personas hablando de planes. No de sobrevivir mañana, sino de vivir dentro de cinco años. 

Yo, que nací en 1990, que vi llegar el chavismo cuando era niño y lo vi descomponerse mientras crecía, siento algo que no experimentaba desde la adolescencia: una esperanza torpe, temerosa, incompleta, pero real. No somos ingenuos. Sabemos que décadas de autoritarismo no se borran con una captura, que la corrupción no se evapora, que la pobreza no desaparece con un decreto y que hay heridas que no cerrarán pronto. 

Pero, por primera vez en mucho tiempo, la palabra “después” vuelve a tener sentido: después de Maduro, después del miedo, después de la huida masiva, después del país clausurado. Lo que viene será lento, conflictivo y frágil. Pero también puede ser —si no se arruina otra vez— el inicio de algo que mi generación casi había olvidado: una Venezuela normal. Y créanme: para nosotros, eso ya sería un milagro suficiente. 

¡QUÉ VIVA VENEZUELA!