Su vida, sus sueños y su huella en quienes lo conocimos, en un país que le quedó en deuda.
Por Catalina Suárez
Conocí a Miguel hace quince años, en una de esas fiestas juveniles donde él, sin proponérselo, era el centro de atención. Todos lo saludaban, todos querían hablar con él. Cuando me lo presentaron, recuerdo que me dijo con total naturalidad: “yo sueño ser concejal”. Yo, sin saber bien quién era, le respondí en tono de broma: “¿pero de dónde, de tu edificio?”. Nos reímos mucho y esa escena quedó grabada en mi memoria. Semanas después lo vi en las noticias y entendí quién era, pero esa sencillez y su sentido del humor me mostraron que estaba muy lejos de creerse especial por su apellido.
Así era Miguel: un hombre que podía estar rodeado de todos y, al mismo tiempo, hacer sentir cercano a cualquiera. Su manera de relacionarse no pasaba por la arrogancia sino por la autenticidad. Tenía el don de escuchar, de reírse de sí mismo, de mostrar que lo verdaderamente valioso no era su nombre sino la persona que había decidido ser.
Con los años lo vi transformarse de ese joven carismático a un líder disciplinado y comprometido con la política honesta. Era juicioso, trabajador incansable y, a la vez, un esposo profundamente enamorado de María Claudia y un papá dedicado a su hijo. Hablar de ellos era verlo sonreír con orgullo; su familia era su motor y su refugio. Recuerdo cuando estaba en campaña al Concejo y decía “María Claudia es muy exigente” -lo decía brillando sus ojos, creo que ya se estaba enamorando de ella- y lo era, es más era tan inteligente que yo recuerdo decirle “me encanta ella como trabaja , como se gana el respeto eso debería ser toda mujer en política”.
Pero más allá de lo público, Miguel fue amigo de sus amigos. Tenía la decencia como principio, estaba siempre disponible para compartir una conversación. Nunca dejó que la política lo alejara de lo humano.
Por eso su partida duele en lo colectivo y en lo personal. Colombia pierde a un líder joven con una fe inquebrantable en el país, pero quienes lo conocimos perdemos también a un ser humano irreemplazable. Lo que más estremece es imaginar el dolor de su familia, el vacío que deja en un hogar construido con amor, disciplina y entrega.
La violencia volvió a interrumpir un proyecto de vida y a recordarnos que seguimos atrapados en un círculo que no hemos sabido romper. Pero el recuerdo de Miguel, de su sencillez, de su humor y de su coherencia, debe servirnos como brújula.Mis papás vieron por televisión despedir a gigantes del país por la violencia, años después me toca a mí una nueva generación no ver en televisión sino acompañar a una persona con la que camine por causas.
Miguel creyó en que era posible una política limpia, creyó en el poder de la disciplina, en la amistad y en la familia. Y quizá ese sea el mayor homenaje que podemos hacerle: atrevernos a seguir creyendo, a no permitir que la violencia nos robe también la esperanza. A alzar con más fuerza nuestra voz. La voz que exige subir el tono de los argumentos y bajarle al odio y a lo violento. La voz que necesita subirle el tono al amor y bajárselo a todo lo que busque crear rencor.
Hoy me quedo con la imagen de aquel joven que, en medio de una fiesta, con toda su sencillez, se reía de una broma inocente y dejaba claro que lo verdaderamente importante no era el cargo, ni el apellido, ni el poder, sino la humanidad con la que vivía cada día.
Adiós, Miguel. Colombia no podrá reemplazarte, pero sí puede honrarte aprendiendo de tu vida.
Nunca imaginé que mucho tiempo después conocí a su hermana María Carolina, por temas diferentes conectamos demasiado, nos unen las historias de perdón,la fe y el deseo de un mejor país desde otros escenarios ; hoy sé que la conocí para que en ella siempre pueda ver tantos sueños de Miguel hacerse realidad porque si alguien tiene el corazón de la solidaridad de la abuela Nidia Quintero es María Carolina Hoyos Turbay.
Colombia sigue doliendo. Mientras escribo estas líneas suena de fondo “Sombras de un amanecer”, esa canción imaginaria que habla de ausencias, de la esperanza que se niega a morir y de abrazos que todavía buscamos. Miro esta Bogotá fría y gris, tan parecida a la tristeza que nos habita, y pienso que necesitamos aferrarnos a esa fe que lo sostuvo siempre en la lucha y seguir trabajando por ese país que nos soñamos: uno en el que algún día la violencia no se quede anclada a nuestras historias ni a nuestros corazones.
Chao, Migue. Aquí nos quedamos, levantando muchas de las banderas que compartimos.
Se despide, con Cariño La Cata, la pregonera o la vallenatera como cariñosamente sé que muchas veces me llamaste.
